La luz anaranjada del alumbrado público endurecía nuestras facciones al conjugarse, en un verbo perfecto como el de nuestra carne, con las sombras profundas que habitaban en el coche. Entre sonrisas y miradas me dijiste todo y te decía nada. Tenía tu olor impregnado en mis manos, en mi boca, en la ropa, metido hasta mi pituitaria y tatuado en mi cerebro. Cada poro de mi piel te llamaba, en silencio. Me buscabas, cómplice del deseo, de la prisa por darme un beso, de tu risa y mi vergüenza furtiva. Los abrazos se sucedían atropellados como si se sintieran envidiosos unos de otros. Hambrientas nos comimos a besos y los versos. Nuestras miradas se cruzaban de forma recurrente entre las luces y las sombras, te veía sincera, me hablabas de dentro. Paulatinamente los cristales se fueron empañando, señal inequívoca de que la temperatura en ese habitáculo iba en aumento. Los besos cobraron intensidad y las caricias dejaron de ser inocentes, si es que en algún momento lo fueron. Los asientos, completamente echados hacia atrás, nos dejaban libertad de movimiento. Me descalcé con un pretexto estúpido pero absolutamente convincente. Antes de que pudieras darte cuenta estaba encima de ti. Echas la cabeza hacia atrás, te muerdes sutilmente el labio inferior en un gesto casi involuntario y resoplas. Adoro ver la perdición en tu mirada, sentirme reina en este juego de damas. Me precipito al abismo de tu cuello mientras juego con tu pelo entre mis dedos. En pleno diciembre y a nosotras nos sobra toda esa ropa.
Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.
sábado, 23 de diciembre de 2017
miércoles, 13 de diciembre de 2017
Un Etna hecho
Hacía frío, decían; allí tumbadas, desnudas en esa cama prestada con tu cuerpo sobre el mío, el frío era la última de mis preocupaciones. La poca luz a la que habíamos permitido colarse en este juego de dos, iluminaba sutilmente nuestros cuerpos dibujando nuestros perfiles en esa parcial oscuridad. Tus ojos, que brillaban, me miraban cautivos mientras los míos recorrían tu cuerpo en busca de cientos de fotografías mentales. Acaricio tu sonrisa con sólo mirarte. Mi boca, aún hambrienta, te busca mujer incansable para un nuevo asalto a los límites del placer compartido. Me sujetas con la fuerza y la vehemencia propia de quien se sabe poderosa y capaz de todo en este juego. Puedes sentir el latido acelerado de mi corazón palpitando en las venas de las muñecas que ahora presionas contra la almohada. Sonrío, me río y te ríes. Adoro los retos y tú eres uno absolutamente apetecible. Consigo zafarme de las improvisadas ataduras carnales con las que has decidido apresarme. Liberada, soy yo quien toma el control para rendirme a ti. Sin ser una competición, sin tener que demostrarle nada a nadie, nos dejamos al sudor lascivo y sincero de dos cuerpos que arden incandescentes presas del deseo.
lunes, 4 de septiembre de 2017
Capítulo tercero. Kamikaze
Tumbadas en tu cama, desnudas, piel con piel, te observo. Mis ojos recorren cada uno de los entrantes y salientes de tu cuerpo, tus curvas, tus marcas; cuento tus lunares que a estas alturas ya me se de memoria. Sin saber que te observo te giras, aún dormida, y ahora mis ojos sobrevuelan tu espalda, me detengo en cada una de tus vértebras que me guían hasta esos hoyuelos que me encantan de la parte baja de tu espalda. Mi mano, envidiosa de los ojos que te miran, se precipita a buscar el contacto de tu piel, a acariciar tu cuerpo desnudo. Son las yemas de mis dedos las encargadas de provocar ese contacto tan liviano, rozan tu cuello, tu hombro, descienden por tu brazo buscando perderse por la curva de tu cintura. Al llegar a tu codo oigo tu voz susurrando -me haces cosquillas-, las dos reímos. Ahora son mis labios los que quieren formar parte de este juego de caricias de media tarde. Beso tu espalda y te respiro. Aparto algunos mechones de pelo de tu cuello; con besos húmedos y suaves recorro el camino hasta tu oreja. A medida que avanzo tomas mi mano entre la tuya y me llevas a comprobar como la piel de tu pierna se eriza de forma casi automática. Cuando mis labios apresan el lóbulo de tu oreja estamos tan cerca que nuestra piel parece pegarse, como si intentara fundir nuestros cuerpos en uno solo. Mi mano asciende por tu pierna y se pierde entre tu sexo con intenciones lascivas. No encuentra impedimento alguno y como otras tantas veces nuestros cuerpos, que se conocen de sobra, se conjugan en un verbo perfecto.
martes, 29 de agosto de 2017
Capítulo segundo. Katarsis
Como otras tantas noches de este atípico verano me encontraba mirando por la ventana. La cerveza que había cogido de la nevera reposaba en la jardinera, junto a los geranios, como una planta más. Las temperaturas habían bajado considerablemente estos días y entré en el salón a coger mi sudadera que aún seguía tirada encima del sofá, justo donde ella la había dejado. Nada más ponérmela respiré su olor, la respiré a ella, como si el simple hecho de ponerme esa sudadera se hubiera transformado en un fugaz abrazo. Reconfortada con la calidez de la prenda salí nuevamente a la terraza. Veía los coches y a los peatones pasar con frecuencia por la calle principal pero nadie giraba hacia el callejón. Esta noche mi particular televisión estaba siendo especialmente aburrida. Cogí la lata del macetero y me disponía a abrirla cuando un taxi giró precipitadamente y entró en el callejón, un frenazo brusco lo detuvo frente al portal. Extrañada volví a dejar la cerveza en la tierra donde pronto, a este paso, le empezarían a salir raíces. Achiné los ojos en un burdo intento por averiguar quien viajaba en la parte trasera. Mi curiosidad pronto fue saciada cuando vi bajarse a una mujer del vehículo. El taxista, con gestos parsimoniosos que contrastaban enormemente con los de la mujer, se acercó al maletero y sacó una bolsa de deporte. A decir verdad ese equipaje me era extrañamente familiar pero entre la semioscuridad del callejón y la virulencia con la que la mujer le cogió la bolsa al taxista no pude distinguir ni la bolsa, ni a la mujer. Apresuradamente ella entró al portal y el taxista, con la misma calma que había demostrado anteriormente, salió de nuevo hacia la avenida. Miré el móvil, que estaba apoyado en el asiento de una de las sillas plegables de la terraza, y comprobé que, como era de esperar a la 1:42 de la mañana, nadie me requería. Cogí nuevamente la cerveza para abrirla pero me di cuenta de que ya estaba caliente. Molesta fui hacia la cocina a dejar la lata de cerveza en la nevera y al pasar por la puerta de la entrada me pareció escuchar una voz al otro lado, como si alguien murmurara. Me acerqué ligeramente a la puerta y pegué la oreja a la madera, no estaba segura de querer mirar por la mirilla. De repente noté como algo o alguien o lo que quisiera que fuera que estuviera ahí fuera empujaba la puerta y conseguía abrirla. Me aparté rápidamente y como si del arma más poderosa y segura del mundo se tratara, levante mi lata de cerveza por encima de mi cabeza dispuesta a lanzársela a quien osara traspasar el umbral de la puerta. Gritamos las dos, las dos sombras. Rápidamente y de forma racional ella encendió la luz de la entrada. Después del fogonazo inicial, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, la reconocí. ¿Qué cojones hacía aquí?¿Por qué no me ha dicho nada?¿Se quedó las llaves al final?¿Que coño lleva puesto? Las preguntas se precipitaban en mi cabeza y ella, simplemente me miró enarbolando la lata cual arma arrojadiza y sonrió. Se acercó, me beso mientras acariciaba mi nuca rapada y yo dejé caer al suelo mi improvisada arma. Nuestros brazos se buscaron mutuamente en un baile de sobra conocido para fundirse en un sólo cuerpo mientras ella me susurra al oído -aquí no puede pasar nada-.
martes, 22 de agosto de 2017
Capítulo primero. Keroseno
Me he cruzado con tu sonrisa mientras conducía, la he vuelto a ver de soslayo entre un reflejo del sol de media tarde y un semáforo en rojo que me ha traído recuerdos de besos furtivos en ese tupper de hojalata delante de otros semáforos en rojo. Te he descubierto mirándome, observando cada uno de mis movimientos mientras conduzco, al mismo tiempo que acaricias mi nuca. Tu mano se deja caer hasta apoyarse en mi pierna derecha. Dejando de lado esa manía mía al conducir, despego mi mano derecha de la palanca de cambios y la entrelazo con la tuya; en un gesto suave y tierno me llevo tu mano hacia mis labios y la beso, la respiro y la beso. Cierro los ojos la milésima de segundo que puedo para decirte, en ese beso, todo sin necesidad de decir nada. Sonríes y no puedo evitar una sonrisa de vuelta. Llevo nuestras manos hasta tu muslo donde las dejo jugando y acariciándose mutuamente. Aunque no te lo diga me gusta cuando me miras, me gusta cuando conduzco y me miras, cuando te… El sonido de un claxon instándome a reanudar la marcha me hace volver a la realidad. El semáforo que antes era rojo ahora es verde y me descubro a mi misma mirando tu asiento del coche.
martes, 15 de agosto de 2017
Castizas
Caminábamos de la mano, mis dedos jugueteaban con los suyos mientras cruzábamos el Viaducto de la calle Bailén. A nuestras espaldas se oía aún la verbena de las fiestas grandes de La Paloma. La miraba de reojo mientras caminábamos y nuestro reflejo se veía parcialmente en las mamparas de metacrilato del puente. Se me escapa sola una sonrisa de absoluta devoción y felicidad. Nos acercábamos ya a la cuesta de la Almudena cuando, a pesar de la lejanía, llegué a distinguir los primeros acordes de un chotis. Me pongo delante de ella, sin soltarla de la mano, y mirándola entre risas y besos me pongo a cantarle, y digo cantarle porque se lo canto a ella, a esta improvisada “Emperatriz de Lavapiés”. Ella me mira y se ríe, canta conmigo, sin vergüenza alguna, los trozos de esa letra que le he cantado mil veces y que por fuerza ya se ha aprendido. Le queda tan jodidamente bien ese clavel rojo, ella siempre ha sido muy de revoluciones. A medida que bajamos la cuesta y nos aproximamos al coche la música se vuelve más difusa y nuestras risas más nítidas. Al llegar al coche se apoya contra él, me quedo mirándola, el tiempo parece pararse y todo cuanto nos rodea parece desaparecer. Me acerco y la beso suave, me gusta haber aprendido a besar lento porque así soy capaz de disfrutar más el momento. Pronto lo que parecía un beso inocente se transforma en un fogoso intento por devorarnos mutuamente. Acaloradas y con la piel erizada nos apresuramos a entrar al coche y arrancar para celebrar nuestro particular fin de fiestas.
sábado, 12 de agosto de 2017
Todo. Nada
Acaricié su cuerpo desnudo bajo las sábanas. Con los ojos cerrados mis dedos bailaban lentos por su pierna izquierda en una travesía ascendente. Su piel, en contacto con la mía, emanaba ese calor cálido y reconfortante en esta fría noche de verano. Cuando mis dedos rozaron la costura de sus bragas las imágenes se precipitaron a borbotones en mi cerebro, lascivo y perturbado; recuerdos que aparecen como fotogramas nítidos me hacen viajar unas horas en el tiempo cuando mis manos se comportaban un poco menos y nuestros cuerpos hablaban del mismo verbo. La lluvia que golpeaba contra el cristal de la habitación de su ático, como pidiendo permiso para entrar, me saca de mi estado de trance. La luz blanca y fría de los relámpagos se colaba, sin pedir permiso, iluminando toda la estancia. Giro la cabeza hacia su lado de la cama, adoro ver como duerme. Inconscientemente se me dibuja una sonrisa, también en los ojos con los que la miro. Algunos pequeños espasmos, en los músculos de su cara, me advierten de la profundidad de su sueño. No puedo resistirme a besarla y como intentando que ese beso se colara en su mundo de lo onírico mis labios rozan los suyos con una ternura infinita. Inevitablemente se despierta, a duras penas puede entreabrir los ojos, me sonríe y yo ya. Me devuelve el beso y se gira pidiéndome, sin hablar, que la abrace para que no pueda pasar nada.
martes, 1 de agosto de 2017
El insomnio de una noche de verano
El corazón se me iba a salir por la boca, notaba mi músculo cardíaco desbocado, golpeando contra mi pecho como queriéndose escapar. Me ardían los pulmones y la garganta. Mi respiración acelerada y esa sensación de presión en la sien. Con las manos apoyadas en mis rodillas intento recuperar el ritmo normal de mi respiración. El claxon de un taxi me saca de mi estado de recuperación, me había parado en mitad de un paso de peatones. Deshubicada me disculpo y camino hacia la acera. Intento buscar alguna referencia espacial para ubicarme pero ni si quiera se donde estoy. Me siento en un bordillo cercano. Notaba las gotas de sudor cayendo por mi frente y mi espalda. Me apoyo en el cierre de chapa y éste se queja ante el inesperado golpe. Cierro los ojos. Estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado y mira que dicen que Madrid es grande. Podría haber elegido cualquier otra calle por la que pasar pero decidí atajar por ahí y las vi, apoyadas en aquel coche. Reconocí vagamente a su acompañante pero ella es inconfundible. Abrazadas, besándose entre risas y caricias, ajenas al mundanal ruido de una calle tan céntrica. Podría haberme acercado, haber montado una escena, haber roto a llorar o incluso haber perdido la cabeza y los papeles pero en lugar de todo eso me quede allí, paralizada, viendo como tras ese festín se alejaban girando la esquina. Entonces corrí, corrí hasta que no pude pensar en nada, en nadie, solo en seguir respirando. Algo más tranquila, y tras ver una boca de Metro, consigo ubicarme. Me levanto despacio, camino como si lo hiciera en piloto automático. Entro al supermercado que hay debajo de casa y compro una botella de vino blanco; ella es más de tinto pero, francamente, no creo que venga a cenar.
martes, 10 de enero de 2017
Geminis I
Un día malo, un entrenamiento aún peor. Es tarde y mis ganas de ir a casa son nulas a pesar de todo. Cojo mis cosas y me dirijo al vestuario. Al menos me voy sola, creo que mis ganas de conversar han muerto en ese último pase que le he dado a la nada. Arrastrando los pies y más despacio de lo que debería avanzo con desgana. Alguien pasa corriendo y me golpea en el hombro sin querer; mi bolsa y los balones caen al suelo. Miro todos esos trastos inmóvil, esperando que se recogieran solos o les salieran alas para no tener que agacharme a por ellos. Noto que quien me ha golpeado se gira con un lo siento que frena sus revoluciones. La veo agacharse, respiro profundo y la imito. Continúa disculpándose o eso creo, he dejado de escucharla en el preciso instante en el que ha levantado la cabeza para darme una de mis zapatillas y he visto su cara. Casualidades del destino, y yo que pensaba que no nos íbamos a volver a cruzar. De repente deja de hablar no tengo muy claro si por mi cara de estúpida o porque hemos pensado lo mismo. Logro articular un gracias, mi diarrea verbal parece haberse cortado abrupta e inoportunamente. Me sonríe. La devuelvo la sonrisa. Se levanta con mis balones en la mano:
- ¿Entras? - me pregunta invitándome a pasar al vestuario.
Asiento en un gesto afirmativo mientras pienso que ya no me hace falta una excusa para buscar una conversación con ella. Entramos y aunque sólo hayamos hablado una vez, la conversación sale fluida y viva como en aquella otra ocasión. Hablamos, de todo y de nada. Nos duchamos y a media que vamos guardando las cosas presentimos el final de una conversación que morirá entre espejos empañados y olor a champú. Tomando consciencia del sonido de cada engranaje de las cremalleras de las mochilas al cerrarse, y lo que eso significa, pienso en girarme y decirle que estoy harta del día de hoy, que son sólo las nueve y que tiene una risa preciosa. Pero a decir verdad me giro y le sonrío con un "hasta luego" mientras la veo salir de ese vestuario lleno de barro.
viernes, 6 de enero de 2017
Y va enero y pasa
Cabizbaja, con la mirada perdida en alguna baldosa rota o mirando sin ver los chicles que se adhieren a la acera como fósiles urbanitas, caminaba pensativa de camino a casa. Era tarde, hacía frío, iba poco abrigada porque hay poco camino desde el coche e ilusamente pensaba que no hacía falta esa capa extra. Saco las llaves de mi bolsillo y jugueteo con ellas mientras recorro ese breve pero tedioso camino. Veo a alguien sentado en las escaleras, frente a mi portal. Siento cierto recelo a seguir avanzando, a esas horas no suele haber nadie por mi barrio y menos delante de la puerta de mi casa. Definitivamente me convenzo a mi misma de seguir adelante, no sin antes tomar precauciones. Camino decidida pero cautelosa y cual es mi sorpresa cuando la silueta, a medida que me acerco, se va definiendo en alguien que me es demasiado familiar. Hacía años que no la veía, qué la traería por la capital lusa; aunque sin lugar a duda lo más inquietante es cómo sabía mi dirección. Al llegar no pronuncio palabra alguna, intercambiamos miradas. Ella se levanta y se queda mirándome. A pesar de todo me falta tiempo para abrazarla. Ese olor, su olor. Después de ese intenso abrazo rompemos el silencio:
- Feliz cumpleaños - me dice con una sonrisa de oreja a oreja que para ser sinceros me agrada volver a ver.
Extrañada respondo - no es mi cumpleaños... -.
- Ya, ya lo sé, es el mío - dice de forma tajante pero sin perder esa sonrisa.
Mi cara de desconcierto la anima a continuar con su premeditado plan. Se acerca a mí y me da un beso en la mejilla pero tan cerca de la comisura de la boca que deja entrever sus intenciones. Al apartarse me rio, me paso la mano por la cara y la nuca, - ¿subes? - digo al tiempo que señalo mi portal con la cabeza.
miércoles, 4 de enero de 2017
Agobio
Éramos,
de vez en cuando,
sábanas vacías
y noches en vela.
Otras,
en cambio,
eramos abrigo
y la envidia de un Madrid
vacío.
Detalles que ni quieren,
ni saben
comprender o apreciar.
Que el mundo
está hecho para valientes
y tú aún tienes
asignaturas pendientes.
No con los libros
o conmigo,
sino con el espejo
que te mira de frente
y te mueve a su antojo.
lunes, 2 de enero de 2017
Geometría incandescente
Éramos trocitos de primavera,
acurrucadas,
dentro de una habitación hermética.
Fuera, frío,
que helaba hasta las venas.
Te contemplo desnuda,
desierta y jodidamente perfecta.
Geometría incandescente
que dilata mis pupilas,
que me hierve la sangre
y me moja la entrepierna.
Amanece,
cuando el mundo se cae a trozos.
Pero tú estás en mi cama
y lo de ahí fuera importa poco.
acurrucadas,
dentro de una habitación hermética.
Fuera, frío,
que helaba hasta las venas.
Te contemplo desnuda,
desierta y jodidamente perfecta.
Geometría incandescente
que dilata mis pupilas,
que me hierve la sangre
y me moja la entrepierna.
Amanece,
cuando el mundo se cae a trozos.
Pero tú estás en mi cama
y lo de ahí fuera importa poco.
Insomnio crónico
Te leía a oscuras en la madrugada, con sueño, con mucho sueño, con el sueño típico de quien no descansa y trasnocha más de la cuenta. El silencio de la noche era interrumpido por los ronquidos de mi vecino que traspasaban el fino muro que nos separaba. Harta de mirar la pantalla del ordenador me levanto de mi cama y voy a la cocina. Camino descalza, notando el desagradable frío del suelo, porque me da pereza buscar las zapatillas. Té rojo con sabe dios cuantas cucharadas de azúcar. Me apoyo en el cerco de la puerta, miro la habitación y mi cama, de la que huía, sigue vacía. Doy media vuelta y me voy al sofá. Enciendo la televisión; teletienda, videntes, un poco de porno... Apago esa caja estúpida. ¿Y sí lo qué me hace falta es comprarme un Turbo 1000 Power Abdominator? ¿O que Júpiter entre en la séptima casa? Desecho esos pensamientos cuando me descubro a mí misma mirando al techo del salón, masturbándome, en un habitual y desesperado intento por conciliar el sueño.
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