Caminábamos desnudas, sí desnudas, por la calle principal. Nadie nos miraba, nadie nos prestaba atención, nadie lo sabía, nadie nos veía. A pesar del frío íbamos desnudas. La noche caía en aquella ciudad vecina y las farolas se iban prendiendo al tiempo que nuestras sombras se hacían más profundas. Nuestra piel, curtida entre cicatrices y palabras mordaces, parecía inmune a las bajas temperaturas. El aire silbaba en los callejones en los que me robabas besos furtivos. Jugábamos a perseguirnos las miradas que son espejo del alma. Siempre sonreímos cuando nos besamos; qué difícil no caer en la tentación de abrir sutilmente los ojos cuando me besas para poder ver tu sonrisa, esa media curva sugerente, lasciva y, contra todo pronóstico, inocente. Como dos adolescentes asaeteados por el mismísimo Cupido recorremos nuestro camino a trompicones, haciendo altos para saciar nuestra particular sed. Y aunque tardamos el doble de lo normal en llegar a nuestro destino, finalmente llegamos, sin querer llegar. Me abrazas como si fuera el último, o el primero. No me enjugo las lágrimas porque las despedidas nunca fueron menos amargas y supongo que, en cierta medida, ahí reside la magia.