Es ella quien me despierta besando mis labios cuando el despertador hace más de media hora que ha sonado y me he negado a levantarme. Noto su respiración y como sus ojos me observan mientras me hago la dormida. Con sus mano derecha acaricia mi cara y pasa sus dedos por mis labios, a los que me siento incapaz de no besar. Ella sonríe, aunque no la vea escucho una ligera risa. Ahora roza mi cuello y sé que se muerde el labio inferior. Se acerca aún más a mí, su mejilla roza la mía. Me susurra al oído - creo que deberías levantarte. Vas a llegar tarde -. Acto seguido me muerde dulcemente el lóbulo de la oreja y una corriente de placer recorre todo mi cuerpo, ahora soy yo quien se muere el labio inferior. Continúa diseminando besos por todo mi cuello. - Como sigas así no voy a levantarme de la cama en todo el día - digo aún con los ojos cerrados, dejándome embriagar por el exquisito tacto de sus besos. Sin previo aviso sus labios se separan de mi piel, se aparta y me mira a los ojos, que he abierto ante el cese de sus caricias. - Ah, ¿no? - me dice de forma desafiante. Con cara de niña buena niego con la cabeza apoyada en la almohada. Me mira sin ceder a mi chantaje emocional y antes de que me dé cuenta se levanta de la cama. Lleva mi camiseta blanca, a nadie le quedan tan sexys las básicas. Descalza me mira retándome a ir a por ella. Me destapo y ella sale corriendo de la habitación. Antes de llegar a la cocina, en medio del pasillo, la alcanzo. La rodeo la cintura, aparto su pelo y comienzo a besar su cuello. Ladea ligeramente la cabeza hacia la izquierda y me deja desayunarla. Se gira, entre mi abrazo, nos miramos a los ojos y nos dejamos a un maravilloso beso de buenos días.
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