Se despierta a horas intempestivas porque anoche no nos acostamos; llegamos cuando en Madrid ya había atascos. Esos amaneceres en los que se hace tarde para comer pero pronto para cenar. Viene al salón porque no me ve en la cama, no le extraña, pero si me extraña, no de raro sino de echar de menos. Aparece descalza, con esos pijamas improvisados a los que somos tan aficionadas. Despeinada, me mira con ese gesto en el que aúna sus esfuerzos por huir de la luz y su incomprensión ante mi incapacidad para acumular más horas de sueño entre las sábanas. La sonrío y, como si de un espejo se tratara, me devuelve la sonrisa. En la mesa, delante de mí, entre montañas de papel de regalo, celofán, cajas y demás objetos por envolver, hay un platito de fuet. Hábilmente, mientras nuestros labios se encuentran, me roba algo más que un beso de buenos medios días. - Oyeee que era mío - la increpo bromeando. "Se siente" dicen sus ojos mientras saborea la recompensa del hurto cometido. Mientras, entre risas, se regodea de su triunfo y, sin que lo espere, la muerdo el culo. Me empuja contra el sofá para zafarse de mi mordisco. Se tumba encima de mí y me sujeta con fuerza para que no pueda atacarla. Con la mano que le queda libre comienza a hacerme cosquillas. Yo me retuerzo cual lagartija y la suplico que pare. Ella se ríe y entre nuestras respiraciones aceleradas me pregunta - ¿me vas dejar comerme el fuet? - me río por su chantaje, niego con la cabeza y entre más risas respondo negativamente a su pregunta. Vuelve a acometer contra mis costados con una nueva tanda de cosquillas hasta que, finalmente, la pido que se detenga por miedo a morir de risa - vale, vale, el fuet es todo tuyo, pero para por favor - digo entre risas tratando de alejar sus manos de mí.
Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
jueves, 13 de diciembre de 2012
Sexo y palomitas
Y entonces me crucé con ella, con su sonrisa, en medio de la oscuridad que inundaba mi cuarto. Mi cuarto que ya no era tan mío, que más bien era nuestro, de las dos. Instintivamente mis labios buscan los suyos y, sin necesidad de ensayo y error, se encuentran fugazmente como de "buenos días" pero a las seis de la tarde. Nos quedamos mirándonos, porque más allá de nuestros cuerpos desnudos, de nuestras sombras y de nuestro olor, nos vemos. Mis dedos se pierden entre su pelo, al que acarician, y ella rodea mi cuerpo buscando calor y unos minutos más de sueño. A los pocos segundos levanta la cabeza, me mira. El silencio queda ahogado entre sus palabras - haz palomitas, voy buscando peli -. Bromeo con ese gesto de "no soy tu esclava" pero su cara de pena me ablanda y me saca esa sonrisa y ese gesto afirmativo. Así comienza la segunda parte de nuestro ritual vespertino. El olor a mantequilla va inundando la casa. Vuelvo a la habitación con las Coca - Colas en la mano mientras, en la cocina, comienza el tiroteo en el microondas. La veo buscando una película al tiempo que mi habitación se inunda de rock. Sé que vamos a tardar en decidirnos, porque siempre nos cuesta elegir título que no género, ese lo decidimos la primera de las tardes. Ralentizo aún más la búsqueda cuando decido comérmela a besos. Se separa al oír el pitido del microondas y me deja con ganas de besarla más - trae las palomitas - me dice con cara de buena y tirando de mi camiseta. Me hago la enfadada por ese beso a medias. Ella, que sabe lo que me gusta que me siga el juego, tira de mí para que de media vuelta antes de salir de la habitación y me besa de esa forma tan única que me hace perder la percepción del tiempo y el espacio.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Inmadrugar
Me despierto contigo, con ese olor a ti. Son las siete y de nuevo suena ese maldito despertador. Te retuerces en la cama al oír la música de mi alarma, esa música horrible que no entiendes como puedo utilizar como tono para despertarme. Me cuesta salir de la cama porque, fuera, hace frío, tengo sueño y madrugar los viernes siempre me ha sentado mal, por eso de que el fin de semana está a menos de veinticuatro horas. Absurdamente, como cada día, miro hacia la ventana para ver cómo ha amanecido el día pero, como cada día, mis ojos se chocan con la persiana, bajada hasta abajo, de nuestro cuarto; esa manía tuya de espantar a la luz para que no ose alterar tu sueño. Me decido a destaparme, te falta tiempo para adueñarte del edredón que he dejado a merced del frío. Cojo la sudadera del suelo y me la pongo, antes de que mi piel adquiera una temperatura marmórea. Noto como tu cuerpo comienza a girarse en la cama cuando, de repente, cesas en tu maniobra y noto como te quedas mirándome. Te acercas, con el edredón aún enrollado a tu cuerpo, y me rodeas para que no pueda levantarme. - Yo también me quedaría aquí todo el día, lo sabes, pero no puede ser - intento hacerte comprender. Noto como tu cuerpo me rodea más fuerte. - Nena, en serio, me tengo que ir - digo algo molesta mientras trato de zafarme de tu fuerte abrazo. Tú te niegas y tiras de mí para que vuelva a tumbarme en la cama. Con un tono algo más elevado de lo normal y más brusco de lo que pretendía te pido que me sueltes. Me liberas, te empiezas a girar y, mientras, murmuras - es sábado... -. Mi cara adquiere una expresión de "no puede ser... ¿para ésto me he despertado? ¿En serio?". Miro la pantalla del móvil y, efectivamente, era sábado. Me tumbo, era absurdo intentar recuperar el edredón. Te compadeces de mí, te giras, levantas el edredón haciéndome un huequito y me abrazas. Cuando todo había vuelto a la normalidad de un sábado a las siete de la mañana escucho como, en bajito, te ríes de mí.
jueves, 25 de octubre de 2012
Chaak
Subir en el ascensor del metro abrazadas, porque hace frío, porque me gusta sentirte, porque nos sale sólo, porque... a decir verdad, no hace falta un porqué. Llegamos a la superficie y vemos, a través de la puerta de cristal, como una cortina de agua aparece ante nuestra sorprendida mirada. Un sol nos acompañaba cuando habíamos entrado en el subterráneo y ahora, una tormenta nos amenazaba con obligarnos a detenernos a escasos metros de casa. Antes de que las puertas del ascensor se abrieran y el ensordecedor estruendo que hacían las gotas de agua al impactar violentamente contra todo cuanto encontraban a su paso dificultara nuestra comunicación dije - ¿esperamos no? -. Se nota que no conoces a esa madre de la ciencia a la que muchos mencionan a menudo, que a ti, a la tal paciencia, no te la han presentado porque eso de esperar no va contigo. - Tira - me dice con un gesto de cabeza cuando ya atravesábamos el umbral de la puerta del ascensor. La gente, como es lógico, se resguardaba de la lluvia donde podía y nos miraban sorprendidos al vernos caminar bajo aquella tromba de agua con una sonrisa en la cara. Pero nosotras, en algún punto, a la lógica la cambiamos por la locura, que es mucho más dulce y más sincera. La lluvia nos empapaba por completo y nuestra ropa había adquirido varias tonalidades más a causa de la ingente cantidad de agua que en ella se acumulaba. Nos quedaba poco para llegar a casa y una regresión a los seis años se adueña de ti; como si de una niña pequeña se tratara comienza a salpicar con el agua de cada uno de los charcos que se cruzan en su camino. Hago que me enfado y parezco seria, pero me río porque me encanta. Nada más llegar al tejadillo de los soportales que conducen a mi casa detengo su paso y allí, empapadas las dos, nos hablamos entre besos, entre miradas, con ese idioma que sólo entendemos nosotras.
domingo, 14 de octubre de 2012
Purpurina en el aire
Como un Romeo del siglo XXI que está cansado de estas nuevas fórmulas que llegan por wi - fi, por fibra óptica, o moderneces varias, he decidido ir a comprar una porción de su tarta favorita; la de esa pequeña tienda que le encanta y darle una sorpresa, una como las de antes. No me había dado cuenta de que estaba empezando a llover hasta que he visto como la bolsa marrón de ese típico papel reciclado en la que llevaba la porción de tarta se ha empezado a motear con pequeñas manchas oscuras. Evidentemente el suelo se estaba empezando a mojar, pensé en correr antes de que tanto la porción de pastel como yo misma terminásemos completamente empapadas. Entonces caí en la cuenta de que mis suelas eran de goma y resbalaban. Como pude tapé la bolsa biodegradable con mi camisa pero, todo esfuerzo por proteger la porción de pastel, resultó absurdo cuando la lluvia comenzó a caer con más intensidad. Decidí salir corriendo aún a riesgo de una más que posible caída. Había conseguido llegar a su calle. Calada hasta los huesos estaba a un semáforo en rojo de llegar a su portal. El semáforo se había puesto en verde para los peatones, me dispuse a cruzar cuando un monovolumen plateado se saltó el semáforo e hizo que la balsa de agua que se acumulaba en el borde de la carretera me empapara por completo. Con mi mano izquierda me limpié el agua de la cara como pude. Tiritando crucé el paso de peatones. Vi la luz de su portal encendida y como alguien salía por la puerta. Me quedé mirándola, ella no me había visto, - ¿dónde vas sin paraguas con la que está cayendo? - dije sonriendo como pude entre el frío que se me colaba por los huesos. Se giró al reconocer mi voz. Se empezó a reír, la verdad es que la pinta de perrillo mojado que debía tener no sería para menos. - Me he quedado sin tabaco. ¿Y tú? ¿Qué te ha pasado? - Dijo intentando disimular la risa; - te traía una sorpresa... - dije descubriendo la bolsa de papel de debajo de mi camisa - ...pero parece que no ha sido una buena idea -. Nos quedamos en el tejadillo del portal de su casa mientras sacaba la porción de tarta. Increíblemente el dulce había sobrevivido. Me regaló un beso y acto seguido, con una de sus sonrisas que me vuelven loca, me dijo - creo que puedo sobrevivir sin tabaco - abrió la puerta del portal y subimos a su casa donde anidamos aquella noche.
jueves, 4 de octubre de 2012
Tempus fugit
La abracé en silencio, cerré los ojos y le dije, en ese abrazo, todo aquello que no sabía como decir. Apoyada en su pecho escuchaba el latido de su corazón que se desacompasaba, olía su colonia, ese olor a ella, y notaba sus manos rozando mi piel, acariciando mi espalda, aprovechándose del calor que emitía mi cuerpo. Allí estábamos las dos, abrazadas. La gente iba y venía, subía y bajaba las escaleras que estaban próximas a nosotras, caminaban rápido hablando por el móvil o iban en grupos escandalosos que detenían constantemente su marcha y parecían no avanzar hacia su destino, otros simplemente estaban allí sentados observando a los transeúntes, manteniendo conversaciones banales a cerca de cualquier trivialidad, y entre medias de todos ellos, siendo objeto de miradas curiosas, estábamos nosotras, en medio de esa gran ciudad. Me puse de puntillas y besé su cuello, la humedad de mis labios se quedo impregnando su piel. Volví a apoyar mi cabeza sobre su hombro para sentir esa calma y esa tranquilidad que me transmitía su presencia, al tiempo que acariciaba el lóbulo de su oreja izquierda. Ese instante sólo podría superarse estando en un lugar calentito donde poder soñar juntas toda la noche, dormidas o despiertas, pero con ella. Con su gesto ya más que habitual, ese gesto de gato que roza su cabeza contra quien desea reclamar cariño, llama mi atención. Fuera ya de mi estado dubitativo de mirada perdida, mis ojos se hunden en los suyos. Nos miramos sin decir nada, porque tan si quiera hacen falta las palabras. En ese instante comienza a desaparecer todo aquello que nos rodea hasta que finalmente sólo existimos nosotras dos y nuestros labios se funden en un beso que nos posee mutuamente.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Provocar(noS)
Esa forma tan tuya de morderme el cuello, de hacerme temblar delante de media humanidad. Y yo fingiendo que no pasa nada, que no me apetece empotrarte contra las puertas que no se abren del metro y follarte allí mismo. Me dejo hacer, ladeo la cabeza un poco más hacia la izquierda para que tus besos, tu lengua y tus mordiscos se pierdan por la dermis de mi cuello que es hipersensible al contacto con tus labios. Noto tu respiración, el calor de tus labios, de tus manos que se cuelan por debajo de mi camiseta disimuladamente. Estas viendo nuestro reflejo en el cristal e inevitablemente una suave risa se te escapa al contemplar mi cara de perdición. Entonces me susurras al oído que es nuestra parada. Abro los ojos y te veo con ese gesto que tanto adoro, al que me encanta seguir el juego con uno de mis habituales piques. Salgo del vagón antes de que te des cuenta, zafándome de tu abrazo y con cara de enfado aparente. Me dirijo hacia la multitud y me mezclo con ella. Tiras de mi brazo derecho, sacándome de entre la muchedumbre que apelotonada se agolpaba al comienzo de la escalera mecánica con el propósito de conseguir un escalón al que adueñarse para subir sin esfuerzo. Allí estáticas, dos figuras inmóviles al margen de los ríos de gente que inundaban a esas horas el intercambiador, allí estábamos nosotras. Ajenas al ruido, a los trenes que entraban y salían de la estación, completamente absortas en la firmeza de nuestras miradas, en la profundidad de nuestros ojos que se tentaban mutuamente. Mis labios, a escasos milímetros de los tuyos, notando la calidez de tu respiración. Me acerco aún más a ti dejando que nuestros labios se rocen pero manteniendo el margen suficiente para poder seguir provocándote, para poder seguir controlándome. Hasta que tu cuerpo me embiste contra la pared de las escaleras mecánicas y tus labios se precipitan a los míos que los esperan sedientos, hambrientos, con ganas de ti. Nos devoramos mutuamente, nuestras respiraciones se aceleran, nos falta el oxígeno pero nadie, ni tan siquiera él, está invitado a este banquete.
miércoles, 29 de agosto de 2012
411
- No vale mirar - dije entre risas. Mis manos cubrían sus ojos, caminábamos despacio porque tenía miedo de chocar, de tropezar, de esas cosas de cuando no sabes dónde vas. Entonces me paré y ella conmigo, le advertí de que iba a destapar sus ojos pero aún no podía mirar. La hice entrar lentamente con cuidado. No sé cómo pero se fiaba de mí. Cuando estaba justo en el lugar exacto, de espaldas, mi voz sonó entre el silencio de la estancia que ahora ocupábamos - déjate caer -, sin dudarlo confió en mí y dejó que su cuerpo cayera sin saber que la esperaba, o sí. Una vez que fue consciente de donde estaba tiró de mi camiseta y me hizo caer a su lado. Nos miramos a los ojos, su sonrisa, la mía por verla sonreír. - ¿Qué te parece la sorpresa? - Pregunté para aplacar esos nervios extraños creados por la incertidumbre absurda de esa posibilidad remota porque no le gustara, - increíble - dijo y acto seguido me besó. El primero de tantos de aquella tarde y de aquella noche que era nuestra, de las dos, porque nos lo merecíamos. Nos perdimos entre las sábanas, entre nuestra piel, entre gemidos, entre el frío y el calor, entre esas emociones a flor de piel, entre esas ganas acumuladas y como no, al final, entre el sueño y el cansancio.
Me desperté, la vi desnuda fumando sentada en el cerco de la ventana. Su cuerpo era iluminado parcialmente por las luces, esas luces que hacían que las calles madrileñas se llenaran de vida como si fuera medio día. Aún así el ruido de los coches, las voces elevadas de los transeúntes, se oían de forma amortiguada desde la cuarta planta de aquella habitación de hotel. Notó mi mirada fija en ella, apuró la última calada de aquel cigarro de después. Aún quedaba mucha noche por delante.
lunes, 20 de agosto de 2012
Línea 10
Ese metro que nos lleva de vuelta a casa. Vamos sentadas porque a esas horas tampoco hay tanta gente. Muy pronto o muy tarde. Mi pierna apoyada por encima de la tuya, como siempre, porque no me gusta despegarme de ti ni un milímetro, ni un segundo. Tengo algo de sueño, me apoyo en tu hombro y le regalo besos a tu cuello. Me acaricias la mano que tenemos entrelazada sobre nuestras piernas, tus dedos juegan con los míos en ese baile de caricias tan sutiles. Mis labios deciden que tu cuello les sabe a poco y ascienden hasta alcanzar tu mandíbula, siguen ese camino y antes de llegar a su meta tus labios acuden a su encuentro. Un beso de esos que habla más y mejor que cualquier palabra que pudiéramos pronunciar en ese preciso instante. - ¿Tienes sueño? - Me dices con esa ternura infinita en la voz. - Nah - digo de forma vaga a la vez que niego con la cabeza y se me escapa un bostezo. Te ríes. Miro nuestro reflejo en el cristal de la ventana del vagón, me gusta lo que veo. Estas noches contigo, esta maravillosa droga que eres tú. El calor que desprende tu cuerpo me reconforta. Sin darme cuenta mis párpados van cediendo. Tú, consciente de la lentitud que va adquiriendo mi respiración y mi relajación muscular, me acaricias el hombro para relajarme aún más y que los constantes vaivenes del metro no me saquen de mi sueño. En un breve lapso de tiempo, que a mí me parece más largo de lo que realmente ha sido, noto tus besos que tratan de despertarme. Nuestra parada aparecía ante mis adormecidos ojos. Media hora de autobús y le daríamos la bienvenida al día abrazadas en tu cama.
domingo, 19 de agosto de 2012
Asesinemos al tiempo
Aquel atardecer iluminaba nuestras miradas cómplices. Acababas de encender el cuarto cigarro de la tarde. Fumabas con la izquierda para no ahumarme. Nuestras manos se acariciaban apoyadas en la barandilla. - Ojala pudiéramos parar el tiempo en este preciso momento - dijiste mirando el reloj de mi muñeca. Los minutos avanzan irremediablemente, el sol continuaba descendiendo en su caída diaria. Vi en tus ojos esa extraña tristeza, esas ganas que tendían a cero cuando pensabas en la despedida. Con mi mano derecha hice girar tu cara hasta quedar frente a frente, mirándote a los ojos. Tus labios buscaron a los míos sabiéndose presas del tiempo. Ese beso con sabor a tabaco, porque desde el primer momento fue un imposible que fumaras sin besarnos, imposible estar tanto tiempo sin que nuestros labios se rozaran. "Hoy no", pensé. - No puedo parar el tiempo pero puedo hacer que esta noche no seamos su presa, que tenga que buscar a otras víctimas a las que torturar con su presencia -. Me quité el reloj de la muñeca, ante tu interrogante mirada, lo miré un instante en el que la manecilla del segundero parecía no avanzar, como si hubiera predicho su inminente final. Me alejé un poco de la barandilla donde estábamos apoyadas y con algo de impulso lancé el reloj lo más lejos y lo más fuerte que pude. Tras seguir la trayectoria que había dibujado el reloj giraste la cabeza y me miraste atónita. Rodee tu cuello con mis brazos, tus manos se perdieron por dentro de mi camiseta - hoy no hay tiempo que valga, no hay minutos, ni segundos, hoy el tiempo lo vamos a medir a besos... Además, nunca le tuve especial aprecio a ese reloj - dije entre risas.
miércoles, 8 de agosto de 2012
Contigo
Me perdí entre el humo de tu cigarro que venía con el aire. Hacías ímprobos esfuerzos por ahumarme lo menos posible, contorsionando tu brazo para alejar tu cigarro de mí. Aquel olor a Fortuna se adhería a mi ropa, a mi pelo, se colaba en mis pulmones con cada nueva respiración; hacía tiempo que me había convertido en una fumadora pasiva. El tabaco en el ambiente, en tus besos. Vi como en una última calada acababas con tu segunda víctima de la tarde. - ¿Nos vamos? - Dijiste mientras lanzabas su cadáver lejos, a algún punto impreciso de la acera. Nos levantamos y, antes de que dieras un solo paso, agarro tu meñique y tiro de ti. Te giras y allí nos quedamos las dos, en medio de las prisas y del ruido, porque el donde siempre me es indiferente. Mis labios te buscan, llevan menos de dos minutos sin besarte y ya te echan de menos. Esa mezcla de tabaco y alcohol, ese sabor a ti. Mi mano trepa por tu camiseta y te acaricia el cuello hasta que decide perderse por tu nuca. Cuando piensas que menos me lo espero atrapas mi lengua entre tus dientes, y yo con esa cara de "pues nada, cuando quieras me sueltas". Nos reímos las dos, me pierdo entre tus ojos que ahora, con la caída del ocaso y la luz tenue, ya no están cubiertos por tus gafas de sol. Vuelves a besarme porque adoras esa cara de cuando me pico, de cuando sabes que adoro que me piques. Y nos decimos lo importante sin hablar. Los verbos que realmente importan son tu cuerpo y el mío que hablan solos por encima del tráfico y de la gente que, aunque no nos fijemos, miran nuestro beso al pasar.
jueves, 2 de agosto de 2012
Vendetta
Tumbada en la toalla la miraba de reojo. Estaba tumbada boca abajo, ¿dormía? Comencé a acariciar su brazo derecho, que era el más próximo a mí, pero pronto mis labios sintieron celos de mis dedos y decidieron precipitarse a su dermis. Después de dos besos mis dientes se sintieron tentados y mordieron su hombro, ejerciendo presión, no más que otras veces pero sin lugar a dudas era una provocación, una declaración de intenciones. "Auhh" dijiste despacio girando la cabeza para mirarme justo en el momento en el que mis dientes se disponían a atacar de nuevo. Te sonreí y me miraste con esa cara de venganza que tanto me gusta. Antes de que me diera cuenta me habías cogido en brazos y te dirigías al borde de la piscina. Gritaba, pataleaba, maldecía, te amenazaba jurando venganza como se te ocurriera tirarme al agua, pero mis esfuerzos fueron en vano. Me tiraste al agua sin piedad. Cuando salí a la superficie te vi volviendo a la toalla riéndote. Salí despacio. Recuperaste tu posición horizontal en la toalla, levantaste la vista y no me viste en el agua. Desconcertada miraste a tu alrededor y antes de que pudieras huir me tumbe encima de ti, empapándote. Me senté a horcajadas sobre tu espalda, te sujete las muñecas y comencé a morderte por todo el cuello. Te encontrabas a mi merced pero mi superioridad duró poco. Cuando en uno de los mordiscos apreté más de la cuenta te diste la vuelta y me dejaste debajo de ti. Notaba el peso de tu cuerpo sobre el mío, esa sensación tan exquisita de tener tu olor pegándose a mi piel. Me miraste riéndote, demostrando que puedo dominarte pero sólo mientras tú me dejes. Pero en un instante tu expresión cambia, un cariño infinito. Nos besamos. Te tumbas encima de mí, nos hacemos caricias mutuamente, mi pelo, tu oreja, disfrutando del tiempo que hoy nos es ajeno.
jueves, 26 de julio de 2012
Higrometría
Tumbadas en mi cama te muerdo la oreja. Con la ventana abierta de par en par y una oscuridad casi total dejo que tu olor se pegue a mi ropa y a mi piel. Nuestros cuerpos jugaban a encontrarse en la oscuridad y a recorrerse como otras tantas veces. Antes de darnos cuenta los relámpagos y los truenos pusieron melodía y luz a nuestra noche. Miradas altivas a la ventana. Tu olor, el mío y el de la tierra mojada. Humedad. Empezamos a oír como las primeras gotas impactan contra el suelo y contra todo lo que encuentran a su paso. El aire comienza a arreciar y a agitar los árboles de la calle. La tormenta va cobrando fuerza y nuestro ritmo con ella. Explotamos a la vez. Pasión desatada y naturaleza desbordada. La lluvia cae de forma espectacular, de forma violenta, las gotas que chocan contra el poyete de la ventana lo hacen con tanta fuera que nos salpican. Nos dejamos a la naturaleza, a nuestras fieras. Parece que las gotas se evaporan al entrar en contacto con nuestra piel. Nuestras respiraciones se agitan al mismo tiempo que la tormenta continúa cobrando intensidad. El viento cambia y el agua se cuela por la ventana. Nos empapa, más. La tormenta alcanza su cenit, y nosotras subimos a lo más alto donde nuestras voces se confunden con sus gemidos y viceversa.
Dejarnos llevar
Hoy cenábamos por el centro, es primeros de mes y tenemos dinero para regalarnos una cena que conste de algo más que nuggets y hamburguesas de un euro. Cenamos en un griego. Al salir vimos que empezaba a chispear - si nos damos prisa llegamos al intercambiador antes de que caiga más fuerte - te dije tratando de ser responsable. Me miraste y te reíste. Saliste fuera del tejadillo de la entrada del restaurante. Mis ojos eran testigos de cómo algunas gotitas de lluvia se iban quedando atrapadas en tu pelo y brillaban con la luz plomiza que proyectaba el sol a través de las nubes grisáceas que encapotaban el centro. En la acera se podía apreciar como la tormenta iba cobrando fuerza y las gotas caían de forma más continua. Cuando tu camiseta azul estaba lo suficientemente moteada y la tormenta alcanzó el punto de no retorno tiraste de mí para empaparnos las dos. Entre besos, carreras, parones en medio de la acera y semáforos en rojo terminamos llegando a tu casa. Entre las cuatro paredes de tu cuarto dimos rienda suelta a nuestra pasión, alimentada por la excitación que nos provocan los truenos, las gotas violentas que golpean con fuerza contra el cristal y los flashes luminosos se cuelan por las rendijas de la persiana a medio bajar de tu cuarto. Pero después de toda tormenta reina la calma; dormimos hasta medio día enredadas en tu colchón.
Nothing is gonna be alright
Me arrepentí de haberle dicho que no, que no siguiera insistiendo. Era tarde, como siempre, y yo, como siempre, llegaba tarde. Nos habíamos perdido entre las luces madrileñas, entre el tráfico, entre la gente ebria que, a esas horas, transitaba por las calles de la capital, entre todos esos garitos que me presentaste esas noches de borrachera. Cada paso que andábamos hacia el nocturno que nos llevaría hasta mi casa para compartir almohada suponía estar, paradójicamente, algo más lejos la una de la otra. Intentaba que fuéramos despacio; la verdad es que me daba igual llegar aún más tarde, estaba con ella. Un ejército de búhos, con sus respectivas colas cada uno, nos dieron la bienvenida al llegar a Cibeles. Vi de lejos nuestro bus y por esa manía tan madrileña de ir con prisas, aún sin tenerlas, aceleré el paso obligándola a adaptarse a mi nuevo ritmo. Cogimos el nocturno. Los últimos asientos estaban libres. Cuando el autobús estaba casi completamente vacío llegó nuestra parada. Los aspersores del jardín de al lado de mi casa estaban puestos, refrescaban el ambiente de esta calurosa noche veraniega. Ni un alma por la calle. Subimos los cuatro pisos y entramos en casa. Un silencio sepulcral nos dio la bienvenida. Aquella noche fundimos los plomos de Madrid y quemamos las hamburguesas de la cena y el cocido de mi madre de la comida y el desayuno americano del VIPS que nos comimos al salir de tu casa ayer e incluso, me atrevería a decir, que la pizza del viernes tiradas en los jardines de Oriente. Una hora después de caer exhaustas sobre las sábanas mojadas la alarma del mi móvil sobaba para sacarnos del paraíso a golpe de música. Hora y media más tarde estábamos en aquella estación por la que me había negado a pasar desde que tu cama huele a mí para no imaginar este momento. Pero al final, como todo en la vida, llega y esta despedida no iba a ser menos.
lunes, 23 de julio de 2012
I Concurso de Microrrelatos: Tatuarte por palabras. La princesa está triste
Hasta aquel día el vaso siempre había estado medio vacío. Miguel era ese tipo de persona que se había aferrado en principio a un optimismo inicial que abandonaba y retomaba por épocas. Por eso estaba medio vacío, al igual que otras podía verse medio lleno. Él no pensaba que ambos conceptos fuesen iguales.
Esa mañana caminaba por su ciudad. Y digo caminaba porque así lo vi. No iba solo ni mucho menos. Tenía un libro en las manos, loa amores ridículos de Milan Kundera. Nunca me dejó leerlo. Me acuerdo... me acuerdo cuando fuimos a la casa del mar, era de su padre. Aquel día se dejó el libro en la mesa y en cierta parte tuve celos de las tapas rojas de pasión, de las palabras que él decía que nunca pude decirle. Ni adivinarle, ni pensarle. Él creía en la armonía de los párrafos, en el orden de las letras y en lo divino de las palabras correctamente colocadas.
Yo era desorden, caos y a la vez lógica. Siempre me cuestioné el hecho de la pareja que formábamos. Él me engañaba. Con sus libros. Así era su vida, por etapas con nombre de autores. Pude vivir dos de ellas, las otras no me dejó verlas. Antes del hombre, fue otra mujer. Margarite Duras y su libro "El amante". El mundo es muy irónico cuando quiere, ¿sabes?.
- Yo creo en la literatura y en el amor.
Por eso me dejó por otra. Se llamaba Virginia, y conjugaba las dos cosas. Verdad y ambigüedad. También era Woolf. Por lo demás, le he estado dando vueltas (muchas) por que no recuerdo algunas cosas, salvo su figura que a veces en sueños se me aparece, un par de palabras sueltas y algunos gritos que hoy se alejan en pesadillas.
Autora: Andrea Toribio Álvarez @andretori
domingo, 15 de julio de 2012
Bourbon con sexo
Allí estaba yo, en aquel garito en el que nos habíamos emborrachado tantas madrugadas y en el que nos habíamos dejado cientos de veces a la noche madrileña. Hoy no había un nosotras, hoy el alcohol inundaba mis venas como anestésico para el dolor. Una copa detrás de otra iban descendiendo por mi garganta que a las dos ya estaba en carne viva. Mi estómago se quejó entonces por la ingente cantidad de alcohol que ya había en él. Me aparté de la barra en un acto reflejo y me fui haciendo hueco entre toda la gente que llenaba el local esa noche hasta llegar a los servicios. Como siempre una cola inmensa en el de mujeres; una segunda arcada me hizo entrar en el baño de hombres sin pensármelo dos veces. Deposité gran parte del contenido de mi maltratado estómago en uno de los urinarios del baño de caballeros. Me quedé sentada en el suelo con los ojos cerrados intentando ubicarme. Noté como alguien aporreaba la puerta. Me levanté, tiré de la cadena y salí con mi decimonovena copa aún en la mano. Me miré al espejo resquebrajado, con churretes de origen dudoso y múltiples pintadas, que colgaba de la pared de baldosas blancas de aquel baño. Tenía un aspecto horrible. Miré mi copa y me enjuagué la boca con el culo de lo que quedaba de mi bourbun con hielo. Dejé la copa en el lavabo y al salir del baño me choqué con ella. - ¿Qué cojones haces tía? - Me increpó de malos modos. La miré con asco - ¡que te jodan! - Escupió mi boca alzando mis palabras por encima de la música pasada de decibelios que inundaba el local. Me iba a marchar cuando me empotró, dejándome entre ella y la pared. Me besó; la empujé separándola de mí. Ambas olíamos excesivamente alcohol. Nos miramos a los ojos, retándonos ha hacernos daño esa noche, a hacernos traspasar la barrera del placer hasta alcanzar el margen del dolor para enterrar nuestros sufrimientos entre algo más que alcohol.
sábado, 7 de julio de 2012
Rompiendo esquemas
Mirarte a los ojos y sentirte entre mis piernas, gritar en silencio mientras dejo que tu pelo se pierda entre mis dedos. Besar tu frente y dejar que tus dientes muerdan la piel de mi cuello, que tu lengua recorra mi tráquea hasta alcanzar mis labios que, deseosos del contacto con los tuyos, se precipitan a esa mezcla de tabaco, alcohol y menta. Con los ojos cerrados, sentir como mi labio inferior queda prisionero entre tus mandíbulas, rozar la línea que separa el dolor y el placer. Liberarlo e intentar besarme. Mirar tus labios y huir de ellos para provocarte más. Me agarras con fuerza, me dominas, soy consciente de la pérdida de control. Nuestros labios se encuentran con ímpetu, nuestras lenguas se buscan mutuamente en un beso que amenaza con absorbernos. Me sujetas por la nuca y enredo mis dedos entre tu pelo para sentirnos con más fuerza, más adentro. Nuestras lenguas bailan entre nuestras bocas en una danza perfecta, conocen los pasos sin necesidad de haber sido nunca antes pareja de baile. Noto tu calor, tu sabor, impregnando cada una de las papilas gustativas de mi músculo. Nuestras respiraciones aceleradas. Nuestros labios se separan y se regalan un beso para firmar la obra maestra. Dejar que mi cuerpo se afloje y mis manos desciendan por tu nuca, al tiempo que las tuyas descienden por mi espalda, y acto seguido enterrarme entre tu hombro mientras te respiro y dejo que tu olor me embriague como el mejor alcohol.
viernes, 8 de junio de 2012
Inspiración corpórea
Noche cerrada y mis ojos se perdían entre un montón de hojas con tachones y dibujos en sus márgenes. En mis oídos se sucedían instrumentales que trataban de ahogar al silencio que reinaba en el estudio de la buhardilla. No encontraba la inspiración y era tarde, demasiado tarde, o eso me parecía a mí. Esta manía mía de no tener relojes porque el tiempo no debería medirse me empieza a resultar absurda. Dejo las gafas en la mesa, me pican los ojos y los cierro en un intento por reconfortarlos. Me paso la mano derecha por el pelo y dejo que mis dedos se enreden entre mis rizos mientras mi mirada se pierde en el brillo que el flexo de la mesa proyecta sobre los folios. Veo como alguien deja mi taza en la mesa. Me quito los cascos y la escucho decir, mientras me rodea el cuello desde atrás, - le traigo un Cola - Cao calentito a mi artista favorita - su última palabra queda prisionera entre mi cuello y sus labios. - Entonces te has confundido, llévate la taza que yo de artista, hoy, tengo poco - dije señalando los papeles garabateados. Me iba a dar la vuelta para rodear su cintura con mis brazos pero cuando estaba girando sobre la silla con mi brazo derecho golpeé la taza y su contenido se vertió sobre las pocas ideas que había escrito esa noche.
Y allí estábamos las dos, secador en mano, en el suelo del baño intentando secar esos trozos de papel que ya no alcanzaban ni la categoría de hojas. Entonces, entre todos esos garabatos de esas hojas manchadas, lo vi claro - ¿sabes qué? Déjalo. Nunca un Cola - Cao fue tan revelador -. Cogí todos los papeles con color envejecido y textura rugosa, que ahora cubrían el suelo del baño, y los hice pedazos. Saqué un rotulador del bolsillo de mi pantalón, que se encontraba tirado encima del cesto de la ropa sucia junto con su camiseta; manchadas, ambas prendas, por las salpicaduras de leche y chocolate. Me acerqué hasta quedar a escasos centímetros de ella, le quité la tapa al rotulador con la boca y comencé a escribir en su piel. Ella me miraba sorprendida al sentirse lienzo de ideas reveladoras. - Avísame antes de ducharte mañana - concluí mi obra dejando, como firma, la impronta de mis labios en los suyos.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Cazadora cazada
Mientras picaba la lechuga para la ensalada y ponía a calentar la salsa de romero para la cena escucho, desde la cocina, como se abre repentinamente la puerta del baño. Extrañada por el breve lapso de tiempo que había transcurrido pregunto elevando la voz - ¿Ya sales amor? - No obtengo respuesta. Me seco las manos con el paño de cocina que tenía enganchado a la cinturilla del pantalón del pijama y me asomo al pasillo. La veo correteando, con la toalla enrollada alrededor del cuerpo, hacia la habitación. Inevitablemente una sonrisa y un gesto de incomprensión ante la surrealista situación se dibujan en mi cara. Me río. Cuando la veo salir de la habitación, de nuevo acelerada, pero esta vez hacia el baño, me muerdo el labio inferior. Me coloco delante de la puerta, impidiéndole el paso. Al llegar a mi altura me mira con cara de muy pocos amigos advirtiéndome, sin palabras, que no dejarla pasar puede tener consecuencias muy graves. Aún así me arriesgo: - buenas noches señorita. El peaje es un beso - me traspasa con la mirada. - Voy a coger frío, déjame pasar - me dice tajante intentando apartarme. Coloco mi mano en el cerco de la puerta. Me acerco a su boca, nuestros labios se quedan a escasos centímetros y en un susurro, en el que puede notar el calor de mi respiración, le vuelvo a repetir, mirándola a la los ojos, el importe - un beso y te dejo pasar -. Se acercó para besarme y justo en el preciso instante en el que cerré los ojos para degustar la ambrosía de sus labios se apartó. Escuchaba su risa. Desconcertada abrí los ojos al tiempo que mi brazo caía y liberaba el paso hacia el baño, espacio que ella aprovechó para pasar. Antes de cerrar la puerta tiró de mi camiseta, la miré con un gesto triste - la cena huele genial, no tardo boba - me dijo sonriendo y me regaló un beso, de esos que saben mejor porque no te los esperas.
domingo, 13 de mayo de 2012
Morderte a besos
Entraste en la habitación y me viste allí, iluminada con la tenue luz que emitía la lamparita de la mesilla. Me había quedado dormida leyendo ese puñado de papeles que, ahora, estaban desparramados sobre el edredón. Te acercaste despacio, sin hacer ruido, recogiste los papeles y te giraste para dejarlos en la mesilla de noche. Antes de que te dieras la vuelta salí de mi aparente estado de sueño y te mordí el culo. - ¿Te has quedado con hambre? - Dijiste entre risas, pasando tu mano por donde, seguramente, tendrías una marca de mis dientes. - De ti, siempre - contesté a la par que tiraba de tu camiseta atrayéndote hacia mí. Levanté tu camiseta y besé tu tripa. Enredabas tus dedos entre los rizos de mi pelo. Tiraste dulcemente de él para hacerme caer de espaldas y subirte encima de mí, a horcajadas. Te mordías el labio inferior. Mis manos palpaban tus costillas y se perdían por tu cintura mientras tú redibujabas el contorno de mi cara con el dorso de tu mano y con tus dedos hasta que estos se dejaron caer por mis labios. Nos mirábamos a los ojos. Me gusta sentir la presión de tu cuerpo sobre el mío; sentir ese calor que desprende y que atraviesa la tele del pijama . - ¿Sabes? - dije sin dejar de perderme en el mar de tus ojos. Me indicaste que continuara. - Un día como hoy, a esta misma hora, te besé por primera vez - dije mientras, de forma inconsciente, miraba tus labios. - Ah., ¿si? No tenía ni idea - dijiste con esa seriedad que es de todo menos eso. Una sonrisa iluminó mi cara. Levanté mi cabeza, quedando a escasos centímetros de la cama, y dejé que mis labios se fundieran con los tuyos. En esta ocasión mi labio inferior fue la presa entre tus mandíbulas que lo aprisionaron momentáneamente. Te dejaste caer aún más sobre mí, tu cadera ejercía presión sobre la mía, y tu voz, en formato susurro, me proponía recordar el sueño de una noche de verano, pero esta vez, sin preocuparnos por el reloj.
viernes, 11 de mayo de 2012
Carácter
Hacía un año escaso que compartíamos aquel colchón, aquel somier con aquellos muelles que chillaban a menudo. Aquella noche guardábamos la distancia de seguridad; cada una en su lado de la cama, manteniendo una distancia prudencial con el muro invisible que dividía las dos mitades. Cada una, en su borde de la cama, fingía que dormía en aquella calurosa noche de mayo. Ambas teníamos los ojos abiertos y la mirada perdida en algún punto impreciso de aquella semioscuridad. Atentas a cualquier movimiento proveniente del otro lado de la cama tratábamos de movernos lo menos posible, de no hacer ruidos, para que pareciera que las dos dormíamos a pesar de todo. "Esto es absurdo; no puedo dormir así, fingiendo que no pasa nada" pensé a la vez que me destapaba y me ponía las zapatillas. Salí de la habitación y me fui directa al salón, donde me acomodé en el sofá con el propósito de conciliar el sueño. Pero mi cabeza estaba en aquel colchón y en aquel somier de muelles viejos y quejicas. Transcurrido un tiempo, en el que como era de esperar mis ojos se mantuvieron abiertos, vi aparecer una figura por la puerta del salón. - ¿Me haces un hueco? Es que la cama está muy vacía y así ya no se dormir - dijiste mirándome a los ojos, encontrando mis pupilas a pesar de la oscuridad. - ¿Por qué debería hacerte un hueco? - Dije con un tono serio y algo áspero. No contestaste, ya habías venido detrás de mi, no ibas a suplicarme nada. Te diste media vuelta y ya te disponías a volver a la habitación cuando notaste que cogía tu meñique y tiraba cariñosamente de ti. Y allí ya no importaba nada, nada de lo acontecido horas antes, porque esa forma de mirarnos sin vernos es demasiado única. Te hice un hueco en el sofá y allí dormimos las dos, con nuestros cuerpos pegados, notando el latido de ese corazón que ya es más propio que ajeno, lento y rítmico que, sin lugar a dudas, es la mejor melodía para conciliar el sueño.
sábado, 5 de mayo de 2012
Sin palabras
No fue necesario pedirle que me abrazara. Allí, tiradas las dos en el suelo del salón a medio pintar, dejábamos resbalar los sueños de un futuro, ahora, imperfecto. Porque allí fue donde me encontró media hora antes, cuando abrió la puerta, como otras muchas tardes en aquella última semana. Como el día anterior, y el anterior, y el anterior del anterior venía a recoger algunas de las cajas de cartón con su nombre escrito con permanente negro que se amontonaban a ambos lados del pasillo. Quizá sea esa la ventaja de dejarlo todo en mitad de una mudanza, tus cosas ya están empaquetadas. Cuando entró no escuchó ruido, le sorprendió. Cuál fue su sorpresa cuando, al entrar al salón, vio las paredes, el techo y, sobretodo, el papel de estraza que cubría el suelo salpicados de cientos de colores; como si hubieran metido la pintura en una batidora y la hubieran puesto en marcha en medio del salón, pero sin tapadera. Me vio sentada en el suelo, con la piel y la ropa llenas de pintura reseca. Se acercó despacio, mirando atónita la escena. Cuando fui consciente de su presencia levanté la cabeza, mis ojos hinchados, rojos y doloridos se clavaron en ella. Mi demonio interior le pedía que saliera de esa casa y que no volviera nunca más pero las lágrimas volvieron a brotar como un torrente. Se sentó junto a mí y me abrazó al tiempo que su muralla infranqueable se caía, al igual que sus lágrimas que comenzaban a caer por sus mejillas. Nunca soportó verme llorar. Allí estábamos las dos, siendo una porque aunque no lo dijéramos, sentíamos lo mismo: la misma angustia, la misma pena, el mismo deseo y, ante todo, el mismo amor. Pequeños gestos para calmarnos mutuamente que se fueron haciendo más íntimos, más confiados, más personales, hasta que nuestros labios se encontraron entre las lágrimas. Como esa calma que precede a la tormenta nos miramos un instante a los ojos, o mejor dicho al alma, y antes de darnos cuenta ese papel marrón, decorado de forma vanguardista, se convertía en nuestro colchón improvisado en esa tarde en la que nuestra pasión fue sincera por las dos.
lunes, 23 de abril de 2012
Destino
Tumbada en la toalla, intentando huir de la arena, dejando que el sol impregne mi piel me pierdo entre las hojas de un libro que, ahora, veo oscuras a través de los cristales tintados de mis gafas de sol. Como sonido ambiente el ruido de las olas, que iban y venían. No había mucha gente para ser un sábado por la tarde, se notaba que aún era pronto para la ola de turistas que inundaban la ciudad en la temporada estival. De repente mi tarde de lectura se vio interrumpida por una voz infantil que se dirigía a mí a escasos centímetros - hola - me dijo de forma alegre una niña rubia de aproximadamente unos seis años. Me giré, me quité las gafas y la sonreí mientras le respondía con otro "hola". La pequeña me miraba fijándose en todos los detalles. De repente, tras una breve pausa, habló de nuevo - ¿cómo te llamas? - Yo reí y me fijé en su camiseta, la cual llevaba estampada lo que aparentemente podría interpretarse como su nombre. Respondí a su pregunta con otra pregunta - ¿es tu nombre? - La niña miró su camiseta y gesticuló afirmativamente con la cabeza. - Entonces somos tocayas. Nos llamamos igual -. Se limitó a sonreír. Caí en la cuenta de que la niña era demasiado pequeña y que no había ningún adulto con ella - Oye, ¿estás... - mi frase quedó amortiguada por la voz de una mujer que se acercó a la niña y la reprendió cariñosamente. Esa voz me era tan familiar, pero no podía ser. Ya había dado mi búsqueda casi por perdida. Alcé mi cabeza para esclarecer mis dudas y entonces la vi, sin lugar a dudas era ella. Cuando terminó de hablar, con la que sin lugar a dudas era su hija, se dirigió a mi con intención de disculparse por el atrevimiento de la pequeña pero su cara de asombro lo dijo todo cuando me vio. Me levanté despacio y cuando estuve de pie, mirándola a los ojos, me preguntó que qué hacía allí. Mi respuesta fue clara, había imaginado este momento durante diez años - Estoy aquí porque una vez alguien me dijo que luchara por aquello que me hacía feliz pero... - Miré a mi tocaya que ahora corría hacia otra niña, algo menor que ella, y se ponía a jugar con la arena. - ...ya veo que llego tarde -. Dirigí mi mirada hacia mi interlocutora con un gesto de resignación. Ella sonrió y en ese momento pensé que se burlaba de mí; entonces entrelazó su mano izquierda con mi mano derecha, acercó el dorso de mi mano a sus labios y besó mi piel. Me fijé en que no llevaba alianza, tan si quiera la marca de haberla llevado en algún momento. Al separar sus labios de mi mano dijo - llegas justo a tiempo -.
viernes, 20 de abril de 2012
"Siempre" no es un imposible
Se giró y me miró a los ojos en aquella noche única donde La Luna fue testigo de nuestra pasión contenida; de cómo las sábanas nos envolvían y nuestros cuerpos danzaban sobre un somier que no gemía lo suficientemente alto como para silenciar nuestras voces. - ¿Me vas a querer siempre? - Preguntó mientras sus dedos se enredaban con los míos. Sonreí, la luz de La Luna iluminó esa curva que ahora dibujaban mis labios. Te besé fugazmente, rocé mi mejilla con la tuya y cerca de tu oído, para que ni tan si quiera las cuatro paredes que nos abrigaban pudieran oírlo, susurré exactamente el tiempo que pensaba quererte. Transcurrido un fugaz lapso de tiempo tu mano dejó de agarrar firmemente la mía, tu cuerpo se había relajado, tu respiración era ahora mucho más clamada, estabas completamente dormida. Me levanté y me vestí. Cerré la ventana para que el frío de la mañana no enturbiara tu sueño y al volverme te vi tendida en la cama, tapada con el edredón, dándole la espalda al fantasma que habita en la puerta y el pasillo. Me agaché hasta quedar a tu altura y escuchar tu respiración. Te contemplé durante unos segundos, observando cada centímetro de tu figura, recorriendo con la mirada todos esos rincones por los que mis manos se había perdido horas antes. - Siempre... - susurré; pero hoy es el momento de dejarte ir, de buscar mi propio camino antes de seguir construyendo el nuestro. Me marchaba de aquella habitación con tu olor pegado a mi piel, con tu voz en todos los formatos posibles y con esa mirada que sería mi faro para no encallar al volver.
jueves, 12 de abril de 2012
Bivouac
Mi pierna, iluminada parcialmente por los focos de la piscina, se movía de delante hacia atrás abriéndose paso, sin demasiado esfuerzo, en el líquido elemento. Estábamos sentadas en el borde de la piscina en aquella noche de verano. Una toalla bajo nosotras nos aislaba del molesto picor de la hierba. La Luna iluminaba nuestras figuras y creaba alargadas sombras que se reflejaban en el agua. Sonreías, estabas preciosa. Mi mano rozó la superficie del agua, mis dedos se sumergieron acariciándola y entonces, sin previo aviso, te salpico. Algunas gotas mojan tu camiseta y otras, más atrevidas, rozan tu cara e incluso tus labios. Con el dorso de tu mano izquierda secas esas gotas de tu mejilla y cuando te dispones a secar las de tus labios sujeto tu mano y te impido hacerlo. Me acerco a ti, te miro a los ojos pero rápidamente mi mirada se centra en la gota de agua que brilla en tu labio inferior. Sin previo aviso me precipito a bebérmela. Un beso lento, húmedo. Abrimos los ojos cuando nuestras bocas están aún lo suficientemente cerca como para notar el calor de nuestra respiración. Nos miramos fijamente. Mi mano derecha cobra vida y asciende hasta tus labios. Chupas, muerdes y besas la yema de mi pulgar que, aún húmedo, dejo descender por tu barbilla. Sin apartar la mirada, te acercas más a mí y besas la comisura de mis labios, ladeo la cabeza con intención de conseguir otro beso pero ahora eres tú la que se ríe. Suavemente me empujas para que caiga de espaldas y quede tumbada al borde de la piscina. Antes de que me quiera dar cuenta estás sentada a horcajadas sobre mí. Tu mano derecha comienza a subir mi camiseta, mi abdomen es iluminado por esa mágica luz lunar. Sumerges tu mano izquierda en el agua quedando, al sacarla, impregnada del líquido elemento. Diseminas las gotas, que resbalan por tus dedos, por mi vientre. Me palpita el cuerpo y mi respiración se acelera progresivamente. Te acercas lentamente a mi piel. Son tus labios y tu lengua quienes se encargan de beber esas gotas que brillan en mi tripa. Cada roce de tu boca me hace contener la respiración. Vas ascendiendo hasta alcanzar mi cuello y te hundes en él. Noto su respiración, el calor de tus besos y tu mano dibujando formas sinuosas en mi abdomen. Te acurrucas junto a mí, haciendo que mi brazo te rodee pero sin dejar de acariciarme. Un beso a ciegas marca el principio de una maravillosa noche bajo las estrellas.
jueves, 5 de abril de 2012
Cambio de planes
- Despierta amor, estamos a punto de llegar - dije en un susurro mientras rozaba tu mejilla. Levantaste la cabeza de mi hombro, donde estabas apoyada. Te ibas desperezando mientras tratabas, en vano, de estirar tu adormecido y dolorido cuerpo que llevaba encerrado en unos asientos de clase turista más de diez horas. Con los ojos aún medio cerrados te mojaste los labios y me regalaste un beso de buenos días o de buenas noches, ese cambio de hora no me terminó de quedar muy claro. Estiré un poco el brazo, que aún estaba rodeando tu cuerpo, y levanté la persiana de la ventanilla del avión que quedaba a tu lado; - ahí la tienes princesa, otro pedacito de mundo a tus pies - te dije con una radiante sonrisa esperando contemplar tu reacción. Aquel mirador del Atlántico con forma de media luna aparecía majestuosamente iluminado. Sin lugar a dudas un espectáculo de altura, por lo menos de la altura a la que estábamos desde aquel Airbus 330 que se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Rio. Después de quedarte absorta durante unos instantes contemplando por la ventana aquel juego de luces te giraste y tiraste de mi camiseta. Tus labios se acercaron a mi oreja, mordiste mi lóbulo y susurraste - estás completamente trastornada, no sé cómo me convences para hacer estas cosas pero... - la frase se quedo en el aire mientras te apartabas lentamente. Ahora me mirabas a los ojos - me muero por besar a esta loquita mía en esa playa - la última palabra se perdía entre tus labios y los míos mientras de fondo sonaba la voz de la azafata pidiendo que nos abrochásemos los cinturones de seguridad para efectuar el aterrizaje.
martes, 3 de abril de 2012
No hubo más despedidaS
Me desperté, aún era temprano. Unos tímidos rayos de sol despuntaban por el horizonte e inundaban la atmósfera de la habitación con esos característicos colores matutinos. Con esa escueta iluminación busqué mi ropa, que se encontraba desperdigada por el suelo de la habitación, y comencé a vestirme. Tú aún dormías. Recogí mis cosas y las guardé en la bolsa de viaje. Esta vez mi tren salía pronto. Dejé la bolsa en el suelo y mi chaqueta encima, me acerqué a la cama y te contemplé por última vez. No pude resistir la tentación de acariciar tu brazo desnudo. Me acerqué aún más a ti, hasta que noté tu respiración y te besé fugazmente los labios. Sentiste un cosquilleo pero no te sacó de tu placentero sueño. Volví a mirarte sin que me vieras y en un susurro, apenas audible, te dije un te quiero. Cogí mi bolsa y mi chaqueta y me dirigí a la puerta de la habitación. Eché la vista atrás un instante, intentando almacenar en mi memoria cada detalle de tu habitación, incluso la luz y el olor que inundaban aquella estancia. Apoyada en el cerco volví a mirarte y, antes de arrepentirme, decidí emprender mi viaje de vuelta. Atravesé el umbral de la puerta de entrada y cuando me disponía a cerrar la puerta noté que algo tiraba de ella impidiendo que se cerrara por completo. Dejé de hacer fuerza y la puerta se abrió, ante mis ojos apareció la figura más hermosa de la Tierra que se lanzó a mi cuello y me abrazó con una fuerza desconocida para mí. Mi bolsa cayó al suelo y mis brazos rodearon su cuerpo. Me iba sin despedir para evitar esto, para evitar verla llorar. Notaba sus lágrimas resbalar por mi cuello al que besaba llena de angustia. Las dos llorábamos en silencio. Con la respiración entrecortada rozaste tu mejilla contra la mía, nuestras lágrimas se mezclaron en un mismo torrente. Me miraste a los ojos - no puedo dejarte ir, ahora ya no... - dijiste apoyando tu frente contra la mía, rozando mi nariz con la tuya. Te besé y abrazadas dejamos que se escapara aquel tren.
jueves, 29 de marzo de 2012
Dejarme caer de espaldaS
Abrí los ojos y perdí mi mirada entre las ramas de aquel árbol que nos daba sombra esa tarde. Mi mano izquierda se enredaba en tu pelo, con el que jugaba de forma inconsciente. Mi mano derecha, entrelazada con la tuya ya poyada en tu tripa, subía y bajaba al ritmo de tu respiración. Mi mano cesó de acariciar tu pelo y extrañada giraste la cabeza para mirarme. Al verme con la mirada perdida entre las ramas de aquel roble te levantaste y te sentaste a horcajadas sobre mi cadera. Tu pelo caía con gracia a uno de los lados de tu cuello mientras me mirabas. Mis ojos escrutaban cada centímetro de tu rostro. Acariciaste mi mejilla con tu mano derecha, ladee ligeramente mi cabeza para besar la palma de tu mano. Tu pulgar rozó mi labio inferior, besé tu dedo mientras tu mano se dejaba caer por mi barbilla, acariciaba mi cuello y descendía por mi camiseta. - Prométeme algo... - te dije incorporándome ligeramente, despegando mi espalda del suelo y quedándome apoyada con mis antebrazos en la hierba. Me miraste invitándome a que siguiera hablando. - ...prométeme que vas a ser feliz siempre - te dije con un tono serio. Me mirabas a los ojos, te fijabas en el brillo que tenían y en ese color miel que adquirían con la luz del atardecer. Sonreíste y me besaste fugazmente. Tus manos se enredaron en mi pelo y dijiste sin dejar de sonreír - Prometo hacerte feliz siempre porque esa es la razón de mi felicidad - justo al terminar la frase te mordiste el labio inferior. Te sonreí, rodee tu cintura con mis brazos y me apoyé en tu pecho dejando que me protegieras, sabiéndome tuya.
martes, 20 de marzo de 2012
Abrigándonos los sueñoS
Volvía al salón de recoger la cocina después de cenar. Mientras caminaba por el pasillo escuchaba la televisión de fondo. Al llegar al salón me quedé apoyada en el cerco de la puerta contemplando como te habías quedado dormida en el sofá, esperándome. Guardo mis manos en el bolsillo de mi sudadera mientras me muerdo el labio inferior y sonrío, colmada de felicidad por la imagen que contemplo. Veo como te revuelves en el sofá, seguramente debido al frío. Entro en el salón y cojo, del cesto de mimbre, la manta. Despacio, sin hacer demasiado aire, la desdoblo y, con cuidado, te cubro con ella. Rápidamente la expresión de tu cara se relaja, agradeciendo el calorcito que te va proporcionando la manta. Me agacho, quedándome a escasos diez centímetros de ti. Aparto un mechón de tu flequillo que amenazaba con hacerte cosquillas y sacarte de tu placentero sueño. Dejo caer mi mano por tu sien y rozo tu mejilla. No me entretengo demasiado en la caricia pues mi mano esta demasiado fría, en comparación con la piel tibia de tu cara. Te beso la frente dándote las buenas noches. Me iba a levantar cuando tu mano derecha se escapa de debajo de la sábana y tira suavemente de mi sudadera. Me haces un hueco en el sofá mientras murmuras con los ojos entre abiertos - quédate, quédate conmigo -. Apago la luz y la televisión, dejo las gafas en la mesita y ocupo el espacio que me habías dejado en el sofá. Me rodeas con tus brazos y entrelazas tus piernas con las mías buscando mi calor y la seguridad de tener mi cuerpo y mi olor cerca. Te abrazo y hago que mi cuerpo encaje con el tuyo, como si de las piezas de un puzzle se tratara. Al unísono nuestros labios se encuentran sabiéndose buscados.
viernes, 9 de marzo de 2012
Futuro intermediO
Abrí los ojos en medio de la noche y te vi allí, mirándome. La luz blanca de La Luna iluminaba tus pupilas y tus labios que, ahora, dibujaban una maravillosa sonrisa. - ¿Qué haces despierta mi amor? - Acerté a pronunciar en un susurro mientras intentaba disimular un ligero bostezo y una lágrima involuntaria caía de mi ojo izquierdo. Tu índice se posó sobre mi nariz y se dejó caer hasta mis labios donde vio recompensada su caricia con un beso de media noche. - ¿Sabes que dormida pareces hasta buena? - Terminas la frase mordiéndote el labio inferior, diciéndolo todo, dándome mi entrada en escena porque sabes cual va a ser mi respuesta. - Aaa, ¿sí? - Digo de una forma exagerada y claramente cómplice. Cierras los ojos y te ríes porque adoras picarme. Antes de que te quieras dar cuenta estoy encima de ti, mis piernas te sujetan mientras mis manos recorren tu cuerpo intentando encontrar esas cosquillas que afirmas no tener. Las dos reímos. Después del forcejeo la habitación queda en silencio y sólo nuestras respiraciones aceleradas se hacen eco en el silencio. Aflojo la presión de mis manos que mantenían cautivas tus muñecas. Tus manos, ahora liberadas, tiran de mi camiseta y me acercan a ti. Nuestros labios se buscan en esa semioscuridad y se encuentran porque conocen el camino de memoria. Libero tu cuerpo del peso del mío, me tumbo a tu lado y rodeo tu cintura con mi brazo. - Buenas noches cariño - la última palabra se pierde entre mis labios y tu piel.
lunes, 27 de febrero de 2012
Te voy a morder un pie
Cada tarde pasaba por delante de aquella pastelería y veía en su escaparate cientos de bombones, de dulces, de pasteles... y una larga lista de etcéteras a cual más apetecible. Aquella tarde, después de haberse quedado con la mirada perdida frente al escaparate, decidió que hoy era el día en el que entraría en la pastelería. Empujó la puerta y, mientras pasaba a través de ella, escuchó aquel tintineo metálico producido por el badajo de la campana que había oído las tardes en las que eran otros quienes entraban y salían. Se acercó al mostrador. La chica que atendía, y que la veía pararse cada día delante del escaparate, le dijo - ¡vaya! Veo que al final te has decido a entrar -, - sí, hoy es el día - respondió sonriendo. Nada de chocolate negro. Pidió que se los envolvieran para regalo. Salió de la pastelería decidida y satisfecha por su compra. Hoy no imaginaría su mirada en el reflejo de un escaparate con fondo de chocolate, hoy la miraría a los ojos y la volvería a enamorar. Aquellos bombones con forma de pie eran su pasaporte para dibujar la curva más hermosa de todo su cuerpo: su sonrisa.
Besos con ©
Aquella noche, tan atípicamete veraniega, la ventana de su cuarto estaba cerrada. Una oscuridad casi total inundaba cada rincón de la habitación. A penas se podían apreciar los ruidos provenientes de la calle; sólo su propia respiración, lenta y profunda, alteraba el sordo silencio que la estaba volviendo loca. Tenía la mirada perdida en algún punto impreciso de aquel firmamento, con estrellas ausentes, que se podía apreciar a través de aquel cristal traslúcido, lleno de marcas de haber escrito sobre él en las ocasiones que se había empañado. Giró levemente la cabeza y miró al techo, inspiró profundamente mientras cerraba los ojos, en un vago intento por contener las lágrimas que afloraban a los espejos de su alma. Apretó los labios para ahogar su propio lamento. Le temblaba la barbilla cuando las lágrimas dibujaron senderos acuosos por su rostro. Cada nueva lágrima parecía quemarle la piel. Intentó secarlas con el dorso de su mano pero cada vez fluían con más fuerza. Hasta que finalmente se dio por vencida y dejó que sus incisivos dejasen su marca en la piel del dorso de su mano. Sus mandíbulas cesaron de ejercer presión y sus lágrimas dejaron de impactar contra su almohada cuando sus labios, en contacto con su piel, viajaron en el tiempo y, por unas décimas de segundo, volvieron a aquella noche de verano.
jueves, 23 de febrero de 2012
Mentiras
Te desvelaste, tenías frío. Te extrañó no verme durmiendo al otro lado de la cama. Te levantaste y frotaste tus brazos, en un vago intento por recuperar algo de calor corporal. Saliste al pasillo y viste un haz de luz que salía por la parte inferior de la puerta del baño. Despacio te acercaste, pero no oías nada. Con los nudillos golpeaste un par de veces la puerta para advertirme de tu presencia. Abriste la puerta y me viste sentada en el suelo con un montón de clínex usados a mi alrededor. - Mi vida, ¿qué pasa? - Dijiste mientras te acercabas y te agachabas frente a mí. Levanté la cara y viste mis ojos hinchados y rojos, las lágrimas descendían como torrentes por mis mejillas. Con tu mano intentaste secarme las lágrimas pero aparté la cara. - Te he engañado, te he engañado con otra... - alcancé a decir entre sollozos. Lo dije mirando al suelo porque se me nota demasiado cuando miento. Te quedaste en shock, no podías creer lo que estabas oyendo. - No lo estás diciendo en serio... - dijiste con los ojos ya acuosos y la voz quebrada, poblada de miedo. Te miré a los ojos para que no te quedasen dudas, entre mis lágrimas era imposible ver más allá. No podía continuar reteniéndote contra tu voluntad. Tu querías terminar con esto pero no era tan fácil, y yo era incapaz de aceptar un final pero era consciente de que nunca me perdonarías una infidelidad. Sólo tenía que decir una mentira que sonase a verdad.
lunes, 20 de febrero de 2012
Agua de tormenta
Fuera llovía a mares, las gotas golpeaban fuerte contra los cristales y componían un rítmico hilo musical. - Estoy cansada, cansada de tus tonterías, de que siempre hagas lo primero que se te pase por la cabeza y no te puedas parar a pensar, ni un sólo segundo, en las consecuencias. Me dejas siempre en ridículo con esas sorpresas a gran escala. Hoy ha sido esto pero cualquier otro día vete tú a saber por dónde sale esa locura que tienes en vena - dijo mirándome a los ojos, alterada peros sin levantar el tono de voz. Yo la miraba con un gesto serio intentando mantener las lágrimas lejos de esta conversación. - ¿No piensas decir nada? - Me preguntó sorprendida porque aún permaneciera callada. Tras un silencio muy incómodo dije pausadamente - cuando estés más tranquila y hayas asimilado lo que me acabas de decir hablamos -. En cuanto le di la espalda para coger las llaves de la mesa y salir por la puerta las lágrimas se desbordaron de mis ojos. La dejé allí y bajé corriendo las escaleras. Al salir a la calle mis lágrimas se confundieron con las gotas de agua que me empapaban. Andaba deprisa, intentando huir de esas palabras que me habían cortado como cuchillas. Iba inmersa en mis pensamientos, cuando alguien tiró de mí y acto seguido escuché un largo pitido de un coche, habían estado a punto de atropellarme. Ahí estabas tú, calada hasta los huesos, con gesto de preocupación y respiración acelerada. - Lo siento, no tenía que haber dicho todo eso. Sabes que en realidad me encantan tus locuras pero me agobia que se tenga que enterar media ciudad de lo que sentimos -. Al terminar de decirlo te mordiste el labio inferior. Yo había dejado de llorar. - Lo siento mi vida - repetiste. Me acerqué a ti y besé tu frente, rodeaste mi cintura y nos abandonamos una en brazos de la otra.
jueves, 16 de febrero de 2012
Sed de ti
Era pleno invierno, fuera menos muchos grados pero en casa se estaba muy a gusto, la calefacción llevaba puesta desde medio día. Ahora, en medio de la noche, me desvelo. La luz de La Luna se cuela por las rendijas de la persiana a medio bajar de nuestro cuarto e ilumina, de forma escueta, nuestro pedacito de mundo. Me levanto a por agua, estoy sedienta. Al volver a la habitación me quedo apoyada en el cerco de la puerta, mirando como duermes. Veo como los haces de luz inciden sutilmente sobre tu cuerpo y delimitan tu figura, cubierta casi por completo por el edredón. Me fijo en que tu pie derecho ha quedado destapado; tanto tirar del edredón, quitándome mi parte, y al final te dejas un pie sin tapar. Inconscientemente sonrío y me mojo los labios. Me acerco despacito a los pies de la cama y me agacho. Comienzo a besar tu pie, besos lentos y cortitos. Voy ascendiendo por el empeine. Alcanzo el tobillo. Te revuelves en la cama. Subo un poquito el pantalón del pijama y beso tu pierna. Termino colándome bajo el edredón y voy ascendiendo por tu cuerpo. Levanto tu camiseta y comienzo a besar los salientes de tus caderas. Tus manos se hacen cómplices de mis besos, enredas tus dedos en mi pelo. Sigo depositando besos por tu abdomen. Aparezco a la altura de tu cuello, me sonríes mientras tus manos se pierden por debajo de mi camiseta y dibujan formas en mi espalda. Mis labios se dejan a tu cuello y lo pueblan de besos, que te arrancan algún que otro gemido incontrolable. Irresistiblemente mis labios se abandonan a los tuyos.
Aquella noche me desperté muerta de sed, pero no era agua lo que necesitaba mi cuerpo.
sábado, 28 de enero de 2012
Una mañana con sabor a ti
Es ella quien me despierta besando mis labios cuando el despertador hace más de media hora que ha sonado y me he negado a levantarme. Noto su respiración y como sus ojos me observan mientras me hago la dormida. Con sus mano derecha acaricia mi cara y pasa sus dedos por mis labios, a los que me siento incapaz de no besar. Ella sonríe, aunque no la vea escucho una ligera risa. Ahora roza mi cuello y sé que se muerde el labio inferior. Se acerca aún más a mí, su mejilla roza la mía. Me susurra al oído - creo que deberías levantarte. Vas a llegar tarde -. Acto seguido me muerde dulcemente el lóbulo de la oreja y una corriente de placer recorre todo mi cuerpo, ahora soy yo quien se muere el labio inferior. Continúa diseminando besos por todo mi cuello. - Como sigas así no voy a levantarme de la cama en todo el día - digo aún con los ojos cerrados, dejándome embriagar por el exquisito tacto de sus besos. Sin previo aviso sus labios se separan de mi piel, se aparta y me mira a los ojos, que he abierto ante el cese de sus caricias. - Ah, ¿no? - me dice de forma desafiante. Con cara de niña buena niego con la cabeza apoyada en la almohada. Me mira sin ceder a mi chantaje emocional y antes de que me dé cuenta se levanta de la cama. Lleva mi camiseta blanca, a nadie le quedan tan sexys las básicas. Descalza me mira retándome a ir a por ella. Me destapo y ella sale corriendo de la habitación. Antes de llegar a la cocina, en medio del pasillo, la alcanzo. La rodeo la cintura, aparto su pelo y comienzo a besar su cuello. Ladea ligeramente la cabeza hacia la izquierda y me deja desayunarla. Se gira, entre mi abrazo, nos miramos a los ojos y nos dejamos a un maravilloso beso de buenos días.
martes, 10 de enero de 2012
Locura de media noche
Era de madrugada cuando me llego la inspiración. Abrí los ojos excitada por la idea que me había sorprendido en sueños pero con las dificultades propias de quien se despierta. Con los ojos hinchados y medio cerrados extendí la mano izquierda hacia la mesilla de noche y, tanteando, palpé el bloc de notas, el de Las ideas de madrugada. En medio de la oscuridad garabateé un escueto boceto. A tientas dejé de nuevo la agenda encima de la mesilla. A través de la ventana, que daba a la terraza, vi una sombra apoyada en la barandilla. Me giré, el otro lado de la cama estaba vacío. Me puse la camiseta, las zapatillas y despacio, entre la tenue luz blanquecina que inundaba el salón, lo atravesé hasta llegar a la puerta de la terraza. Allí estaba ella, apoyada en la barandilla, con un jersey finito y con la mirada perdida en ese astro que sólo se deja ver de noche. Rodeé su cintura por la espalda y besé su nuca. - ¿Te he despertado? - Me preguntó algo preocupada. - No mi amor, me has inspirado. ¿Qué haces aquí? - Dije mientras acariciaba su tripa. Ella se zafó de mis brazos que la envolvían. - ¡Vámonos de viaje! - Dijo de repente mirándome a los ojos con una de esas sonrisas que me derriten. -¿Ahora? ¿Así? ¿De repente? - Pregunté extrañada por esa actitud impulsiva. - Sí, así de repente. Un par de días, tú y yo y nadie más. Un fin de semana para las dos sin nadie, ni nada... - dejó la frase en el aire mientras imitaba con la mano el gesto de hablar por teléfono. -¿Dónde quieres que vayamos? - Pregunté. - ¿Dónde quieres llevarme? - Respondió con una de sus comunes respuesta-pregunta. - A La Luna... - dije mientras miraba la esfera blanca que brillaba en el firmamento - ...pero nos pilla un poco lejos -. Las dos reímos. - Vámonos a Praga -. Tiré de ella hacia mí y la besé, a pesar de hacer algo de fresco sus labios siempre estaban tibios. Abrazándonos, nos miramos a los ojos, se mordía el labio inferior, - ¿qué me dices? - Preguntó aún sabiendo perfectamente lo que contestaría. - Que me vuelves loca -.
Media hora más tarde salíamos por la puerta, con una maleta ligera, dirección al aeropuerto.
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