Hasta aquel día el vaso siempre había estado medio vacío. Miguel era ese tipo de persona que se había aferrado en principio a un optimismo inicial que abandonaba y retomaba por épocas. Por eso estaba medio vacío, al igual que otras podía verse medio lleno. Él no pensaba que ambos conceptos fuesen iguales.
Esa mañana caminaba por su ciudad. Y digo caminaba porque así lo vi. No iba solo ni mucho menos. Tenía un libro en las manos, loa amores ridículos de Milan Kundera. Nunca me dejó leerlo. Me acuerdo... me acuerdo cuando fuimos a la casa del mar, era de su padre. Aquel día se dejó el libro en la mesa y en cierta parte tuve celos de las tapas rojas de pasión, de las palabras que él decía que nunca pude decirle. Ni adivinarle, ni pensarle. Él creía en la armonía de los párrafos, en el orden de las letras y en lo divino de las palabras correctamente colocadas.
Yo era desorden, caos y a la vez lógica. Siempre me cuestioné el hecho de la pareja que formábamos. Él me engañaba. Con sus libros. Así era su vida, por etapas con nombre de autores. Pude vivir dos de ellas, las otras no me dejó verlas. Antes del hombre, fue otra mujer. Margarite Duras y su libro "El amante". El mundo es muy irónico cuando quiere, ¿sabes?.
- Yo creo en la literatura y en el amor.
Por eso me dejó por otra. Se llamaba Virginia, y conjugaba las dos cosas. Verdad y ambigüedad. También era Woolf. Por lo demás, le he estado dando vueltas (muchas) por que no recuerdo algunas cosas, salvo su figura que a veces en sueños se me aparece, un par de palabras sueltas y algunos gritos que hoy se alejan en pesadillas.
Autora: Andrea Toribio Álvarez @andretori
No hay comentarios:
Publicar un comentario