Se avecinaba una tormenta de verano; el bochorno era insoportable y la poca luz que aún quedaba del día, se la estaban tragando las amenazantes nubes grises que iban llegando. Tumbadas en el sofá de casa con las ventanas y puertas abiertas de par en par, para intentar provocar algo de corriente, veíamos una de esas películas de terror a las que somos asiduas. A lo lejos comenzaron a oírse truenos y el aire traía ya ese característico olor a tierra mojada. Los relámpagos previos a los trueno iluminaban las nubes negras como grietas que las iban a partir en dos. El resplandor de esa luz viva en el firmamento iluminaba el salón. Paramos la película y nos asomamos a la ventana para ver el espectáculo que nos ofrecía la naturaleza. Cuando nos apoyamos en el marco de la ventana comenzaban a caer algunas gotas. Antes de que nos pudiéramos dar cuenta teníamos la tormenta encima y el agua caía cual cascada del cielo que rugía sobre nosotras. El agua, que entraba con fuerza por la ventanas, nos estaba empapando. Nos reíamos, sacábamos los brazos y la cabeza por la ventana mientras gritábamos y disfrutábamos de la tormenta. Me giré, te miré, acaricié tu pelo mojado y dejé mi mano en tu nuca. Me puse de puntillas y te besé. Cuando me separé y tus labios perdieron el contacto con los míos abriste los ojos muy despacio, como quien se deleita con el primer bocado de algo exquisito. Finalmente tus manos agarraron mi cintura por debajo de la camiseta y me atrajeron hacia ti. Nuestros labios estaban a escasos centímetros. Ladeaste ligeramente tu cabeza hacia la izquierda y, sin ni si quiera pensarlo, hice el movimiento reflejo hasta que nos fundimos en un beso que habría podido fundir los propios relámpagos.
Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.
viernes, 21 de agosto de 2015
viernes, 14 de agosto de 2015
Nos sale sólo
Me desperté con su olor impregnando la almohada. La tenue luz que se colaba por las rendijas de la persiana, bajada casi hasta abajo, evitaba la completa oscuridad en la habitación y era signo más que evidente de que hoy volvíamos a compartir cama. Al abrir los ojos la vi ahí tumbada, casi completamente desnuda, junto a mí. Cada una de las curvas de su cuerpo atrapaban a mis ojos que la observaban con una ternura y un deseo infinitos. Mi brazo izquierdo caía suavemente sobre su cintura, rodeándola; mi mano había decidido trepar hasta su cabeza para acariciar su pelo, una vez más, pero sus manos atraparon mi brazo impidiéndole el ascenso. Se apretó fuerte contra mi brazo y contra mí reclamando un abrazo de esos que podrían haber fusionado nuestros cuerpos. La correspondí y la abracé tan fuerte como pude mientras mis labios besaban repetidamente su hombro izquierdo. Cuando mi boca se separó de su piel el susurro de un - no me voy, no me voy a ningún lado, estoy aquí - ocupó el ínfimo espacio que quedaba entre su nuca y mi boca. Nos quedamos abrazadas, siendo una sola, durante un buen rato pero me supo a poco teniendo en cuenta que me podría pasar ahí el resto de mi vida. Cuando su cuerpo se despertó una guerra de esas que tanto echaba de menos nos atrapó. Entre risas, juegos, mordiscos, venganzas, saliva y miradas cómplices se colaron unos besos fortuitos que presupongo inevitables cuando lo de dentro late tan fuerte.
domingo, 9 de agosto de 2015
Música y ruedas
Atípicamente le había dejado poner en mi coche la música que ella quisiera mientras conducía de camino a su casa. Le dio por mandar a la mierda al mundo. Mientras atravesábamos la ciudad vecina, que estaba desértica a esas horas, decidió girar la rueda del volumen y despertar a quienes dormían. A gritos en el coche, mientras reíamos, escuchábamos en bucle aquella canción que ahora vuelve a sonar entre mis cuatro paredes. La miro de reojo mientras el aire que entra por la ventanilla la despeina e involuntariamente me pinta una de esas sonrisas. Conduzco cual autómata, el hecho de conocer el camino de memoria me permite prestarle más atención a ella. Su risa, la mía, mi voz destrozando la canción y la suya disfrutando al cantar la misma canción por quinta vez consecutiva. Inconscientemente me muerdo el labio inferior, está tan guapa, sin vergüenza, cantando a gritos en mi coche, riéndose conmigo. Antes de darme cuenta nuestro viaje llega a su fin; paro delante de su casa, de fondo seguía sonando la misma canción. Nos giramos parcialmente en nuestros asientos para darnos un abrazo de despedida, al separarnos ella seguía canturreando bajito. Abrió la puerta del coche y se iba a bajar cuando en mi cabeza sonó "a la mierda". - Ei - dije para detener su partida, ella se giró y se quedó mirándome a los labios como instándome a continuar hablando. Dudé, dudé de cometer una locura. Contra todo pronóstico conociéndome a mí misma ladeé ligeramente la cabeza y besé su mejilla izquierda. Unas palabras que habrían querido decir otra cosa escupieron un - se buena - que terminó con una sonrisa que poco o nada reflejaba mi verdadero estado de ánimo. Ella respondió con un - siempre - y se bajó del coche con esa sonrisa que transmitía esa rabia y esa resignación ante unas circunstancias que bien podrían ser de otra forma pero que no lo son.
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