La miré a los ojos y tembló mi voz, no quería pronunciar esas últimas palabras. La abracé, siendo consciente de que era la última vez que mis brazos envolverían su cuerpo hasta que llegase el verano. Tragué saliva. Apretando los labios y los ojos traté de reprimir el llanto, esas lágrimas que tan sólo querían entrar en contacto con la peculiar atmósfera de la estación de trenes. Allí estábamos, un frío día de diciembre en un andén de vuelta, abrazadas, siendo un sólo cuerpo, siendo un sólo ser. Besé su pelo; como me gusta el olor de su champú. Inevitablemente las lágrimas se desbordaron de mis ojos. Se apartó ligeramente de mí, pero aún permanecía entre mis brazos. Me sonrió y con su mano derecha limpió las lágrimas que dibujaban senderos brillantes a su paso por mis mejillas. Me besó pausadamente, suave, dejando en mis labios la impronta de los suyos. Aprecié como se separaban de los míos lentamente y como su aliento vital, ese calor que me transmite en casa beso, aún permanecía entre nuestras bocas. Traté de decir algo pero posó su índice sobre mis labios, impidiéndome pronunciar palabra alguna. Besé su dedo y colocó su mano sobre mi mejilla. Ladeé levemente la cabeza para sentir completamente el contacto con su piel. Acarició mis labios con su pulgar, al que yo agasajé con mis besos. Descendí por su muñeca hasta besar su pequeño tatuaje. Al mismo tiempo almacenaba en mi memoria ese olor a ella. Sonó el silbato del tren, había llegado el momento de partir. La despedida llegaba a su fin. Se deshizo de mi abrazo, cogió mis manos entre las suyas y me besó en la mejilla. Sin mirar hacia atrás, me di la vuelta y subí al tren.
Este último recuerdo vuelve ahora a mi mente cuando son las siete de la tarde y estoy delante de la puerta de su casa, en proceso de sacar mi bolsa del maletero del coche. Aún hace frío, faltan algunos días para que dé comienzo la primavera. Entonces alguien rodea mi cintura. Me giro y unos labios que conozco a la perfección se precipitan sobre los míos y me colman de besos, breves, rápidos y vivos. Mirándome a los ojos, inundándome de ese azul, y con una sonrisa que podría iluminar la noche más oscura me dices - siento ser tan impaciente, sabes que no me gusta esperar -.
No hay comentarios:
Publicar un comentario