Tumbadas encima del capó de tu coche contemplamos las estrellas, esas que prometiste enseñarme, esas que en la ciudad son imposibles de vislumbrar. Me explicas cada una de las constelaciones; yo me hago la tonta como si fuese la primera vez que oigo hablar de ellas. Me gusta como describes ese majestuoso firmamento salpicado de multitud de pequeñas machas blancas y brillantes. El cielo nocturno deja de tener interés para mí, giro la cabeza hacia la derecha y allí estás tú, brillas más que cualquiera de los astros que pueda ver esta noche. Tus labios me atraen como un imán. Esbozo una sonrisa y me muerdo el labio inferior. Tú hablas sin cesar, ajena a mis ojos que te observan. Me miras de reojo, te das cuenta de que eres objeto de mi mirada; tu voz se quiebra, te pones nerviosa. Me acerco a ti y te doy un beso en la mejilla. Te quedas callada. Tras unos segundos te bajas del capó y me invitas a que te acompañe. Por una vez en mi vida no siento la necesidad de hablar. Mirándote a los ojos me mojo los labios. Sonríes. Te acercas y me abrazas. Te respiro, tu olor no podría ser más dulce, inunda mis pulmones y me embriaga. Después de decirme algo a oído, que quedará entre tú y yo, esperas mi respuesta. Niego levemente con un gesto de cabeza. Te acercas, cierro los ojos, sólo quiero disfrutar de este momento mágico, todo lo demás me es ajeno.
Aquella madrugada vimos amanecer desde la parte trasera de tu coche.