Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

martes, 29 de agosto de 2017

Capítulo segundo. Katarsis

Como otras tantas noches de este atípico verano me encontraba mirando por la ventana. La cerveza que había cogido de la nevera reposaba en la jardinera, junto a los geranios, como una planta más. Las temperaturas habían bajado considerablemente estos días y entré en el salón a coger mi sudadera que aún seguía tirada encima del sofá, justo donde ella la había dejado. Nada más ponérmela respiré su olor, la respiré a ella, como si el simple hecho de ponerme esa sudadera se hubiera transformado en un fugaz abrazo. Reconfortada con la calidez de la prenda salí nuevamente a la terraza. Veía los coches y a los peatones pasar con frecuencia por la calle principal pero nadie giraba hacia el callejón. Esta noche mi particular televisión estaba siendo especialmente aburrida. Cogí la lata del macetero y me disponía a abrirla cuando un taxi giró precipitadamente y entró en el callejón, un frenazo brusco lo detuvo frente al portal. Extrañada volví a dejar la cerveza en la tierra donde pronto, a este paso, le empezarían a salir raíces. Achiné los ojos en un burdo intento por averiguar quien viajaba en la parte trasera. Mi curiosidad pronto fue saciada cuando vi bajarse a una mujer del vehículo. El taxista, con gestos parsimoniosos que contrastaban enormemente con los de la mujer, se acercó al maletero y sacó una bolsa de deporte. A decir verdad ese equipaje me era extrañamente familiar pero entre la semioscuridad del callejón y la virulencia con la que la mujer le cogió la bolsa al taxista no pude distinguir ni la bolsa, ni a la mujer. Apresuradamente ella entró al portal y el taxista, con la misma calma que había demostrado anteriormente, salió de nuevo hacia la avenida. Miré el móvil, que estaba apoyado en el asiento de una de las sillas plegables de la terraza, y comprobé que, como era de esperar a la 1:42 de la mañana, nadie me requería. Cogí nuevamente la cerveza para abrirla pero me di cuenta de que ya estaba caliente. Molesta fui hacia la cocina a dejar la lata de cerveza en la nevera y al pasar por la puerta de la entrada me pareció escuchar una voz al otro lado, como si alguien murmurara. Me acerqué ligeramente a la puerta y pegué la oreja a la madera, no estaba segura de querer mirar por la mirilla. De repente noté como algo o alguien o lo que quisiera que fuera que estuviera ahí fuera empujaba la puerta y conseguía abrirla. Me aparté rápidamente y como si del arma más poderosa y segura del mundo se tratara, levante mi lata de cerveza por encima de mi cabeza dispuesta a lanzársela a quien osara traspasar el umbral de la puerta. Gritamos las dos, las dos sombras. Rápidamente y de forma racional ella encendió la luz de la entrada. Después del fogonazo inicial, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, la reconocí. ¿Qué cojones hacía aquí?¿Por qué no me ha dicho nada?¿Se quedó las llaves al final?¿Que coño lleva puesto? Las preguntas se precipitaban en mi cabeza y ella, simplemente me miró enarbolando la lata cual arma arrojadiza y sonrió. Se acercó, me beso mientras acariciaba mi nuca rapada y yo dejé caer al suelo mi improvisada arma. Nuestros brazos se buscaron mutuamente en un baile de sobra conocido para fundirse en un sólo cuerpo mientras ella me susurra al oído -aquí no puede pasar nada-. 

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