Mientras picaba la lechuga para la ensalada y ponía a calentar la salsa de romero para la cena escucho, desde la cocina, como se abre repentinamente la puerta del baño. Extrañada por el breve lapso de tiempo que había transcurrido pregunto elevando la voz - ¿Ya sales amor? - No obtengo respuesta. Me seco las manos con el paño de cocina que tenía enganchado a la cinturilla del pantalón del pijama y me asomo al pasillo. La veo correteando, con la toalla enrollada alrededor del cuerpo, hacia la habitación. Inevitablemente una sonrisa y un gesto de incomprensión ante la surrealista situación se dibujan en mi cara. Me río. Cuando la veo salir de la habitación, de nuevo acelerada, pero esta vez hacia el baño, me muerdo el labio inferior. Me coloco delante de la puerta, impidiéndole el paso. Al llegar a mi altura me mira con cara de muy pocos amigos advirtiéndome, sin palabras, que no dejarla pasar puede tener consecuencias muy graves. Aún así me arriesgo: - buenas noches señorita. El peaje es un beso - me traspasa con la mirada. - Voy a coger frío, déjame pasar - me dice tajante intentando apartarme. Coloco mi mano en el cerco de la puerta. Me acerco a su boca, nuestros labios se quedan a escasos centímetros y en un susurro, en el que puede notar el calor de mi respiración, le vuelvo a repetir, mirándola a la los ojos, el importe - un beso y te dejo pasar -. Se acercó para besarme y justo en el preciso instante en el que cerré los ojos para degustar la ambrosía de sus labios se apartó. Escuchaba su risa. Desconcertada abrí los ojos al tiempo que mi brazo caía y liberaba el paso hacia el baño, espacio que ella aprovechó para pasar. Antes de cerrar la puerta tiró de mi camiseta, la miré con un gesto triste - la cena huele genial, no tardo boba - me dijo sonriendo y me regaló un beso, de esos que saben mejor porque no te los esperas.
Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.
miércoles, 30 de mayo de 2012
domingo, 13 de mayo de 2012
Morderte a besos
Entraste en la habitación y me viste allí, iluminada con la tenue luz que emitía la lamparita de la mesilla. Me había quedado dormida leyendo ese puñado de papeles que, ahora, estaban desparramados sobre el edredón. Te acercaste despacio, sin hacer ruido, recogiste los papeles y te giraste para dejarlos en la mesilla de noche. Antes de que te dieras la vuelta salí de mi aparente estado de sueño y te mordí el culo. - ¿Te has quedado con hambre? - Dijiste entre risas, pasando tu mano por donde, seguramente, tendrías una marca de mis dientes. - De ti, siempre - contesté a la par que tiraba de tu camiseta atrayéndote hacia mí. Levanté tu camiseta y besé tu tripa. Enredabas tus dedos entre los rizos de mi pelo. Tiraste dulcemente de él para hacerme caer de espaldas y subirte encima de mí, a horcajadas. Te mordías el labio inferior. Mis manos palpaban tus costillas y se perdían por tu cintura mientras tú redibujabas el contorno de mi cara con el dorso de tu mano y con tus dedos hasta que estos se dejaron caer por mis labios. Nos mirábamos a los ojos. Me gusta sentir la presión de tu cuerpo sobre el mío; sentir ese calor que desprende y que atraviesa la tele del pijama . - ¿Sabes? - dije sin dejar de perderme en el mar de tus ojos. Me indicaste que continuara. - Un día como hoy, a esta misma hora, te besé por primera vez - dije mientras, de forma inconsciente, miraba tus labios. - Ah., ¿si? No tenía ni idea - dijiste con esa seriedad que es de todo menos eso. Una sonrisa iluminó mi cara. Levanté mi cabeza, quedando a escasos centímetros de la cama, y dejé que mis labios se fundieran con los tuyos. En esta ocasión mi labio inferior fue la presa entre tus mandíbulas que lo aprisionaron momentáneamente. Te dejaste caer aún más sobre mí, tu cadera ejercía presión sobre la mía, y tu voz, en formato susurro, me proponía recordar el sueño de una noche de verano, pero esta vez, sin preocuparnos por el reloj.
viernes, 11 de mayo de 2012
Carácter
Hacía un año escaso que compartíamos aquel colchón, aquel somier con aquellos muelles que chillaban a menudo. Aquella noche guardábamos la distancia de seguridad; cada una en su lado de la cama, manteniendo una distancia prudencial con el muro invisible que dividía las dos mitades. Cada una, en su borde de la cama, fingía que dormía en aquella calurosa noche de mayo. Ambas teníamos los ojos abiertos y la mirada perdida en algún punto impreciso de aquella semioscuridad. Atentas a cualquier movimiento proveniente del otro lado de la cama tratábamos de movernos lo menos posible, de no hacer ruidos, para que pareciera que las dos dormíamos a pesar de todo. "Esto es absurdo; no puedo dormir así, fingiendo que no pasa nada" pensé a la vez que me destapaba y me ponía las zapatillas. Salí de la habitación y me fui directa al salón, donde me acomodé en el sofá con el propósito de conciliar el sueño. Pero mi cabeza estaba en aquel colchón y en aquel somier de muelles viejos y quejicas. Transcurrido un tiempo, en el que como era de esperar mis ojos se mantuvieron abiertos, vi aparecer una figura por la puerta del salón. - ¿Me haces un hueco? Es que la cama está muy vacía y así ya no se dormir - dijiste mirándome a los ojos, encontrando mis pupilas a pesar de la oscuridad. - ¿Por qué debería hacerte un hueco? - Dije con un tono serio y algo áspero. No contestaste, ya habías venido detrás de mi, no ibas a suplicarme nada. Te diste media vuelta y ya te disponías a volver a la habitación cuando notaste que cogía tu meñique y tiraba cariñosamente de ti. Y allí ya no importaba nada, nada de lo acontecido horas antes, porque esa forma de mirarnos sin vernos es demasiado única. Te hice un hueco en el sofá y allí dormimos las dos, con nuestros cuerpos pegados, notando el latido de ese corazón que ya es más propio que ajeno, lento y rítmico que, sin lugar a dudas, es la mejor melodía para conciliar el sueño.
sábado, 5 de mayo de 2012
Sin palabras
No fue necesario pedirle que me abrazara. Allí, tiradas las dos en el suelo del salón a medio pintar, dejábamos resbalar los sueños de un futuro, ahora, imperfecto. Porque allí fue donde me encontró media hora antes, cuando abrió la puerta, como otras muchas tardes en aquella última semana. Como el día anterior, y el anterior, y el anterior del anterior venía a recoger algunas de las cajas de cartón con su nombre escrito con permanente negro que se amontonaban a ambos lados del pasillo. Quizá sea esa la ventaja de dejarlo todo en mitad de una mudanza, tus cosas ya están empaquetadas. Cuando entró no escuchó ruido, le sorprendió. Cuál fue su sorpresa cuando, al entrar al salón, vio las paredes, el techo y, sobretodo, el papel de estraza que cubría el suelo salpicados de cientos de colores; como si hubieran metido la pintura en una batidora y la hubieran puesto en marcha en medio del salón, pero sin tapadera. Me vio sentada en el suelo, con la piel y la ropa llenas de pintura reseca. Se acercó despacio, mirando atónita la escena. Cuando fui consciente de su presencia levanté la cabeza, mis ojos hinchados, rojos y doloridos se clavaron en ella. Mi demonio interior le pedía que saliera de esa casa y que no volviera nunca más pero las lágrimas volvieron a brotar como un torrente. Se sentó junto a mí y me abrazó al tiempo que su muralla infranqueable se caía, al igual que sus lágrimas que comenzaban a caer por sus mejillas. Nunca soportó verme llorar. Allí estábamos las dos, siendo una porque aunque no lo dijéramos, sentíamos lo mismo: la misma angustia, la misma pena, el mismo deseo y, ante todo, el mismo amor. Pequeños gestos para calmarnos mutuamente que se fueron haciendo más íntimos, más confiados, más personales, hasta que nuestros labios se encontraron entre las lágrimas. Como esa calma que precede a la tormenta nos miramos un instante a los ojos, o mejor dicho al alma, y antes de darnos cuenta ese papel marrón, decorado de forma vanguardista, se convertía en nuestro colchón improvisado en esa tarde en la que nuestra pasión fue sincera por las dos.
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