Me di la vuelta en la cama. La seda de las sabanas acarició dulcemente mis piernas. Escuchaba tu respiración acompasada, tranquila y rítmica. La luz del claro de luna, que inundaba nuestro paraíso particular esta noche, incidía sutilmente sobre tu cuerpo cubierto parcialmente por las sábanas. Durante unos segundos contemplé como tu pelo caía con gracia sobre la almohada. Besé tu hombro derecho, desnudo, cubierto solamente por el tirante de la camiseta blanca, que acentuaba aún más tu piel dorada por el sol tras incalculables horas de playa. Te estremeciste ante mi beso, en un susurro dijiste algo que no alcancé a oír. Me acerqué aún más a tu cuerpo, las altas temperaturas de finales de julio no eran un problema, el aire acondicionado aclimataba la habitación. Finalmente pegué mi cuerpo al tuyo y con mi brazo derecho rodeé tu cintura. Ingenuamente pensé que mi muestra de afecto en medio de la noche no te sacaría de tu placentero sueño. Tu mano izquierda, que descansaba bajo la almohada, despertó de su letargo nocturno y acarició mi brazo desde el codo hasta mi mano donde entrelazó tus dedos con los míos. Cerré los ojos y me dormí respirando tu olor.
Un espasmo provocado por un sueño en el que pisaba mal al bajar un escalón me hizo despertar. Aún era de noche, mi brazo continuaba alrededor de tu cuerpo e increíblemente tú te encontrabas en la misma postura. Me mojé los labios y tragué saliva, tenía la garganta seca debido al aire acondicionado. Con cuidado traté de deslizar mi brazo evitando mover el tuyo, que reposaba sobre él. Cuando notaste el movimiento agarraste bruscamente mi mano y con una voz extremadamente clara dijiste en medio de la oscuridad - no me sueltes... - las tres palabras sonaron desgarradoras, como si un verdadero temor hubiese inundado tu ser. Ya no importaba el agua que mi garganta me pedía desesperadamente minutos atrás. - No me voy mi amor, no me voy a ninguna parte - sentencié mientras colocaba mi brazo sobre el tuyo y apretaba tu mano. Me acerqué más a ti, - estoy aquí mi vida -, besé tu nuca mientras la última palabra de la frase se perdía entre mis labios y tu piel.