Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

martes, 27 de septiembre de 2011

Mi Eva y mi fruta prohibida

Entró en la cocina deprisa, huyendo de mí. Yo iba detrás de ella mientras le rogaba que me escuchase, ella se limitaba a guardar silencio. Quizá ya hubiese dicho todo lo que tenía que decir o simplemente no tenía nada que decir. Abrió la nevera con ímpetu y sacó de ella un envase de plástico: las fresas que habíamos comprado esa misma tarde. Del armario que se encontraba a su izquierda sacó un escurridor y lo colocó en la pila del fregadero. - No te enfades por favor, lo siento... por favor, escúchame - continuaba diciendo mientras ella rompía el plástico del envase en el que se encontraban las fresas. Sus manos se detuvieron, giró la cara y me miró con una expresión de pocos amigos, con voz seria y firme me dijo - ya te he escuchado -. Apartó su mirada de la mía, a a la cual había traspasado y reducido a la más mínima expresión. Una vez colocadas todas las fresas en el escurridor abrió el grifo y dejó que el agua cayese sobre ellas. Yo hacía tiempo que estaba callada. Cuando el agua había llegado a todas las fresas cerró el grifo. Los pequeños frutos rojizos brillaban debido a esas gotas que se acumulaban en su superficie y simulaban un rocío de media tarde. Me miró de soslayo e intuí como una sonrisa pícara se dibujaba en su cara. Con un grácil movimiento cogió una fresa entre sus dedos y le arrancó el penacho verde. Se giró hacia mí, con la fresa en al mano, tiró de mi camiseta y me acercó a ella. Se mordió el labio inferior con esa seducción innata que el confiere ese gesto. Alzó su mano y puso la fresa en su boca; sus labios la sostenían para que la parte que quedaba fuera, y que me invitaba a comer, no hiciera que el pequeño fruto se precipitara al vacío. Inconscientemente me humedecí los labios con la lengua y sonreí. Me acerqué a ella mirándola a la los ojos y en el último instante, antes de que nuestros labios se rozaran, cerré los ojos. Mordí la fresa y noté como el jugo, ligeramente ácido, resbalaba por nuestros labios. Tras ese lascivo bocado nuestros labios se encontraron, sin moverse, colmándose de esa presencia; los míos de los suyos y los suyos de los míos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Errónea infelicidad

Coges mi mano izquierda entre las tuyas y me miras a los ojos entre lágrimas; tu rostro está pintado de negro. Tengo la cara empapada. Los ojos doloridos, hinchados y rojos; los cierro lo más fuerte que puedo y aprieto mis labios con la esperanza de que al abrirlos tú no continúes ahí y todo esto no sea más que una horrible pesadilla. Abro los ojos y tú sigues ahí, repitiendo lo mismo una y otra vez - lo siento, lo siento... -. Mi rostro vuelve a dibujar una expresión de dolor y desesperación. Nuevas lágrimas surcan mis mejillas. Mis labios se despegan con la intención de pronunciar alguna palabra, pero ni el más mínimo ápice de voz es articulado. Vuelvo a cerrar los ojos y las lágrimas se desbordan una vez más de mis ojos. Elevas tu mano derecha hasta rozar mi mejilla, tus dedos se empapan con mis lágrimas. Las dos lloramos. Aparto mi cara de tu mano, el roce de tu piel me quema. No me dejas que huya y con tu mano coges mi barbilla y me obligas a girar la cara hacia ti. Te miro a los ojos y veo como tu alma también se fragmenta en pedazos. Vuelvo a intentar decir algo pero posas tu índice sobre mis labios - no digas nada, ya lo sé... sabes que siempre sentiré lo mismo - me dices mientras una lágrima pasa por tu labios. Te acercas y me abrazas, sentir tu calor me reconforta; sentir tu presencia me hace sentirme viva a pesar de estar muriendo en vida. Apoyada en mi hombro, mientras empapas mi camiseta con nuevas lágrimas, me dices entre sollozos - tú, en el fondo, también sabes que es lo mejor -. Te abrazo con más fuerza, tratando de decirte así lo que con palabras, ahora mismo, soy incapaz de decir.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Bajo cinco

Caminábamos cabizbajas por Gran Vía en una madrugada demasiado fría. De reojo vi como hacías ímprobos esfuerzos por evitar que tus dientes castañetearan pero tu piel, porosa, pedía a gritos algo de abrigo. Contemplaste como me desprendía de una de las dos capas de ropa que cubrían mi cuerpo. - Toma mi sudadera - te dije con voz autoritaria ofreciéndotela; - no, no tengo frío gracias - dijiste de un modo brusco y distante al que estaba muy poco acostumbrada. Te miré a los ojos, intimidante, y aceptaste mi ofrecimiento. El color rojo de mi sudadera no pegaba con nada de lo que llevabas. El calor que aún conservaba la prenda y que recorrió todo tu cuerpo en cuanto te la pusiste te hizo esbozar una efímera sonrisa que apresuradamente trataste de disimular. Continuamos caminando dirección Cibeles con el mismo mutismo que nos había acompañado desde que habíamos salido de aquel ruidoso antro. Tenía frío. Involuntariamente nuestras manos se rozaron, fugazmente, pero fueron las milésimas de segundo necesarias para eliminar cualquier atisbo de enfado que pudiésemos almacenar después de lo acontecido. Mordiéndote el labio inferior provocaste un nuevo encuentro "casual" de nuestras manos. Esta vez mi dedo índice atrapó a tu meñique; noté como sonreías sin tan siquiera mirarte a esos preciosos ojos que en esta noche me devolverían el reflejo de la luna llena. Tenías la mano congelada; cogí tu mano con algo más de firmeza y la puse entre las mías, para intentar calentarla. Cuando me sentí incapaz de proporcionarte más calor levanté mi mano derecha, que hacía de tapa, y besé suavemente tu mano. Mis labios, casi adormecidos por el frío, te hicieron caer en la cuenta de que estábamos a unos cinco grados y yo llevaba más de quince minutos en manga corta. Sin previo aviso, me cogiste del brazo y me obligaste a girarme hacia ti. Me abrazaste intentando que entrase en calor, frotaste mis brazos con la esperanza de que recuperasen su color original. Todos tus esfuerzos porque recuperase mi calor corporal parecían obtener unos resultados nefastos hasta que tus labios buscaron los míos. Tu propio calor inundó mi cuerpo y reconfortó cada centímetro de mi ser.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Solamente nosotras

El cambio de luz me molesta, la ausencia de las ráfagas discontinúas de la luz del televisor me hacen entreabrir los ojos y pestañear un par de veces. Adormecida; con los ojos medio cerrados consigo vislumbrar, entre las pestañas, los créditos de la película. Con la mano derecha me froto el ojo, la mano cae por mi mejilla mientras miro la hora en el reloj de grandes número verdes. 02:14. Noto el peso de tu cuerpo sobre el mío y como tu mano, relajada aún permanece enredada con la mía sobre tu regazo. - Mi amor, mi amor - digo en un susurro para comprobar si estas dormida. Efectivamente mis sospechas eran ciertas; tu respiración lenta y profunda y tu absoluta inmovilidad corroboran mi presentimiento. Tengo dos opciones: quedarnos aquí a dormir y que mañana seamos incapaces de levantarnos debido a las múltiples contracturas que tendremos por todo el cuerpo o hacer acopio de toda mi dulzura y todo mi cuidado para llevarte en brazos a la cama sin que te despiertes. La segunda opción, sin lugar a dudas, es la más acertada. Con cuidado aparto la manta que cubría nuestros cuerpos. Lentamente separo tu espalda de mi torso y apoyo mi pierna derecha en el suelo. Como si de una experta contorsionista se tratara consigo sacar mi pierna izquierda y apoyarla también en el parqueé mientras sujeto tu cuerpo para que se mueva lo menos posible. Una vez de pie te cojo en brazos, con cuidado de no realizar movimientos demasiado bruscos. Lentamente camino por el pasillo, contigo en brazos, y entro en la habitación. La cama ya estaba abierta y las velas aún iluminaban parcialmente la estancia. Creo que nuestra velada romántica para celebrar nuestro decimosegundo aniversario no se va a alargar tanto como yo había previsto. Cuidadosamente deposité tu cuerpo en la cama y te arropé con el edredón. Con una tierna sonrisa en mis labios puede contemplar como tu cuerpo se movía complacido al saberse en un lugar cómodo donde poder descansar. Comencé entonces a apagar las velas que aún permanecían encendidas. Poco a poco al habitación se fue sumiendo en una profunda oscuridad interrumpida solamente por la luz de los habituales adornos navideños que se colaban furtivamente en nuestro particular paraíso. Yo también me tumbé en la cama y te rodeé con mi brazo. Acoplaste tu cuerpo al mío buscando la calidez de esa compañía de sobra conocida. Besé tu hombro derecho y aún a sabiendas de que no me oías mis labios susurraron en tu oído - feliz aniversario -.