Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

viernes, 23 de julio de 2010

Perdí mi oportunidad

Sentada en la estación con mi billete en la mano te espero. El reloj da las doce de medio día. Oigo a lo lejos el tren. Me impaciento - ¿Dónde estás? - El convoy se para frente a mí. Un hombre se baja del primer vagón y me mira. - ¿Subes? - Si, espere un momento por favor. Estoy esperando a alguien - Pero por más que quiera negarlo tú nunca vendrás, porque jamás compraste billete para este tren. Nunca quisiste viajar conmigo. Ahora me quito la venda, la dejo caer al suelo. Miro mi maleta, la cojo y la abro. Está vacía, porque todo cuanto pensé que llenaba mi vida no era más que la ilusión de mi deseo. Cogí esa maleta que aunque pesaba, no estaba lo suficientemente llena. Con paso lento y un gesto de desconsuelo atravesé el espacio que me separaba del vagón. Me agarré a la barandilla para subir, dejé la maleta en el segundo escalón y giré la cabeza. Aún tenía la esperanza de que aparecieses; pero en la estación no había nadie tan sólo el banco y el reloj que ahora marcaba y media. Sonó el silbato del tren y resignándome a tu ausencia entré al vagón. Miré mi billete. Me tocaba pasillo, pero el tren al igual que mi vida, al igual que el andén, también estaba vacío y decidí sentarme junto a la ventana. El tren se puso en marcha. Yo miraba distraída por la ventana como íbamos dejando la estación atrás. De fondo, como un hilo musical el traqueteo del tren. Poco a poco aumentábamos la velocidad. Saqué mi cartera del bolsillo y cogí la foto que nos hicimos en Noviembre, junto a la fuente de los espejos. La miré, la miré como si no la hubiese visto nunca. La apreté contra mi pecho en un absurdo intento de viajar en el tiempo y volver a ese preciso instante, justo cuando te tenía que haber dicho que te amaba más que a nada en este mundo.

Dulce compañía

Me despierto sofocada, no se si por algún sueño algo subido de tono o por el calor asfixiante de esta época del año. Ella estaba dormida. La ventana estaba abierta de par en par pero aún así no corría ni una pizca de aire. Su brazo rodeaba mi cintura. Miro el ventilador del techo preguntándome si realmente ese aparato sirve de algo. Cojo su brazo con cuidado y lo aparto de mi cuerpo. Intento no hacer mucho ruido, no quiero que se despierte. Como un fantasma voy a la cocina, abro la nevera y cojo una botella de agua bien fría. Mis manos se alivian al contacto con la botella. La destapo. Mis labios se precipitan a la boca de la botella, deseosos del contacto con ese insípido pero agradable líquido. Comienzo a beber. Mientras, el frescor que sale de la nevera enfría mi acalorado cuerpo. Cierro la nevera y tapo la botella ya vacía.
Vuelvo a la habitación. Me tumbo en la cama sin molestar demasiadao. Ella se acerca de nuevo a mi. Sus labios buscan los míos; los encuentran. - Te he echado de menos - Me dice medio dormida en un susurro apenas perceptible. Se acurruca en mi pecho. La envuelvo con mi brazo, la miro y sonrío. Mañana será ella lo primero que vea al despertar.

Despedida alternativa

Eran las 20:30 estábamos en la T4 y su avión estaba a punto de salir.
- Me voy. No te puedo pedir que me esperes... Pero, por favor, no me olvides... - Me dijo al oído mientras me abrazaba y unas amargas lágrimas caían por sus mejillas. - Jamás podría hacerlo... - Dije con la voz entre cortada. Agarrando mi mano derecha sus labios dibujaron un te quiero. Cogió su maleta, se dió la vuelta y la vi marchar hacia la puerta de embarque H3.
No se si fue mi corazón o las mariposas que siento en el estómago cada vez que me besa, pero derrepente, mis piernas empezaron a correr sin que mi cabeza tuviese control sobre ellas. Salí corriendo hacia la zona de embarque. - Deténgase, no puede pasar - dijo la señorita desde el mostrador, pero mis oídos no escuchaban absolutamente nada. - ¡Alto, deténgase! - Gritaban los de seguridad. Los gritos hicieron que te dieses la vuelta. Me viste corriendo hacia ti y a cuatro policías detrás de mi. - ¡Alto, pare ahora mismo! - Continuaban gritando los policías. Entonces me paré, justo delante de ti. Te besé y mirando esos ojos preciosos ojos marrones dije: - te esperaré todo el tiepmo que haga falta -.
A pesar de que me estaban reposando y, probablemente, me tocaría pasarme toda la noche en los calabozos una sonrisa estaba pintada en mi cara. Sólo faltaban 364 días para volver a verte.

Para que este momento sea eterno

Sentadas en el tejado de tu casa vemos como el Sol desaparece poco a poco por la línea del horizonte. Los últimos rayos de Sol iluminan tu sonrisa. Las manos de la noche abrazan el cielo, al igual que las mías te abrazan a ti. Te miro los labios, los ojos; me mojo los labios, cierras los ojos, cierro los ojos, nos besamos. Breve pero intenso. Empieza a refrescar. Cojo la manta y la echo por encima de nuestras piernas. Meto la mano en mi bolsillo y saco una pequeña caja. Me miras - ¿Y esto? - Sonrío mientas te pongo la cajita en la mano y te invito a que la abras. Despacio, como si te diese miedo, la abres. En su interior hay un anillo, una simple alianza de plata. Pero, cuando la sacas ves que tiene algo grabado en su interior: SIMPLEMENTE TÚ. Me miras de nuevo y me besas. Apoyas tu cabeza sobre mi hombro y contemplamos el firmamento. La Luna nos ilumina. La alianza brilla en tu mano derecha.

London

Camina por Westminister, el Támesis bajo sus pies. El Big Ben da las siete. Empieza a llover y no lleva paraguas. La lluvia la empapa. Acelera el paso. Cruza el puente y se guarece en el tejadillo de una pastelería cercana. Aprovecha y mira los dulces. Olvida los pasteles y se fija en su propio reflejo. Allí está, empapada, en la ciudad que siempre amó, cumpliendo sus sueños y escribiendo su propia historia. En ese mismo instante piensa en aquello que dejó atrás cuando cogió su guitarra y se montó en el avión; hará ya cuatro años. Entonces se gira y mira la calle. Las gotas caen precipitadas cotra los coches, contra el asfalto, contra los paraguas de los transeúntes... Frente a ella alguien ha estado observando su momento de reflexión. Ella se da cuenta y sonríe. Esquivando el tráfico cruza la calle. No puede ceer que este allí. Se abrazan y se funden en un cálido beso rememorando aquella ultima despedida en el aeropuerto.

Día de invierno

Acaba de sonar la campana. La tediosa clase de latín por fin ha terminado. Es lunes, llevo todo el fin de semana sin verte, tenías que estudiar y no hemos podido quedar.
Bajo a tu clase, tienes examen después del recreo. Se que estarás repasando para asegurarte de que te lo sabes todo de maravilla, como siempre. Me asomo al cerco de la puerta y te veo absorta, mirando distraída por la ventana como caen los copos de nieve. Me acerco y te cojo por la cintura. Te miro, me miras, te beso. - Me encantan tus ojos, ya lo sabes - sonríes, se que te da vergüenza que lo diga. Me siento en la mesa y te abrazo, - suerte, te va ha salir muy bien - digo en un susurro. Te miro de nuevo, me gusta verte sonreír.

¿Un beso soñado?

- Ahora vete, no seas tonta, vas a perder el autobús - Cogí la mochila del suelo, que estaba algo mojado pues había llovido hacía apenas unas horas; me la puse al hombro y me dispuse a bajar las escaleras. Antes de bajar el primer escalón la miré de reojo. Miraba al suelo. Había bajado los escalones cuando noté que me agarraba el brazo. Me miró a los ojos con la mirada más tierna del mundo - el tiempo se paró en ese mismo instante - apoyó su mano en mi rostro, se mojó los labios, acercó su cara a la mía y nos besamos. A pesar del frío que hacía tenía los labios cálidos. Fue algo fugaz, efímero pero a la vez maravilloso y eterno. Se apartó, al mismo tiempo se mordía el labio inferior con un gesto de incertidumbre. Antes de que la verguenza tiñese de rojo sus mejillas se apresuró a bajar las escaleras y marcharse con paso decidido hacia la boca de metro. Y allí me quedé yo, con los ojos cerrados.

Tratando de despertar

Son las dos de la madrugada. Estoy frente a la pantalla del ordenador y tengo frío. La ventana de mi cuarto está abierta pero me da pereza cerrarla. La luz de Selene ilumina mi cuerpo, deformando mi silueta en la pared. Al contrario que otras veces, hoy la Luna no ilumina mis sueños.
Tengo tu foto delante de mí. La miro una y otra vez. Me despido, no volveré a soñar despierta. Voy a la cocina y me preparo un cola - cao calentito. Las farolas están apagadas, se ha debido de ir la luz en la calle. Las estellas se ven perfectamente. Las contemplo hasta que me tomo el cola - cao. Vuelvo a la habitación. Cierro la ventana, cojo la sudadera blanca y me voy a dormir al sillón.

Dulce amanecer

Me desperté. Era temprano, pero no tenía sueño. Nos habíamos acostado a las seis de la mañana y tan sólo habían transcurrido dos horas. Por la ventana se podía distinguir un típico día de finales de noviembre. Tenía frío. Cogí mi sudadera y me la puse encima del pijama. Fui a la cocina de su casa y preparé chocolate caliente, era lo más apetecible. Con cuidado llevé las tazas a la habitación. Coloqué una en su mesilla de noche. No se si fue el calor que desprendía el recipiente o ese característico aroma del chocolate lo que le hizo despertar. Pero al igual que una tímida flor que al amanecer va abriendo sus pétalos al mundo, se fue desperezando. Se frotó los ojos para ver con más nitidez. Miró la mesilla, me miró a mí y sonrió. Me senté en la cama, a su lado. Allí, sin más compañía que la de nuestros propios cuerpos, vimos amanecer.

Día gris

Sentada en un bordillo, al lado de un pequeño estanque, dejo que la lluvia me empape. Lleva lloviendo todo el día y yo llevo toda la tarde mojándome en ese mismo lugar. Tengo el pelo empapado y la ropa está calada. Pero la verdad, eso es lo de menos. De repente noto como vibra mi móvil en el bolsillo del pantalón. Lo saco y en la pantalla, entre multitud de gotas, logro distinguir un número, pero no se quien es:

- ¿Si? -
- Hola, ¿dónde estás? -
- ¿Cómo has conseguido mi número? -
- Eso da lo mismo, ¿dónde estás? -
- Pues en un bordillo, al lado de un pequeño estanque. Sentada, esperando... -
- ¡¿Con la que está cayendo?! ¡¿Esperando el qué?! -
- Si, llevo un rato contemplando la lluvia... Esperando... Esperando un rayo de So. -
- ¡¿Qué me estás contando?! ¡¿Estás sola o estás con alguien?! ¡¿Y dónde estás?! -
- Estoy sola... A decir verdad acabo de ver a un señor corriendo... En el Parque del Oeste -
- No te marches, voy para allá. -

Cuando colgó el teléfono me quedé mirando el móvil. ¿Cómo habría conseguido mi número? El tiempo pasaba despacio, pero no mucho más que como lo habia hecho durante toda la tarde. Aparecío a la media hora con un paraguas. Supo exactamente en que lugar del parque estaba. Poco a poco se fue acercando hasta que se encontró de pie, junto a mi.

- Bueno qué. ¿has encontrado ya tu rayo de Sol? -
Mirando sus ojos - ahora si -

Despierta a media noche

Me despierto sobresaltada. Una oscuridad casi completa inunda mi habitación, tan sólo un ligero haz de luz anaranjado proveniente de las farolas de la callle ilumina la estancia. Miro el reloj del móvil, la luz de la pantalla daña mis ojos adormecidos. Las cinco y media de la madrugada. Me incorporo y apoyo mi espalda contra la pared. Me quedo mirando fijamente las dos estanterías repletas de libros que están frente a mi. Cierro los ojos y por un momento siento que todo mi mundo está en calma. Los abro de nuevo y un lágrima surca mi mejilla. Con el dorso de mi mano derecha trato de limpiarla, pero es inútil, tras esa vienen cientos más que empapan mi camiseta. Sin pensarlo dos veces me levanto, me pongo el pantalón que estab tirado en el suelo, cojo las llaves y me voy. No se a donde, sólo se que necesito huir.

Nervios

Sentada en las escaleras de la boca de metro de Cuatro Caminos me muerdo las uñas. Me levanto, me siento de nuevo, me vuelvo a levantar, no puedo estar quieta. Saco el iPod de uno de los múltiples bolsillos de mi pantalón vaquero y lo enciendo. No se que suena, da lo mismo, tan siquiera se por que he sacado la música. Otra riada de gente sube por las escaleras, me fijo, pero no está. Miro el reloj: las siete y veinte. - Aún faltan diez minutos - me digo a mi misma para calmar el latir precipitado de mi corazón. Me siento, dejo mi mirada perdida en algún punto impreciso. Mientras, la música continúa sonando y mi mente se marcha lejos, sin avisar, tratando de imaginar que sucederá cuando llegue.
Noto una mano en mi hombro, es ella.

Algo improvable (Amor en Madrid)

Abro la ventana de mi apartamento. Cierro los ojos y respiro profundamente. Ese aire tan característico del centro inunda mis pulmones. Cualquier persona medianamente cuerda no dudaría en mirar con desagrado el gesto que acabo de realizar pero, para mi, despertarme y sentir como el alma de Madrid va inundando, poco a poco, cada una de las partes de mi cuerpo es, simplemente, perfecto. Giro la cabeza y la veo dormida, parece un ángel. La luz incide sutilmente sobre su cuerpo. Me siento a a los piez de la cama y contemplo su figura.
Madrid, viernes por la mañana, hora punta en el metro. Mecánicamente saco mi libro de la mochila y me pongo a leer, tratando de evadirme de toda la muchedumbre que apelotonada se aglomera en el vagón. Alguien me golpea el brazo y mi libro cae al suelo. Levanto la cabeza con cara de pocos amigos pero, cual es mi sorpresa cuando en medio de tanta gente, donde nadie sería capaz de distinguir a nadie, yo he descubierto al ser más hermoso de la Tierra.