Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Nunca es suficiente

- Ven anda, no seas boba, que hace frío - te dije mientras sonreía. Tú me mirabas apoyada en la barandilla de enfrente, a medio metro de mí, con los brazos cruzados y la nariz roja por el frío. Mentiste - no, no tengo frío -. Volví a sonreír, me desabroché el abrigo y tiré de ti hacia mí. Pegada a mí no pudiste resistirte al calor que emanaba mi cuerpo y se acumulaba entre el abrigo y yo. Rodeaste mi cintura, al mismo tiempo yo rodeé tus hombros. Me miraste a los ojos y me besaste, tenías los labios helados. Mientras me besabas subiste despacito mi camiseta y tus manos se colaron furtivamente bajo ella. Cuando rozaste la piel caliente de mi espalda me estremecí. Separé mis labios de los tuyos con un grito ahogado. Te reías. Cuando esa dulce tortura se volvió soportable reímos las dos. Con tus manos aún metidas debajo de mi camiseta te apoyaste sobre mí, dejando tu cabeza sobre mi hombro. Me regalaste un beso en el cuello. Me mordí el labio inferior ante la caricia y lo dejé escapar poco a poco de la presión de mis mandíbulas. Yo, que continuaba abrazándote, acaricié tu pelo y lo besé. Apoyé mi barbilla en tu cabeza. Tenías los ojos cerrados, te deleitabas con mi calor y con mi olor. - ¡Eee tortolitas! - dijo una voz desde las escaleras de la boca de metro. Las dos nos separamos al reconocerla. Sonreímos a nuestros interlocutores. Nos miramos y nos dimos un beso fugaz. Nuestras manos se buscaron en el aire. Con nuestros dedos jugando, diciéndonos todo con esas inocentes caricias, rodeamos la barandilla sobre la que estábamos apoyadas y bajamos las escaleras hacia el metro.

Quedar media hora antes que con los demás empezaba a ser poco tiempo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

El tacto de Moscú

Miraba por el ventanal del hotel como La Plaza Roja iba cobrando vida. La nieve no cesaba de caer y un espeso manto blanco cubría ya la ciudad. El alféizar de la ventana estaba cubierto por ese polvo blanco. Una luz tenue, grisácea, que se refleja en la nieve, iluminaba nuestra habitación. Resultaba chocante ver como todos esos viandantes moscovitas, ya fuesen de origen o de acogida, caminaban cubiertos por varias y gruesas capas de ropa para huir del frío y mientras nosotras, en ese séptimo piso, tan sólo nos habíamos abrigado con nuestras caricias. Aparté la mirada de la ventana para contemplar como dormía. En el silencio era capaz de escuchar su respiración. La ropa de la cama la cubría casi por completo pero su brazo derecho había quedado a la intemperie. Su piel, tostada al sol del Atlántico y del Mediterráneo, adquiría un matiz exótico en esta ciudad de zares. Descalza aprecié perfectamente la textura áspera de la moqueta. Recorrí el escaso metro y medio que me separaba de la cama. Me senté en el borde y la miré, amándola en silencio. Sonreí. Mi mano izquierda cobró vida y, dulcemente, con mis dedos rocé su mejilla. Su piel era suave y estaba tibia. Mis dedos fueron descendiendo furtivamente por su cuello, donde pude apreciar el ritmo de sus latidos, tranquilos y acompasados. Continué por el camino que marcaba su clavícula. Mis ojos seguían a mis dedos. Llegué al hombro y sembré un beso en la cima. Iba a continuar mi descenso por su brazo cuando su propia mano acarició mi mejilla y sus dedos se enredaron en los rizos de mi pelo. Alcé la vista y unos ojos azules me daban los buenos días. Sonreí inundada de esa ternura infinita. Sin decir nada, lo dijimos todo.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Todo lo que no nos dijimos

- Las dos sabemos que esto no funciona, que hace tiempo que no somos las mismas. Han sido unos años maravillosos. Hemos pasado momentos únicos pero... - su frase quedó en el aire. - ...falta algo, ¿no? - completé. - Las dos lo sabemos - hizo una breve pausa - pero, ¿entiendes lo qué te quiero decir no? - asentí con leve gesto afirmativo. Se levantó y dirigió al pasillo distribuidor. Solté la carpeta de los proyectos encima de la mesita del comedor. Acababa de llegar, sólo me había dado tiempo a acceder a su petición de sentarnos en el sofá y a escucharla. Apareció de nuevo en el salón con una maleta y el abrigo puesto. Me puse de pie y me acerqué a ella. - ¿Eso es todo? - pregunté, no sólo por el escueto equipaje. - Parece que sí - dijo abrochándose el último botón del abrigo. Se dio media vuelta y se acercó al recibidor, me adelanté y le abrí la puerta. No dije nada, quería pedirle que no se marchara, decirla que la amaba por encima de todo, que aún era mi musa, pero no dije nada. La vi atravesar el umbral de la puerta, llamar al ascensor y esperar paciente a que llegara. Entró en él, cerró la puerta sin volver la vista.

Nada más cerrar la puerta poyé mi espalda contra ella y me dejé caer al suelo mientras lloraba en el más absoluto silencio, en la más absoluta soledad. Cuando pulsó el botón del sótano cerró los ojos y una lágrima recorrió su mejilla. Hubiera deseado que la hubiera retenido, que no la hubiera dejado marchar, que no hubiera sido tan fácil. A medida que iba descendiendo por el edificio se repetía a si misma que yo estaría en el sótano cuando abriera la puerta del ascensor, para pedirle que se quedara, para decirle todo aquello que hacía tiempo que sólo decía en mis textos. Llegó al sótano, abrió la puerta y decepcionada comprobó que ahí no había nadie. Dejó que sus lágrimas se derramaran mientras llegaba al coche.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Algo más que una leyenda

- Perdona - fue la primera palabra que crucé con esos ojos azules. Nuestros codos se chocaron mientras pedíamos nuestras respectivas consumiciones en la barra de aquel agobiante bar de ambiente. Las dos mirábamos atentamente como la camarera ponía nuestras copas a la vez. Mismo alcohol. Casualidades del destino aquella noche bebíamos lo mismo, Barceló con Coca - Cola. Nos puso las copas juntas, a nuestro alcance, para que cada una cogiésemos la nuestra. La miré y sonreí. La chica de las coincidencias me devolvió una sonrisa algo algo forzada. Cuando fuimos a coger nuestras pertinentes copas nuestros dedos se rozaron, esta vez de una forma algo menos casual. Me mordía el labio inferior cuando ella apartó rápidamente su mano. Se dio media vuelta y desapareció entre la muchedumbre que hacía ímprobos esfuerzos por hacerse con un metro cuadrado para poder bailar. La busqué con la mirada entre toda esa gente pero, era imposible encontrar a nadie. Tardé poco en beberme el cubata. Cogí mi abrigo y mi bolso con intención de irme, - ¿dónde vas? - me preguntó una de mis amigas cuando me vio coger mis cosas tan apresuradamente, pues la noche no había hecho más que empezar. - No me encuentro bien, creo que la copa me ha sentado algo mal - mentí. Mientras, esos ojos azules aparecían de forma inconsciente en mi cabeza complicándome la noche al pensar que no los volvería a ver.

Mis amigas intentaron retenerme pero necesitaba algo de oxígeno. Cuál fue mi sorpresa cuando en la puerta me encuentro a la chica de las coincidencias mirando al cielo, mirando a La Luna. De repente todo mi agobio desapareció. Despacio me acerqué. - Una vez, leí... - empecé a decir; ella se sorprendió al ser interrumpida en su momento de reflexión, pero continuó escuchando. - ...que si en una noche de invierno miras a alguien a los ojos y La Luna brilla en ellos le debes un beso de agradecimiento, pues ha capturado La Luna en sus pupilas para ti. - De forma automática miraste a mis ojos marrones y vistes en ellos reflejado al astro blanco. Sonreíste dándome a entender que habías visto mis intenciones pero que no estabas dispuesta a darle un beso a una completa desconocida sólo porque sepa historias originales. Te devolví una sonrisa pícara, te miré a los ojos y te robé un beso - La Luna también se refleja en tus ojos esta noche... -. No te esperabas el beso, te quedaste paralizada con un interrogante dibujado en tu expresión. - Disfruta de la noche chica de ojos de Luna - te dije mientras comenzaba a andar hacia el final de la calle.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Dos y cuarto

Caminaba despacio, de vuelta a casa. Era de madrugada y el gélido viento cortaba la piel de mi cara, que se hallaba a la intemperie. Con las manos en los bolsillos de la cazadora trataba de mitigar el frío; los dientes me castañeteaban. Las luces de Navidad iluminaban mi solitario regreso y le conferían un tono cinematográfico a la escena. Al ir alejándome de las calles principales, lo hacía también de esa sobrecargada decoración luminosa. Hasta que, al llegar a mi calle, las únicas luces que quedaban eran las de las farolas. A medida que me iba acercando al portal logré distinguir, entre la oscuridad y la neblina que empezaba a bajar, la figura de una mujer que, con gesto de pocos amigos, sostenía unos tacones en su mano derecha y hacía ímprobos refuerzos por abrigarse con la fina chaqueta que llevaba. Al llegar frente a ella sonreí con malicia. - ¿Qué haces fuera? - Pregunté imaginándome el motivo. - Me he dejado las llaves en casa - dijo de un modo brusco y distante. En ese momento yo acaricié las llaves que aún permanecían en mi bolsillo. La sensación de poder me sedujo. - ¿Y esperas que te abra no? - No esperé a escuchar su respuesta. - Después de que he tenido que esperar más de veinte minutos al autobús, pasando frío; y que luego he tenido que venir andando desde donde me ha dejado, pasando aún más frío, mientras tu venías en el coche... ¿Pretendes que te abra la puerta? -. Me miraste como perdonándome la vida y advirtiéndome, sin necesidad de decir nada, de las graves consecuencias que acarrearía dejarte aquí fuera. Yo no quería ceder, la culpa había sido tanto tuya como mía, pero finalmente decidía dejar al orgullo en la calle, pasando frío. Saqué las llaves del bolsillo y abrí la puerta. Te invité a entrar y cuando pasaste justo por delante de mi me golpeaste cariñosamente con los zapatos en el brazo. - Esto porque siempre lo haces todo tarde y porque eres una dramática - dijiste mirándome a los ojos. - Y esto... -, te acercaste a mí y me besaste (tenías los labios helados), - ...porque me encantas cuando me demuestras tu carácter -.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Horizonte azul

Estaba apoyada en la barandilla de la terraza de casa, mirando al horizonte mientras el Sol se precipitaba a esa inmensa masa de agua. Con cada respiración mi cuerpo se impregnaba de ese olor a mar. El salitre, que era arrastrado con la brisa del mar, llegaba hasta mi paladar dejándome ese sabor a costa. Mis oídos se deleitaban con el rítmico pero enérgico sonido del rompeolas. La sudadera que llevaba, quizá demasiado gruesa para estas latitudes, me protegía del viento que soplaba de poniente. Cierro los ojos y me sumerjo en esta tierra de adopción. Unos brazos, de sobra conocidos, me rodean la cintura por la espalda y su propietaria pega su cuerpo contra el mío. Sonrío, abro los ojos y la veo asomada a mi hombro izquierdo. Me muerdo el labio inferior y sutilmente giro la cabeza hasta juntar mi mejilla con la suya, la noto tibia. Cierro los ojos de nuevo y me colmo de su presencia. Con cuidado me giro hasta darle la espalda al mar y apoyarme en la barandilla. La miro a los ojos, no besamos, nos queremos, nos complacemos y saciamos mutuamente ese deseo. Apoyo mis manos en su cadera, juega con el cordón de mi sudadera y mirándome a los ojos me dice - mi amor, estoy embarazada -. Una sensación indescriptible recorre todo mi cuerpo, como si yo misma tuviese dentro a esa pequeña criatura. Mis labios hablaron solos: - te amo mi vida -. La acerqué a mí y besé su frente.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Ya te echo de menos

En la cocina mirabas nuestra foto en los acantilados de A Coruña, esa que está cogida con un imán de pinza de la ropa en la nevera. Estáticas y eternamente abrazadas con nuestras narices rojas; yo con mi gorrito gris y tú con esa bufanda color crema a la que me dediqué a hacer trencitas con sus flecos durante todo ese viaje. Justo cuando mirabas esa fotografía tus labios se sintieron deseosos de un contacto cálido. Mi cuerpo, y por consiguiente mis labios, viajan desde hace dos horas por el cielo de Europa. En tu mano la taza de café a la que miras resignada pues en esta mañana será su calor el único que calmará el deseo de tus labios. Te acercas a la taza para tomarte ese café pero antes lo hueles, es lo que yo hago cuando te preparo café. Antes de dártelo me deleito con su olor para luego reconocerlo en el sabor de tus besos de desayuno. Cuando el líquido ligeramente amargo se acerca a tus labios ya está frío, llevas demasiado tiempo con la mirada perdida en un verano pasado y con la mente absorta en un vuelo sin escalas.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Si me despiertas más a menudo me vas a enamorar del todo

Hoy es un día como otro como otro cualquiera, como otro cualquiera que me despierto pensando en ti. Que he soñado contigo y me he despertado con una sonrisa en la cara. Pero hoy al abrir los ojos te he visto justo a mí lado. Te he escuchado respirar y he notado el calor de tu cuerpo. He visto como el edredón subía y bajaba acompañando a tu respiración. Entonces me he dado cuenta de que te estaba abrazando, he pasado toda la noche pegada a ti. Tu cuerpo contra el mío o el mío contra el tuyo, con el único propósito de sentir nuestros latidos. Te respiro, creo que tu olor cada día me vuelve más loca. Me doy la vuelta y veo el suelo empapelado con goterones de pintura y las paredes a medio pintar. Con cuidado me destapo y me siento en el borde de la cama. Giro un poco la cabeza y te miro de reojo, sigues dormida. Me levanto y cojo mis vaqueros que están tirados por el suelo. Están llenos de salpicones de pintura; la silueta de unas manos blancas en los bolsillos traseros de mi pantalón delatan las dimensiones que alcanzó ayer nuestra particular batalla.

Antes de salir de la habitación te vuelvo a mirar desde la puerta. Te has dado la vuelta y observo como un mechón de tu flequillo ha quedado a merced de tu respiración. Me tienta ir a besarte y quedarme hasta que me duela el cuerpo acurrucada junto a ti. Venzo a la tentación y te sonrío, aunque no me puedas ver, desde el cerco de la puerta. Descalza aprecio la textura del papel de embalar que cubre el suelo y las gotas de pintura que están adheridas a él. Sorteando cajas con palabras escritas con permanente negro llego a la cocina que aún está a medio montar. De una de las cajas que están debajo de la encimera saco dos tazas y el Cola - cao, que no sé muy bien por qué sigue ahí metido si la despensa la montamos ayer. Abro la nevera y saco la leche. Preparo dos Cola - caos calentitos a ver si consigo mitigar la ausencia de calefacción. Con las tazas en la mano me pierdo por el laberinto de cajas hasta llegar de nuevo a la habitación. Tienes los ojos medio abiertos y te muerdes el labio inferior al verme aparecer con el desayuno.



lunes, 7 de noviembre de 2011

Golf

Sentada en el banco de siempre, donde hay una marca por cada vez que he esperado allí, veo pasar coches. Hay un par de sitios libres para aparcar justo delante. La música suena en mis oídos, alejándome del mundanal ruido. Adrede me he dejado el reloj en casa para no mirarlo compulsivamente. Contemplo como en un lapso de tiempo, relativamente corto, el cielo va convirtiéndose en un lienzo donde un docto pincel va dotándolo de color. Los naranjas se confunden con los rosas entre los últimos destellos dorados del día. Entonces veo aparecer su coche por la calle de abajo, esa que sube desde el parque. Esa misma calle por la que ha aparecido el resto de veces que he esperado allí sentada. Me da las luces, como siempre, aunque sabe que ya la he visto. Estoy nerviosa, nos vimos ayer pero siempre tengo esas mariposas flotando en el estómago cuando quedo con ella. Aparca rápido, sin ser demasiado rigurosa con la maniobra. Veo como coge el bolso del asiento del copiloto y rápidamente me apresuro a abrirle la puerta. Sonriendo me da las gracias. Empujo la puerta del coche para cerrarla y ella aprovecha para colocarse el vestido. Llevamos tacones las dos y aún así me saca un trocito. Se acerca y dulcemente me besa los labios. Se da la vuelta y echa a andar, yo me quedo contemplando como camina y disfrutando del sonido de sus tacones contra la acera. - Vamos, ¿qué haces ahí parada? - me dice entre risas mientras extiende su mano hacia mí invitándome a cogerla y a caminar juntas. Yo acepto el ofrecimiento y cojo su mano pero en vez de caminar tiro ligeramente de ella y la obligo, cariñosamente, a acercarse a mí. La beso, nunca me cansaré de sus besos.

martes, 1 de noviembre de 2011

Idas y venidas

La miré a los ojos y tembló mi voz, no quería pronunciar esas últimas palabras. La abracé, siendo consciente de que era la última vez que mis brazos envolverían su cuerpo hasta que llegase el verano. Tragué saliva. Apretando los labios y los ojos traté de reprimir el llanto, esas lágrimas que tan sólo querían entrar en contacto con la peculiar atmósfera de la estación de trenes. Allí estábamos, un frío día de diciembre en un andén de vuelta, abrazadas, siendo un sólo cuerpo, siendo un sólo ser. Besé su pelo; como me gusta el olor de su champú. Inevitablemente las lágrimas se desbordaron de mis ojos. Se apartó ligeramente de mí, pero aún permanecía entre mis brazos. Me sonrió y con su mano derecha limpió las lágrimas que dibujaban senderos brillantes a su paso por mis mejillas. Me besó pausadamente, suave, dejando en mis labios la impronta de los suyos. Aprecié como se separaban de los míos lentamente y como su aliento vital, ese calor que me transmite en casa beso, aún permanecía entre nuestras bocas. Traté de decir algo pero posó su índice sobre mis labios, impidiéndome pronunciar palabra alguna. Besé su dedo y colocó su mano sobre mi mejilla. Ladeé levemente la cabeza para sentir completamente el contacto con su piel. Acarició mis labios con su pulgar, al que yo agasajé con mis besos. Descendí por su muñeca hasta besar su pequeño tatuaje. Al mismo tiempo almacenaba en mi memoria ese olor a ella. Sonó el silbato del tren, había llegado el momento de partir. La despedida llegaba a su fin. Se deshizo de mi abrazo, cogió mis manos entre las suyas y me besó en la mejilla. Sin mirar hacia atrás, me di la vuelta y subí al tren.

Este último recuerdo vuelve ahora a mi mente cuando son las siete de la tarde y estoy delante de la puerta de su casa, en proceso de sacar mi bolsa del maletero del coche. Aún hace frío, faltan algunos días para que dé comienzo la primavera. Entonces alguien rodea mi cintura. Me giro y unos labios que conozco a la perfección se precipitan sobre los míos y me colman de besos, breves, rápidos y vivos. Mirándome a los ojos, inundándome de ese azul, y con una sonrisa que podría iluminar la noche más oscura me dices - siento ser tan impaciente, sabes que no me gusta esperar -.

martes, 25 de octubre de 2011

Sin billete de vuelta

Volvíamos del aeropuerto, subiendo las escaleras entre risas y miradas cómplices. Instándonos mutuamente a guardar un silencio cauteloso para no despertar a los vecinos. Su maleta pesaba, apenas había dejado nada de ropa en casa. Me negué a que ella subiese los tres pisos con la maleta a cuestas. Nada más entrar a casa nos desprendimos de nuestros abrigos. Había dejado la calefacción puesta para que, a nuestro regreso, el calor hogareño reconfortase nuestros cuerpos entumecidos por el frío. Mientras dejaba la maleta en al habitación te acomodaste en el sofá. - ¿Te preparo algo de cena cielo? - le pregunté siendo consciente de que no había tomado nada durante el vuelo. - Sí, algo ligero - contestó sin pensarlo demasiado. Me dirigí a la cocina y al abrir la nevera pensé en lo ligera que iba a ser la cena, no había nada. Volví al salón con el inalámbrico en la mano - cariño, creo que vamos a tener que llamar... - mi frase quedó incompleta cuando la vi tumbada en el sillón con los ojos cerrados. Sonriendo me acerqué a ella y le quité las botas color camel que llevaba puestas. Le puse un cojín a modo de almohada y le eché la manta por encima. La besé la frente con cuidado. Sonreía mientras la miraba. Despacio me acerqué al interruptor y apagué la luz del salón. Atravesé el pasillo hasta llegar a la habitación. Puse su maleta sobre la cama y la abrí. Empecé a separar la ropa para echarla a lavar y a colocar los zapatos en su sitio, cuando entre un par de camisetas apareció un libro. No recordaba haberlo visto antes por casa. El título no estaba en español por lo que imaginé que se lo había comprado allí. Le di la vuelta y leí la contraportada, se trataba de un libro de temática erótica. Empecé a ojearlo cuando me di cuenta de que en las primeras páginas había unas palabras manuscritas: "Porque siempre nos quede esta habitación en Londres". Con las manos temblorosas me senté en el borde de la cama y releí incrédula esas palabras escritas con tinta negra. Cerré los ojos y respiré hondo. Me levanté y secando las lágrimas que se desbordaban de los espejos de mi alma coloqué el libro en la estantería; no quiero explicaciones.

lunes, 17 de octubre de 2011

Deseos de futuro

Distraída miraba por la ventana. Multitud de gotas habían quedado en la superficie del cristal de la ventana tras una habitual lluvia otoñal. El cielo estaba gris y los árboles eran mecidos por el viento. La serie había empezado pero yo continuaba absorta en mis pensamientos, divagando a través de ese cuadro translúcido. Noté una ligera presión en el sillón y sentí tu cuerpo más cerca del mío. Besaste mi hombro izquierdo tratando de llamar mi atención. Aquella caricia me hizo salir de mi momentáneo estado de aislamiento. Te miré, sonreí, me besaste. Cuando mis ojos se abrieron, inconscientemente, una sonrisa se dibujó en mi cara. Te propuse salir a dar una vuelta, a pesar de la inestabilidad meteorológica, y para mi sorpresa aceptaste de buen grado sin necesidad de supeditarme al chantaje de besos al que últimamente te has vuelto tan aficionada. Mientras nos vestíamos bromeábamos, como siempre, y me placaste un par de veces contra la cama para someterme a tus besos, como otras tantas veces. Una vez listas y después de haberme intentado seducir en el pasillo, con efectivos resultados, encendiste la luz de la entrada para mirarte una última vez en el espejo antes de salir de casa. - Vas preciosa, como siempre - te dije mientras besaba tu mejilla izquierda y te miraba en la imagen del reflejo. Agarré el manillar de la puerta y cuando comencé a abrirla rodeaste mi cintura desde atrás y me deleitaste con un beso entre el cuello y la nuca. Saliste detrás de mí; apagué la luz y cerré la puerta, sin dar portazo.

martes, 27 de septiembre de 2011

Mi Eva y mi fruta prohibida

Entró en la cocina deprisa, huyendo de mí. Yo iba detrás de ella mientras le rogaba que me escuchase, ella se limitaba a guardar silencio. Quizá ya hubiese dicho todo lo que tenía que decir o simplemente no tenía nada que decir. Abrió la nevera con ímpetu y sacó de ella un envase de plástico: las fresas que habíamos comprado esa misma tarde. Del armario que se encontraba a su izquierda sacó un escurridor y lo colocó en la pila del fregadero. - No te enfades por favor, lo siento... por favor, escúchame - continuaba diciendo mientras ella rompía el plástico del envase en el que se encontraban las fresas. Sus manos se detuvieron, giró la cara y me miró con una expresión de pocos amigos, con voz seria y firme me dijo - ya te he escuchado -. Apartó su mirada de la mía, a a la cual había traspasado y reducido a la más mínima expresión. Una vez colocadas todas las fresas en el escurridor abrió el grifo y dejó que el agua cayese sobre ellas. Yo hacía tiempo que estaba callada. Cuando el agua había llegado a todas las fresas cerró el grifo. Los pequeños frutos rojizos brillaban debido a esas gotas que se acumulaban en su superficie y simulaban un rocío de media tarde. Me miró de soslayo e intuí como una sonrisa pícara se dibujaba en su cara. Con un grácil movimiento cogió una fresa entre sus dedos y le arrancó el penacho verde. Se giró hacia mí, con la fresa en al mano, tiró de mi camiseta y me acercó a ella. Se mordió el labio inferior con esa seducción innata que el confiere ese gesto. Alzó su mano y puso la fresa en su boca; sus labios la sostenían para que la parte que quedaba fuera, y que me invitaba a comer, no hiciera que el pequeño fruto se precipitara al vacío. Inconscientemente me humedecí los labios con la lengua y sonreí. Me acerqué a ella mirándola a la los ojos y en el último instante, antes de que nuestros labios se rozaran, cerré los ojos. Mordí la fresa y noté como el jugo, ligeramente ácido, resbalaba por nuestros labios. Tras ese lascivo bocado nuestros labios se encontraron, sin moverse, colmándose de esa presencia; los míos de los suyos y los suyos de los míos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Errónea infelicidad

Coges mi mano izquierda entre las tuyas y me miras a los ojos entre lágrimas; tu rostro está pintado de negro. Tengo la cara empapada. Los ojos doloridos, hinchados y rojos; los cierro lo más fuerte que puedo y aprieto mis labios con la esperanza de que al abrirlos tú no continúes ahí y todo esto no sea más que una horrible pesadilla. Abro los ojos y tú sigues ahí, repitiendo lo mismo una y otra vez - lo siento, lo siento... -. Mi rostro vuelve a dibujar una expresión de dolor y desesperación. Nuevas lágrimas surcan mis mejillas. Mis labios se despegan con la intención de pronunciar alguna palabra, pero ni el más mínimo ápice de voz es articulado. Vuelvo a cerrar los ojos y las lágrimas se desbordan una vez más de mis ojos. Elevas tu mano derecha hasta rozar mi mejilla, tus dedos se empapan con mis lágrimas. Las dos lloramos. Aparto mi cara de tu mano, el roce de tu piel me quema. No me dejas que huya y con tu mano coges mi barbilla y me obligas a girar la cara hacia ti. Te miro a los ojos y veo como tu alma también se fragmenta en pedazos. Vuelvo a intentar decir algo pero posas tu índice sobre mis labios - no digas nada, ya lo sé... sabes que siempre sentiré lo mismo - me dices mientras una lágrima pasa por tu labios. Te acercas y me abrazas, sentir tu calor me reconforta; sentir tu presencia me hace sentirme viva a pesar de estar muriendo en vida. Apoyada en mi hombro, mientras empapas mi camiseta con nuevas lágrimas, me dices entre sollozos - tú, en el fondo, también sabes que es lo mejor -. Te abrazo con más fuerza, tratando de decirte así lo que con palabras, ahora mismo, soy incapaz de decir.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Bajo cinco

Caminábamos cabizbajas por Gran Vía en una madrugada demasiado fría. De reojo vi como hacías ímprobos esfuerzos por evitar que tus dientes castañetearan pero tu piel, porosa, pedía a gritos algo de abrigo. Contemplaste como me desprendía de una de las dos capas de ropa que cubrían mi cuerpo. - Toma mi sudadera - te dije con voz autoritaria ofreciéndotela; - no, no tengo frío gracias - dijiste de un modo brusco y distante al que estaba muy poco acostumbrada. Te miré a los ojos, intimidante, y aceptaste mi ofrecimiento. El color rojo de mi sudadera no pegaba con nada de lo que llevabas. El calor que aún conservaba la prenda y que recorrió todo tu cuerpo en cuanto te la pusiste te hizo esbozar una efímera sonrisa que apresuradamente trataste de disimular. Continuamos caminando dirección Cibeles con el mismo mutismo que nos había acompañado desde que habíamos salido de aquel ruidoso antro. Tenía frío. Involuntariamente nuestras manos se rozaron, fugazmente, pero fueron las milésimas de segundo necesarias para eliminar cualquier atisbo de enfado que pudiésemos almacenar después de lo acontecido. Mordiéndote el labio inferior provocaste un nuevo encuentro "casual" de nuestras manos. Esta vez mi dedo índice atrapó a tu meñique; noté como sonreías sin tan siquiera mirarte a esos preciosos ojos que en esta noche me devolverían el reflejo de la luna llena. Tenías la mano congelada; cogí tu mano con algo más de firmeza y la puse entre las mías, para intentar calentarla. Cuando me sentí incapaz de proporcionarte más calor levanté mi mano derecha, que hacía de tapa, y besé suavemente tu mano. Mis labios, casi adormecidos por el frío, te hicieron caer en la cuenta de que estábamos a unos cinco grados y yo llevaba más de quince minutos en manga corta. Sin previo aviso, me cogiste del brazo y me obligaste a girarme hacia ti. Me abrazaste intentando que entrase en calor, frotaste mis brazos con la esperanza de que recuperasen su color original. Todos tus esfuerzos porque recuperase mi calor corporal parecían obtener unos resultados nefastos hasta que tus labios buscaron los míos. Tu propio calor inundó mi cuerpo y reconfortó cada centímetro de mi ser.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Solamente nosotras

El cambio de luz me molesta, la ausencia de las ráfagas discontinúas de la luz del televisor me hacen entreabrir los ojos y pestañear un par de veces. Adormecida; con los ojos medio cerrados consigo vislumbrar, entre las pestañas, los créditos de la película. Con la mano derecha me froto el ojo, la mano cae por mi mejilla mientras miro la hora en el reloj de grandes número verdes. 02:14. Noto el peso de tu cuerpo sobre el mío y como tu mano, relajada aún permanece enredada con la mía sobre tu regazo. - Mi amor, mi amor - digo en un susurro para comprobar si estas dormida. Efectivamente mis sospechas eran ciertas; tu respiración lenta y profunda y tu absoluta inmovilidad corroboran mi presentimiento. Tengo dos opciones: quedarnos aquí a dormir y que mañana seamos incapaces de levantarnos debido a las múltiples contracturas que tendremos por todo el cuerpo o hacer acopio de toda mi dulzura y todo mi cuidado para llevarte en brazos a la cama sin que te despiertes. La segunda opción, sin lugar a dudas, es la más acertada. Con cuidado aparto la manta que cubría nuestros cuerpos. Lentamente separo tu espalda de mi torso y apoyo mi pierna derecha en el suelo. Como si de una experta contorsionista se tratara consigo sacar mi pierna izquierda y apoyarla también en el parqueé mientras sujeto tu cuerpo para que se mueva lo menos posible. Una vez de pie te cojo en brazos, con cuidado de no realizar movimientos demasiado bruscos. Lentamente camino por el pasillo, contigo en brazos, y entro en la habitación. La cama ya estaba abierta y las velas aún iluminaban parcialmente la estancia. Creo que nuestra velada romántica para celebrar nuestro decimosegundo aniversario no se va a alargar tanto como yo había previsto. Cuidadosamente deposité tu cuerpo en la cama y te arropé con el edredón. Con una tierna sonrisa en mis labios puede contemplar como tu cuerpo se movía complacido al saberse en un lugar cómodo donde poder descansar. Comencé entonces a apagar las velas que aún permanecían encendidas. Poco a poco al habitación se fue sumiendo en una profunda oscuridad interrumpida solamente por la luz de los habituales adornos navideños que se colaban furtivamente en nuestro particular paraíso. Yo también me tumbé en la cama y te rodeé con mi brazo. Acoplaste tu cuerpo al mío buscando la calidez de esa compañía de sobra conocida. Besé tu hombro derecho y aún a sabiendas de que no me oías mis labios susurraron en tu oído - feliz aniversario -.

domingo, 31 de julio de 2011

Quiero tener tu presencia

Me di la vuelta en la cama. La seda de las sabanas acarició dulcemente mis piernas. Escuchaba tu respiración acompasada, tranquila y rítmica. La luz del claro de luna, que inundaba nuestro paraíso particular esta noche, incidía sutilmente sobre tu cuerpo cubierto parcialmente por las sábanas. Durante unos segundos contemplé como tu pelo caía con gracia sobre la almohada. Besé tu hombro derecho, desnudo, cubierto solamente por el tirante de la camiseta blanca, que acentuaba aún más tu piel dorada por el sol tras incalculables horas de playa. Te estremeciste ante mi beso, en un susurro dijiste algo que no alcancé a oír. Me acerqué aún más a tu cuerpo, las altas temperaturas de finales de julio no eran un problema, el aire acondicionado aclimataba la habitación. Finalmente pegué mi cuerpo al tuyo y con mi brazo derecho rodeé tu cintura. Ingenuamente pensé que mi muestra de afecto en medio de la noche no te sacaría de tu placentero sueño. Tu mano izquierda, que descansaba bajo la almohada, despertó de su letargo nocturno y acarició mi brazo desde el codo hasta mi mano donde entrelazó tus dedos con los míos. Cerré los ojos y me dormí respirando tu olor.
Un espasmo provocado por un sueño en el que pisaba mal al bajar un escalón me hizo despertar. Aún era de noche, mi brazo continuaba alrededor de tu cuerpo e increíblemente tú te encontrabas en la misma postura. Me mojé los labios y tragué saliva, tenía la garganta seca debido al aire acondicionado. Con cuidado traté de deslizar mi brazo evitando mover el tuyo, que reposaba sobre él. Cuando notaste el movimiento agarraste bruscamente mi mano y con una voz extremadamente clara dijiste en medio de la oscuridad - no me sueltes... - las tres palabras sonaron desgarradoras, como si un verdadero temor hubiese inundado tu ser. Ya no importaba el agua que mi garganta me pedía desesperadamente minutos atrás. - No me voy mi amor, no me voy a ninguna parte - sentencié mientras colocaba mi brazo sobre el tuyo y apretaba tu mano. Me acerqué más a ti, - estoy aquí mi vida -, besé tu nuca mientras la última palabra de la frase se perdía entre mis labios y tu piel.

lunes, 18 de julio de 2011

Pánico

Siete de la tarde. La luz del sol, que es tan intensa como si fuese medio día, se cuela por las rendijas de la persiana a medio bajar del cuarto. Me despierto descansada tras una noche inolvidable e intensa, como otras tantas. No noto tu presencia en la cama, demasiado tiempo entre las sábanas para ti. Pero no veo tu móvil en la mesilla, ni oigo ruido en la cocina, ni el agua de la ducha, ni la televisión... Me levanto extrañada, hoy no tenías guardia. Me pongo la camiseta que estaba tirada en el suelo. Descalza me dirijo al baño. Me miro en el espejo y decido ducharme. Mis ojos pasan por alto la ausencia de tu cepillo de dientes. Dejo que el agua caiga sobre mi cuerpo, refrescando cada centímetro de mi piel; despejando mi mente y despertando mis adormecidos músculos. Salgo del baño, con la toalla aún enrollada a mi cuerpo, y me dirijo a la habitación. Abro el cajón de la ropa interior y veo que la mitad de él se encuentra vació. Una sensación de pánico invade todo mi ser. Con la respiración acelerada y el nerviosismo propio de quien se golpea contra la realidad abro las puertas del armario de par en par. Las perchas de tus camisas, de tus vestidos, de tus pantalones... cuelgan vacías y se balancean acentuando la ausencia de tu ropa, por si aún no me había dado cuenta de que ya no estaban ahí. Mientras contemplo la escena la toalla a caído a mis pies. Desnuda y completamente paralizada trato de recuperar el control de la situación. Me visto con lo primero que encuentro y cojo mi móvil, que aún descansaba en la mesilla. Marco tu número, que tras todos estos años me se más que de memoria, pero la voz estridente de una grabación me impide hablar contigo. Recorro la casa en busca de algo que niegue tu marcha; pero no queda nada. Desolada me desplomo en el sillón. Cojo mi móvil y comienzo a mirar entre mi lista de contactos, con el propósito de encontrar a alguien que conozca tu paradero y, ya puestos, alguien que pueda explicarme tu reacción. Cuando voy a llegar a la "m" el teléfono fijo comienza a sonar; en la pequeña pantalla aparece un número, con demasiadas cifras, que soy incapaz de reconocer. Dubitativa pero esperanzada contesto, al otro lado una voz femenina dicta mi sentencia de muerte - sólo espero que algún día lo entiendas, no podía seguir engañándome... -. Un pitido intermitente sustituye a esas palabras. El auricular resbala por mi mano hasta golpear el suelo, mientras cientos de lágrimas se desbordan de mis ojos. Aún hoy me pregunto qué hice mal, en qué preciso instante dejé de enamorarte.

jueves, 14 de julio de 2011

A la luz de la Luna

Me desperté sobresaltada; la Luna había explotado en mil pedazos, todos los fragmentos habían quedado diseminados por la Tierra y el cielo se había sumido en una profunda oscuridad. Menos mal que al abrir los ojos e inspirar una profunda bocanada de aire, fruto de la angustia, había comprobado que esa explosión tan sólo había acontecido en mi subconsciente. La ventana estaba abierta de par en par y un viento inusual, demasiado frío y demasiado violento para ser veraniego, inundaba la habitación y congelaba mi cuerpo. Entre la oscuridad logré alcanzar una sudadera que dormitaba en un estante a la espera de una noche como ésta. El mismo contacto con la tela reconfortó mi cuerpo dolorido y entumecido por ese frío insólito. Antes de devolver mi cuerpo a la cama, esta noche solitaria y vacía, cierro la puerta para evitar más corriente. Me siento en el borde de la cama y miro la hora en el móvil, que está en la mesilla; nada más iluminarse la pantalla veo tu imagen que me sonríe tumbada en una playa de Córcega. 4:30. Me pongo de rodillas en la cama y giro 180 grados mi cuerpo para cerciorarme de que la Luna está en su sitio. Apoyo mi mano derecha en el borde del cerco de la ventana y mi mano izquierda en la parte inferior del mismo. Saco la mitad del cuerpo por la ventana para dejar que cada rayo de esa luz blanquecina y mágica impregne mi piel. Cierro los ojos para sentir el aire, que me corta la cara, y la noche, que me embriaga con su silencio. Noto una ligera presión en el colchón y unos brazos rodean mi cintura. Estoy tranquila, ya había diferenciado tu olor. Besas mi nuca, con besos cortos y dulces, te entretienes con mi tatuaje al que agasajas con alguna que otra caricia. Recorres mi cuello con esos besos ascendiendo lentamente hasta mi mandíbula. Yo mantengo los ojos cerrados, me dejo hacer. Suavemente con tu mano derecha giras mi cara y me robas un beso tan exquisito como la mismísima ambrosía.

martes, 5 de julio de 2011

¿Todo tenía ese olor a limón y canela?

Todo tenía ese olor a limón y canela, ese perfume estaba impregnado en las sábanas, en mi ropa, en el sofá... todo olía a ella. No conseguía que ese maldito olor se fuese de mí, de mi vida. Había guardado todas las cosas que aún quedaban por mi casa en una caja de cartón: dos cd's, un par de libros, varias gomas del pelo, unas gafas de sol, un par de zapatos y tres camisetas; de las cuales decidí quedarme una por si no volvía nunca, le diría alguna excusa barata para justificar su ausencia. Estaba poniéndole el precinto a esos vestigios del pasado cuando sonó el teléfono, pero estaba sentada en el suelo y no me apetecía levantarme. Dejé que el teléfono sonase y que el estridente ruido, provocado por cada nuevo timbrazo, inundase la casa que estaba en un absoluto silencio. Como era de esperar tras varios timbrazos quien fuera que llamase desistió y el ruido cesó por completo. A los pocos segundos, mientras escribía en el cartón con un rotulador permanente, el nombre de la propietaria de todas esas cosas, el teléfono sonó de nuevo. También lo dejé sonar hasta que saltó el contestador; quien estuviera al otro lado no quiso dejar mensaje. Estaba preparando la cena, cuando el teléfono sonó de nuevo. Miré el reloj de la pared para barajar la posibilidad de una llamada importante, pero si fuese importante llamarían al móvil. Ésta vez tampoco tenía intención de cojerlo. Dejé que sonase repetidas veces hasta que al fin saltó el contestador automático - lo siento ahora mismo no estoy en casa pero si quieres puedes dejar un mensaje y luego te llamo "piiii" - - eeee soy yo, he llamado antes porque he estado pensando en todo lo que pasó y... pero bueno... - algo me sacudió por dentro y salí corriendo de la cocina hacia el salón, tenía que contestar - veo que no estás, no creo que vuelva a intentarlo... Adiós - - ¡Estoy, estoy! - Dije casi gritando, pero al otro lado del auricular solo escuché un pitido intermitente.

sábado, 25 de junio de 2011

Secretos en medio de la noche

Me desperté sobresaltada en medio de la noche. La luz de la luna entraba por la ventana de nuestra habitación, abierta de par en par con la esperanza de que el aire hiciese acto de presencia en esta calurosa noche de agosto. En el silencio escuché tu respiración y mis latidos acelerados por ese mal sueño se fueron calmando. Me giré para contemplar como dormías. Tu cabeza reposaba suavemente sobre la almohada y tu rostro tenía una expresión de serenidad. Apoyo mi brazo derecho sobre la almohada y sujeto mi cabeza con él, colocándome en una posición más idónea para seguir contemplando como duermes. Tu cabeza se hunde un poco más en esa almohada que compartimos desde hace tanto tiempo. Soy testigo de cómo un mechón de tu flequillo cae sobre tu cara. Me dispongo a apartarlo para que no te haga cosquillas y te saque de tu placentero sueño cuando, de repente, mi móvil empieza a vibrar en la mesilla de noche. Con un movimiento brusco y rápido que mueve toda la cama, que te molesta y te hace cambiar de posición, me apresuro a cogerlo para que no haga más ruido. Me incorporo. La luz de la pantalla daña mis adormecidos ojos, es un sms: "Buenas noches amor, ya estoy en Madrid. Te he echado de menos". Algo incómoda miro la hora en el reloj de la mesilla, las 04:27. Cierro el mensaje, bloqueo el móvil y lo dejo de nuevo en la mesilla. Te miro, continúas durmiendo. Me vuelvo a tumbar y me acerco a ti; rodeo tu cintura con mi brazo. -¿Qué pasa cariño? - Me dices en un susurro apenas audible - nada mi vida que... te quiero - nada más pronunciar esa frase cierro los ojos y me doy asco a mi misma por estar haciéndote esto.

Sorpresa por confianza

- Bueno, ¿ya era hora de qué aparecieses no? Llevo esperándote un buen rato -. Me miró con esa sonrisa de quien no ha roto un plato en toda su vida, se acercó lentamente y besó con dulzura mis labios. Irremediablemente la ligera mueca de enfado por su tardanza se fue disipando de mi rostro. - ¿Dónde vamos? - me preguntó con un tono algo musical. - Vas a tener que confiar en mí - mientras pronunciaba estas palabras saqué un pañuelo azul y blanco de mi bolsillo. Despacio, sujetándola por los hombros, hice que se diese la vuelta. Con cuidado de no pillar su pelo le vendé los ojos. Me puse frente a ella y pasé un par de veces la mano por delante de sus ojos, ahora ocultos, para comprobar que no veía nada. Cerciorada de que ahora mismo estaba bajo mi control le di un beso corto y espontáneo; cuando me separé susurre: - te va a encantar -. Hicimos el viaje en metro; como no podía ser de otro modo, la gente nos miraba curiosa, probablemente imaginando lo que le depararía a mi pobre acompañante que se sentía completamente inútil al haber perdido momentáneamente el sentido de la vista. Cuando llegamos a la estación de Begoña salimos a la calle. - ¿Sabes dónde estamos? - pregunté, aunque claramente se trataba de una pregunta retórica pues era imposible que adivinase nuestro paradero. - Sé que estamos fuera y que debemos de estar cerca de una calle grande, se escuchan muchos coches -. - No andas mal encaminada - dije entre algunas risas. Le di un beso en la mejilla, entrelacé su mano con la mía y comenzamos a caminar. Cuando llegamos a la puerta de nuestro destino ya era de noche. Una voz de mujer anunció: "planta 1". - ¿Se puede saber qué hacemos en un ascensor? - Me preguntó de forma incrédula mientras continuaba nuestra ascensión. "Planta 22" - Te voy a llevar a la Luna y voy a poner mi mundo a tus pies - le dije con una voz pausada y con cierto tono de misterio. A pesar de que no podía ver sus ojos noté como en su rostro se dibujaba un interrogante, pues no tenía ni la menor idea de donde iba a terminar nuestra aventura. "Planta 45" dijo finalmente la voz femenina. - Bien estamos a punto de llegar -. Cogí su mano y la conduje hacia unas escaleras. Subimos con cuidado; al final de los escalones un guardia de seguridad nos abrió la puerta que conducía al exterior. La situé en el punto exacto y me coloqué justo detrás de ella. - Ya está, hemos llegado -. Despacio fui deshaciendo el nudo del pañuelo, que a esas alturas aún continuaba apretado. Cuando sus ojos quedaron liberados pestañeó varias veces para acostumbrarlos a la luz. Tomando conciencia de donde nos encontrábamos la expresión de su rostro cambió por completo. La luna brillaba en el firmamento, a escasos metros de nosotras, redonda, irradiando una luz completamente blanca que iluminaba toda la azotea. A nuestros pies Madrid, majestuosa; cientos de luces de colores brillaban ante nuestros ojos. Rodeé su cintura desde atrás, apoyé mi cabeza en su hombro derecho y susurré en su oído - mi mundo no tendría sentido si tú no estuvieses en él -. Mordiéndose el labio inferior giró levemente su cabeza hacia la mía y me regaló un beso.

domingo, 8 de mayo de 2011

Una noche únicA

Tumbadas encima del capó de tu coche contemplamos las estrellas, esas que prometiste enseñarme, esas que en la ciudad son imposibles de vislumbrar. Me explicas cada una de las constelaciones; yo me hago la tonta como si fuese la primera vez que oigo hablar de ellas. Me gusta como describes ese majestuoso firmamento salpicado de multitud de pequeñas machas blancas y brillantes. El cielo nocturno deja de tener interés para mí, giro la cabeza hacia la derecha y allí estás tú, brillas más que cualquiera de los astros que pueda ver esta noche. Tus labios me atraen como un imán. Esbozo una sonrisa y me muerdo el labio inferior. Tú hablas sin cesar, ajena a mis ojos que te observan. Me miras de reojo, te das cuenta de que eres objeto de mi mirada; tu voz se quiebra, te pones nerviosa. Me acerco a ti y te doy un beso en la mejilla. Te quedas callada. Tras unos segundos te bajas del capó y me invitas a que te acompañe. Por una vez en mi vida no siento la necesidad de hablar. Mirándote a los ojos me mojo los labios. Sonríes. Te acercas y me abrazas. Te respiro, tu olor no podría ser más dulce, inunda mis pulmones y me embriaga. Después de decirme algo a oído, que quedará entre tú y yo, esperas mi respuesta. Niego levemente con un gesto de cabeza. Te acercas, cierro los ojos, sólo quiero disfrutar de este momento mágico, todo lo demás me es ajeno.

Aquella madrugada vimos amanecer desde la parte trasera de tu coche.

viernes, 15 de abril de 2011

Un sueño de ponientE

El tiempo había vuelto a avanzar. Mis labios se separaban de los suyos lentamente, adormecidos y húmedos. Al mismo tiempo, mis ojos se resistían a abrirse, temiendo, que tal vez, al entrar en contacto con la realidad todo quedase en un sueño. Un maravilloso sueño, pero al fin y al cabo sólo eso, un sueño. Sin estar convencida del todo, levanto mis párpados mientras exhalo una bocanada de aire, exhausta tras un beso eterno. La mar embravecida golpea violentamente contra las rocas, que ni sienten ni padecen. Impasivas e indolentes son testigos de este esperado encuentro. Te apoyas en la barandilla del muelle, tus manos entran en contacto con el metal frío pintado de blanco. Pierdes tu mirada en el horizonte, donde un pequeño barco lucha contra un gigante de agua. Yo, apoyada junto a ti, la pierdo en tus ojos, en mi mar particular. Me miras de reojo, te has dado cuenta de que te estaba observando. Sonríes mientras giras la cabeza. El viento nos despeina. No hablamos, los gemidos del rompeolas ahogarían nuestras voces. Tiras de mi cinturón, acercándome a ti. Apoyas tu frente en la mía; que sensación tan agradable sentirte temblar a dos centímetros de mi.

martes, 22 de marzo de 2011

Recuerdo amargo

Los pensamientos se amontonan en mi mente, donde víctimas de mi subconsciente se desbordan. Es tarde para ser lunes por la noche, pero pronto para dejarme caer en los brazos de Morfeo. Tus palabras resuenan en mi cabeza una y otra vez, como un taladro que atraviesa mi cráneo de un lado a otro. Tres días después de nuestra última cita aún trato de digerir las palabras que vomitaste aquella tarde de sábado sin ningún quiebro en la voz, sin el más mínimo vestigio de cariño. ¡Maldigo el momento en el que cambié un cine con palomitas por ir a tu casa!. Algo que cualquier otro día habría hecho gustosa me costó, ni más ni menos, que un año y medio de relación. - Lo siento... creo que esto ya no nos lleva a ninguna parte - fue lo que dijiste, tratando de justificar la decisión que tú sola habías tomado. Las palabras que salieron de tu boca, me parecieron fruto de un mal sueño, y quizá fue ese el motivo por el cual ni una sola lágrima se asomó a los espejos de mi alma. Pero hoy todo es muy distinto: tu icono gris en el messenger, tu móvil apagado, la persiana de tu cuarto bajada por completo... Mentiría si dijese que no me importa no decirte más te quieros. Mirando al techo de mi cuarto, que aún estando a oscuras veo blanco, me torturo con tu ausencia. Cierro los ojos, me mojo los labios e intentando reprimir los gemidos y los lamentos me muerdo el labio inferior hasta que el dolor me obliga a liberarlo de la presión que ejercen mis mandíbulas. A la rabia y al dolor no se le puede poner barreras; tras media hora de recuerdos termino empapando la almohada mientras sostengo el móvil en la mano con la esperanza de oír tu voz al otro lado.

sábado, 12 de marzo de 2011

El poder de un besO

Estabas apoyada en el radiador, calentándote las piernas y mirando por la ventana. Cientos de miles de gotas impactaban contra el cristal. El árbol, que está frente a nuestra casa, se agitaba violentamente a causa del impetuoso viento. Las persianas del salón golpeaban contra las ventanas produciendo un sonido estremecedor, parecía que en cualquier momento iban a salir volando. El cielo gris prometía tormenta para rato. Me acerqué a ti y con mis brazos rodeé tu cintura. Apoyé mi cabeza en tu hombro derecho, giraste la cabeza y besaste mi mejilla. Miré por la ventana contemplando la violencia de la tormenta. Entonces, un trueno rompió el rítmico sonido de las gotas chocando contra el cristal. Al producirse de imprevisto, te estremeciste y me agarraste los brazos, que aún rodeaban tu cuerpo. Al instante, un relámpago iluminó la estancia por completo. La tormenta cobraba fuerza. Los truenos y los relámpagos se sucedían cada pocos segundos. La tormenta estaba justo sobre el edificio. Te diste la vuelta, entre mi abrazo, y me miraste a los ojos. Con el dorso de tu mano acariciaste mi mejilla, giré la cabeza lentamente y besé tus dedos, finos y suaves. Tu mano descendió por mi pecho y al llegar a mi estómago tiraron de mi camiseta acercándome aún más a ti. Ni la tormenta, ni el salón, ni el ruido de las persianas...existían ya para nosotras. En la oscuridad interrumpida tus labios hallaron los míos con un beso lento y delicado. Tus labios fueron besando mi cuello hacia mi nuca hasta que terminamos abrazadas. El calor de nuestros cuerpos había empañado el cristal. Ahora llovía con menos fuerza. Un tímido rayo de sol se asomaba entre las nubes.

jueves, 24 de febrero de 2011

Radio estilo - Baratillo Joven

Aquí os dejo uno de mis textos que ya publiqué en este mismo blog y que hace un tiempo mandé a Saray Pavón, una joven promesa de la lírica española que dirige el grupo literario Baratillo Joven. Este grupo de literatos tienen un programa de radio en Sevilla en la cadena Radio estilo y ofrecen la oportunidad, a comienzos de cada temporada, de que gente de cualquier punto de España, les mande textos de creación propia. Precisamente eso mismo hice yo y este es el resultado (minuto 40 aprox.)

http://www.ivoox.com/04-3-temporada-audios-mp3_rf_544885_1.html

viernes, 18 de febrero de 2011

El precio de la infidelidad

- ¡Mirame! Dijo de forma violenta -¡¿Cuántas veces tengo que repetirlo?! - Mi gesto hierático e inexpresivo reflejaba mi indiferencia. Tenía la cabeza girada, no quería ver sus ojos enjugados en lágrimas. - ¡Mírame! Por favor... - Cogió mi mano entre las suyas que temblaban al tener los sentimientos a flor de piel. - Por favor... - Dijo con la voz entrecortada en un esfuerzo sobrehumano para evitar que su aliento se extinguiese entre un mar de llanto. Cerró los ojos resignándose a mi silencio. Una lágrima resbaló por su mejilla, pasó rozando la comisura de sus labios y se lanzó al vació desde el precipicio de su barbilla impactando contra mi mano que ella seguía sujetando. La miré, vi como con los ojos cerrados apretaba los labios para asfixiar los alaridos que su cuerpo necesitaba proferir. - Lo siento, lo siento... - Susurraba mientras con besos cortos y lentos acariciaba mi mano. Tragué saliva, me mojé los labios. - Yo si que lo siento... Siento que todo esto tenga que terminar así. Adiós - Me levanté del sofá. Sus manos dejaron escapar la mía. Cogí mi móvil y las llaves de la mesita de cristal y me dirigí a la puerta. Tan sólo había dado dos pasos cuando noté que, tirada en el suelo, se agarraba a mi pierna izquierda - No hagas esto; levántate por favor... - Negó con la cabeza mientras sus lágrimas pintaban su cara de negro. Tiré de la pierna. Ella se quedó en el suelo, acurrucada, llorando, tirándose del pelo y gritando de dolor. Abrí la puerta y cerré, dando un portazo. Saliendo del portal aún podía escuchar sus lamentos.

martes, 25 de enero de 2011

Dudas disipadas

Tumbadas en la hierba contemplamos como las nubes avanzan rápidamente movidas por el viento, como si compitiesen en una carrera. Las formas definidas se alternan con estelas que se fusionan con el cielo azul de una tarde de martes. Tienes tu cabeza apoyada en mi tripa. Juego con tu pelo, que al igual que otras muchas veces termina enredándose entre mis dedos. Te ríes, me muerdo el labio inferior y te pongo cara de buena. Sonríes mientras me ayudas a zafarme de tu pelo. Nos incorporamos mirándonos a los ojos. La luz del atardecer ilumina tu pálida piel. Con mi mano derecha te aparto el mechón de pelo que invade tu cara, colocándole detrás de tu oreja. El mechón, como su dueña, es un poco rebelde y vuelve a caer. - Joder... - Murmuras. Sonrío, coloco mi índice sobre tu labios - shhhh -. Aparto de nuevo el pelo y paso mi mano por tu mejilla. Cierras los ojos y con tu mano pegas la mía aún más a tu cara. Abres los ojos, el verde de tus pupilas me lo están pidiendo a gritos. Dudo un momento pero te acercas. Ya no temo nada. Nos unimos en un beso que me parece demasiado efímero; pero a ese le siguen cientos más que hacen de esta tarde cualquiera un día único.

domingo, 16 de enero de 2011

La botella medio vacía

Camino por la calle, me dirijo a la parada del autobús, sin mucha prisa. - Tenemos que hablar - es lo último que he escuchado antes de que se cortase la llamada. Una sensación extraña recorre mi cuerpo, tengo miedo. Sin querer, sin poder evitarlo, de un modo absolutamente inconsciente el pesimismo se adueña de mi ser por completo. Ante mis ojos pasan todos y cada uno de los momentos que hemos vivido: cada gesto, cada palabra, cada mirada, cada beso y cada caricia. Pienso en estos cinco meses inolvidables y mientras, mis piernas, cual autómatas, continúan caminando. Noto las manos frías y la boca seca. Giro la esquina y veo una pareja besándose (esto no ayuda). Quiero llorar pero acabo de llegar a la marquesina y hay demasiada gente.
Viene mi autobús, va muy lleno. La gente que estaba sentada se pone en pie. Tomo asiento. Una señora con un abrigo morado se acerca al borde de la acera y levanta el brazo. El autobús para justo delante de ella. Nadie baja pero toda la gente que estaba en la parada trata de subir. Yo continúo sentada; voy a dejarle pasar. El autobús cierra las puertas y desaparece de mi campo de visión. Bajo la cabeza y con las manos metidas en los bolsillos, para mitigar el frío, me miro los cordones medio desatados de las deportivas. - Como sigas mirándolos se van a desgastar - Me giro al reconocer tu voz. Te veo sonriendo a mi lado, no entiendo nada. (¿Qué hace aquí? No podía esperar a que llegara a su casa para terminar con todo, claro que no, siempre con prisas. Encima que poca vergüenza me va a dejar con una sonrisa en la cara. Ya veo lo que le duele que todo esto se acabe) - ¿Y esa cara? - (Como si no lo supiese, encima querrá que se lo explique) - Es que... has dicho que teníamos que hablar y he pensado que... - (Claro, quiere que lo diga yo para ahorrarse el mal trago de decirme que todo ha terminado) - Vale, ¿quién te lo ha dicho? - (¿¡Cómo que quien me lo ha dicho?! Me iba a dejar y soy el último mono en enterarse) - No te hagas la tonta, ya sé que sabes lo de la sorpresa. ¿Quién ha sido la bocazas? - (¡¿Sorpresa?!¿Pero de qué me estás hablando?) Al ver la expresión de mi cara, completamente desconcertada - 16 de enero cielo, ¡feliz aniversario! - Una lágrima resbala por mi mejilla (soy gilipollas). Ahora eres tú quien no entiende nada. Levantas tu mano derecha y con ella secas mi cara. - ¿Qué pasa mi vida? - Que te quiero más que a nada en este mundo - Sonríes sacándome una sonrisa a mí también. Te acercas, nos besamos.

sábado, 1 de enero de 2011

Sorpresa bajo tierra - Parte 2

Nada más poner el pie en el andén me doy cuenta de que si salgo a la calle voy a cometer el mayor error de mi vida. Allí estoy, completamente parada, de pie, buscando en algún rincón de mi cabeza una respuesta. El tren cierra sus puertas y sale de la estación. Me giro y veo que el cartel que anuncia la llegada de otro metro en dirección opuesta indica tres minutos. La música suena en mis oídos, ahora hueca y vacía. Dos minutos. Miro el túnel por donde tiene que aparecer ese tren de vuelta y entonces, salgo corriendo. Los cascos se caen de mis orejas por los movimientos bruscos de la carrera. Oigo como el tren está a punto de efectuar su entrada en la estación. Intento darme más prisa. Bajo las escaleras lo mas rápido que puedo. Suena un pitido agudo y repetitivo, señal inequívoca de que las puertas están a punto de cerrarse. Los tres últimos escalones los escalones los bajo de una sola vez. Giro a la derecha y aparezco en el andén. Las puertas se están cerrando. Me meto en medio y las empujo. Las puertas se abren y consigo entrar. Mi corazón late a un ritmo desorbitado, mi respiración acelerada y entrecortada hace que mi pecho se hinche y se deshinche más rápido de lo normal. Mi cabeza no piensa en nada. Cierro los ojos, los aprieto lo mas fuerte que puedo intentando recuperar el aliento. - Próxima estación Bilbao, correspondencia con: línea 1 -. Otro tren está en la estación. Con un nerviosismo incontrolable aprieto el botón para que se abran las puertas, a pesar de que el convoy aún no ha parado. Las puertas se abren y me quedo quieta. El miedo a no encontrar lo que espero inunda mi cuerpo. Un hombre me saca de mi estado de colapso empujándome al andén al tiempo que él sale de un modo violento del vagón. Me giro y el tren aún está parado. Cierra las puertas y sale de la estación. Cuando el último vagón desaparece ante mí, veo como unos preciosos ojos verdes me sonríen de forma tímida a escasos siete metros.