Subir en el ascensor del metro abrazadas, porque hace frío, porque me gusta sentirte, porque nos sale sólo, porque... a decir verdad, no hace falta un porqué. Llegamos a la superficie y vemos, a través de la puerta de cristal, como una cortina de agua aparece ante nuestra sorprendida mirada. Un sol nos acompañaba cuando habíamos entrado en el subterráneo y ahora, una tormenta nos amenazaba con obligarnos a detenernos a escasos metros de casa. Antes de que las puertas del ascensor se abrieran y el ensordecedor estruendo que hacían las gotas de agua al impactar violentamente contra todo cuanto encontraban a su paso dificultara nuestra comunicación dije - ¿esperamos no? -. Se nota que no conoces a esa madre de la ciencia a la que muchos mencionan a menudo, que a ti, a la tal paciencia, no te la han presentado porque eso de esperar no va contigo. - Tira - me dice con un gesto de cabeza cuando ya atravesábamos el umbral de la puerta del ascensor. La gente, como es lógico, se resguardaba de la lluvia donde podía y nos miraban sorprendidos al vernos caminar bajo aquella tromba de agua con una sonrisa en la cara. Pero nosotras, en algún punto, a la lógica la cambiamos por la locura, que es mucho más dulce y más sincera. La lluvia nos empapaba por completo y nuestra ropa había adquirido varias tonalidades más a causa de la ingente cantidad de agua que en ella se acumulaba. Nos quedaba poco para llegar a casa y una regresión a los seis años se adueña de ti; como si de una niña pequeña se tratara comienza a salpicar con el agua de cada uno de los charcos que se cruzan en su camino. Hago que me enfado y parezco seria, pero me río porque me encanta. Nada más llegar al tejadillo de los soportales que conducen a mi casa detengo su paso y allí, empapadas las dos, nos hablamos entre besos, entre miradas, con ese idioma que sólo entendemos nosotras.
Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.
jueves, 25 de octubre de 2012
domingo, 14 de octubre de 2012
Purpurina en el aire
Como un Romeo del siglo XXI que está cansado de estas nuevas fórmulas que llegan por wi - fi, por fibra óptica, o moderneces varias, he decidido ir a comprar una porción de su tarta favorita; la de esa pequeña tienda que le encanta y darle una sorpresa, una como las de antes. No me había dado cuenta de que estaba empezando a llover hasta que he visto como la bolsa marrón de ese típico papel reciclado en la que llevaba la porción de tarta se ha empezado a motear con pequeñas manchas oscuras. Evidentemente el suelo se estaba empezando a mojar, pensé en correr antes de que tanto la porción de pastel como yo misma terminásemos completamente empapadas. Entonces caí en la cuenta de que mis suelas eran de goma y resbalaban. Como pude tapé la bolsa biodegradable con mi camisa pero, todo esfuerzo por proteger la porción de pastel, resultó absurdo cuando la lluvia comenzó a caer con más intensidad. Decidí salir corriendo aún a riesgo de una más que posible caída. Había conseguido llegar a su calle. Calada hasta los huesos estaba a un semáforo en rojo de llegar a su portal. El semáforo se había puesto en verde para los peatones, me dispuse a cruzar cuando un monovolumen plateado se saltó el semáforo e hizo que la balsa de agua que se acumulaba en el borde de la carretera me empapara por completo. Con mi mano izquierda me limpié el agua de la cara como pude. Tiritando crucé el paso de peatones. Vi la luz de su portal encendida y como alguien salía por la puerta. Me quedé mirándola, ella no me había visto, - ¿dónde vas sin paraguas con la que está cayendo? - dije sonriendo como pude entre el frío que se me colaba por los huesos. Se giró al reconocer mi voz. Se empezó a reír, la verdad es que la pinta de perrillo mojado que debía tener no sería para menos. - Me he quedado sin tabaco. ¿Y tú? ¿Qué te ha pasado? - Dijo intentando disimular la risa; - te traía una sorpresa... - dije descubriendo la bolsa de papel de debajo de mi camisa - ...pero parece que no ha sido una buena idea -. Nos quedamos en el tejadillo del portal de su casa mientras sacaba la porción de tarta. Increíblemente el dulce había sobrevivido. Me regaló un beso y acto seguido, con una de sus sonrisas que me vuelven loca, me dijo - creo que puedo sobrevivir sin tabaco - abrió la puerta del portal y subimos a su casa donde anidamos aquella noche.
jueves, 4 de octubre de 2012
Tempus fugit
La abracé en silencio, cerré los ojos y le dije, en ese abrazo, todo aquello que no sabía como decir. Apoyada en su pecho escuchaba el latido de su corazón que se desacompasaba, olía su colonia, ese olor a ella, y notaba sus manos rozando mi piel, acariciando mi espalda, aprovechándose del calor que emitía mi cuerpo. Allí estábamos las dos, abrazadas. La gente iba y venía, subía y bajaba las escaleras que estaban próximas a nosotras, caminaban rápido hablando por el móvil o iban en grupos escandalosos que detenían constantemente su marcha y parecían no avanzar hacia su destino, otros simplemente estaban allí sentados observando a los transeúntes, manteniendo conversaciones banales a cerca de cualquier trivialidad, y entre medias de todos ellos, siendo objeto de miradas curiosas, estábamos nosotras, en medio de esa gran ciudad. Me puse de puntillas y besé su cuello, la humedad de mis labios se quedo impregnando su piel. Volví a apoyar mi cabeza sobre su hombro para sentir esa calma y esa tranquilidad que me transmitía su presencia, al tiempo que acariciaba el lóbulo de su oreja izquierda. Ese instante sólo podría superarse estando en un lugar calentito donde poder soñar juntas toda la noche, dormidas o despiertas, pero con ella. Con su gesto ya más que habitual, ese gesto de gato que roza su cabeza contra quien desea reclamar cariño, llama mi atención. Fuera ya de mi estado dubitativo de mirada perdida, mis ojos se hunden en los suyos. Nos miramos sin decir nada, porque tan si quiera hacen falta las palabras. En ese instante comienza a desaparecer todo aquello que nos rodea hasta que finalmente sólo existimos nosotras dos y nuestros labios se funden en un beso que nos posee mutuamente.
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