Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

domingo, 31 de julio de 2011

Quiero tener tu presencia

Me di la vuelta en la cama. La seda de las sabanas acarició dulcemente mis piernas. Escuchaba tu respiración acompasada, tranquila y rítmica. La luz del claro de luna, que inundaba nuestro paraíso particular esta noche, incidía sutilmente sobre tu cuerpo cubierto parcialmente por las sábanas. Durante unos segundos contemplé como tu pelo caía con gracia sobre la almohada. Besé tu hombro derecho, desnudo, cubierto solamente por el tirante de la camiseta blanca, que acentuaba aún más tu piel dorada por el sol tras incalculables horas de playa. Te estremeciste ante mi beso, en un susurro dijiste algo que no alcancé a oír. Me acerqué aún más a tu cuerpo, las altas temperaturas de finales de julio no eran un problema, el aire acondicionado aclimataba la habitación. Finalmente pegué mi cuerpo al tuyo y con mi brazo derecho rodeé tu cintura. Ingenuamente pensé que mi muestra de afecto en medio de la noche no te sacaría de tu placentero sueño. Tu mano izquierda, que descansaba bajo la almohada, despertó de su letargo nocturno y acarició mi brazo desde el codo hasta mi mano donde entrelazó tus dedos con los míos. Cerré los ojos y me dormí respirando tu olor.
Un espasmo provocado por un sueño en el que pisaba mal al bajar un escalón me hizo despertar. Aún era de noche, mi brazo continuaba alrededor de tu cuerpo e increíblemente tú te encontrabas en la misma postura. Me mojé los labios y tragué saliva, tenía la garganta seca debido al aire acondicionado. Con cuidado traté de deslizar mi brazo evitando mover el tuyo, que reposaba sobre él. Cuando notaste el movimiento agarraste bruscamente mi mano y con una voz extremadamente clara dijiste en medio de la oscuridad - no me sueltes... - las tres palabras sonaron desgarradoras, como si un verdadero temor hubiese inundado tu ser. Ya no importaba el agua que mi garganta me pedía desesperadamente minutos atrás. - No me voy mi amor, no me voy a ninguna parte - sentencié mientras colocaba mi brazo sobre el tuyo y apretaba tu mano. Me acerqué más a ti, - estoy aquí mi vida -, besé tu nuca mientras la última palabra de la frase se perdía entre mis labios y tu piel.

lunes, 18 de julio de 2011

Pánico

Siete de la tarde. La luz del sol, que es tan intensa como si fuese medio día, se cuela por las rendijas de la persiana a medio bajar del cuarto. Me despierto descansada tras una noche inolvidable e intensa, como otras tantas. No noto tu presencia en la cama, demasiado tiempo entre las sábanas para ti. Pero no veo tu móvil en la mesilla, ni oigo ruido en la cocina, ni el agua de la ducha, ni la televisión... Me levanto extrañada, hoy no tenías guardia. Me pongo la camiseta que estaba tirada en el suelo. Descalza me dirijo al baño. Me miro en el espejo y decido ducharme. Mis ojos pasan por alto la ausencia de tu cepillo de dientes. Dejo que el agua caiga sobre mi cuerpo, refrescando cada centímetro de mi piel; despejando mi mente y despertando mis adormecidos músculos. Salgo del baño, con la toalla aún enrollada a mi cuerpo, y me dirijo a la habitación. Abro el cajón de la ropa interior y veo que la mitad de él se encuentra vació. Una sensación de pánico invade todo mi ser. Con la respiración acelerada y el nerviosismo propio de quien se golpea contra la realidad abro las puertas del armario de par en par. Las perchas de tus camisas, de tus vestidos, de tus pantalones... cuelgan vacías y se balancean acentuando la ausencia de tu ropa, por si aún no me había dado cuenta de que ya no estaban ahí. Mientras contemplo la escena la toalla a caído a mis pies. Desnuda y completamente paralizada trato de recuperar el control de la situación. Me visto con lo primero que encuentro y cojo mi móvil, que aún descansaba en la mesilla. Marco tu número, que tras todos estos años me se más que de memoria, pero la voz estridente de una grabación me impide hablar contigo. Recorro la casa en busca de algo que niegue tu marcha; pero no queda nada. Desolada me desplomo en el sillón. Cojo mi móvil y comienzo a mirar entre mi lista de contactos, con el propósito de encontrar a alguien que conozca tu paradero y, ya puestos, alguien que pueda explicarme tu reacción. Cuando voy a llegar a la "m" el teléfono fijo comienza a sonar; en la pequeña pantalla aparece un número, con demasiadas cifras, que soy incapaz de reconocer. Dubitativa pero esperanzada contesto, al otro lado una voz femenina dicta mi sentencia de muerte - sólo espero que algún día lo entiendas, no podía seguir engañándome... -. Un pitido intermitente sustituye a esas palabras. El auricular resbala por mi mano hasta golpear el suelo, mientras cientos de lágrimas se desbordan de mis ojos. Aún hoy me pregunto qué hice mal, en qué preciso instante dejé de enamorarte.

jueves, 14 de julio de 2011

A la luz de la Luna

Me desperté sobresaltada; la Luna había explotado en mil pedazos, todos los fragmentos habían quedado diseminados por la Tierra y el cielo se había sumido en una profunda oscuridad. Menos mal que al abrir los ojos e inspirar una profunda bocanada de aire, fruto de la angustia, había comprobado que esa explosión tan sólo había acontecido en mi subconsciente. La ventana estaba abierta de par en par y un viento inusual, demasiado frío y demasiado violento para ser veraniego, inundaba la habitación y congelaba mi cuerpo. Entre la oscuridad logré alcanzar una sudadera que dormitaba en un estante a la espera de una noche como ésta. El mismo contacto con la tela reconfortó mi cuerpo dolorido y entumecido por ese frío insólito. Antes de devolver mi cuerpo a la cama, esta noche solitaria y vacía, cierro la puerta para evitar más corriente. Me siento en el borde de la cama y miro la hora en el móvil, que está en la mesilla; nada más iluminarse la pantalla veo tu imagen que me sonríe tumbada en una playa de Córcega. 4:30. Me pongo de rodillas en la cama y giro 180 grados mi cuerpo para cerciorarme de que la Luna está en su sitio. Apoyo mi mano derecha en el borde del cerco de la ventana y mi mano izquierda en la parte inferior del mismo. Saco la mitad del cuerpo por la ventana para dejar que cada rayo de esa luz blanquecina y mágica impregne mi piel. Cierro los ojos para sentir el aire, que me corta la cara, y la noche, que me embriaga con su silencio. Noto una ligera presión en el colchón y unos brazos rodean mi cintura. Estoy tranquila, ya había diferenciado tu olor. Besas mi nuca, con besos cortos y dulces, te entretienes con mi tatuaje al que agasajas con alguna que otra caricia. Recorres mi cuello con esos besos ascendiendo lentamente hasta mi mandíbula. Yo mantengo los ojos cerrados, me dejo hacer. Suavemente con tu mano derecha giras mi cara y me robas un beso tan exquisito como la mismísima ambrosía.

martes, 5 de julio de 2011

¿Todo tenía ese olor a limón y canela?

Todo tenía ese olor a limón y canela, ese perfume estaba impregnado en las sábanas, en mi ropa, en el sofá... todo olía a ella. No conseguía que ese maldito olor se fuese de mí, de mi vida. Había guardado todas las cosas que aún quedaban por mi casa en una caja de cartón: dos cd's, un par de libros, varias gomas del pelo, unas gafas de sol, un par de zapatos y tres camisetas; de las cuales decidí quedarme una por si no volvía nunca, le diría alguna excusa barata para justificar su ausencia. Estaba poniéndole el precinto a esos vestigios del pasado cuando sonó el teléfono, pero estaba sentada en el suelo y no me apetecía levantarme. Dejé que el teléfono sonase y que el estridente ruido, provocado por cada nuevo timbrazo, inundase la casa que estaba en un absoluto silencio. Como era de esperar tras varios timbrazos quien fuera que llamase desistió y el ruido cesó por completo. A los pocos segundos, mientras escribía en el cartón con un rotulador permanente, el nombre de la propietaria de todas esas cosas, el teléfono sonó de nuevo. También lo dejé sonar hasta que saltó el contestador; quien estuviera al otro lado no quiso dejar mensaje. Estaba preparando la cena, cuando el teléfono sonó de nuevo. Miré el reloj de la pared para barajar la posibilidad de una llamada importante, pero si fuese importante llamarían al móvil. Ésta vez tampoco tenía intención de cojerlo. Dejé que sonase repetidas veces hasta que al fin saltó el contestador automático - lo siento ahora mismo no estoy en casa pero si quieres puedes dejar un mensaje y luego te llamo "piiii" - - eeee soy yo, he llamado antes porque he estado pensando en todo lo que pasó y... pero bueno... - algo me sacudió por dentro y salí corriendo de la cocina hacia el salón, tenía que contestar - veo que no estás, no creo que vuelva a intentarlo... Adiós - - ¡Estoy, estoy! - Dije casi gritando, pero al otro lado del auricular solo escuché un pitido intermitente.