Hoy cenábamos por el centro, es primeros de mes y tenemos dinero para regalarnos una cena que conste de algo más que nuggets y hamburguesas de un euro. Cenamos en un griego. Al salir vimos que empezaba a chispear - si nos damos prisa llegamos al intercambiador antes de que caiga más fuerte - te dije tratando de ser responsable. Me miraste y te reíste. Saliste fuera del tejadillo de la entrada del restaurante. Mis ojos eran testigos de cómo algunas gotitas de lluvia se iban quedando atrapadas en tu pelo y brillaban con la luz plomiza que proyectaba el sol a través de las nubes grisáceas que encapotaban el centro. En la acera se podía apreciar como la tormenta iba cobrando fuerza y las gotas caían de forma más continua. Cuando tu camiseta azul estaba lo suficientemente moteada y la tormenta alcanzó el punto de no retorno tiraste de mí para empaparnos las dos. Entre besos, carreras, parones en medio de la acera y semáforos en rojo terminamos llegando a tu casa. Entre las cuatro paredes de tu cuarto dimos rienda suelta a nuestra pasión, alimentada por la excitación que nos provocan los truenos, las gotas violentas que golpean con fuerza contra el cristal y los flashes luminosos se cuelan por las rendijas de la persiana a medio bajar de tu cuarto. Pero después de toda tormenta reina la calma; dormimos hasta medio día enredadas en tu colchón.
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