Me desperté con su olor impregnando la almohada. La tenue luz que se colaba por las rendijas de la persiana, bajada casi hasta abajo, evitaba la completa oscuridad en la habitación y era signo más que evidente de que hoy volvíamos a compartir cama. Al abrir los ojos la vi ahí tumbada, casi completamente desnuda, junto a mí. Cada una de las curvas de su cuerpo atrapaban a mis ojos que la observaban con una ternura y un deseo infinitos. Mi brazo izquierdo caía suavemente sobre su cintura, rodeándola; mi mano había decidido trepar hasta su cabeza para acariciar su pelo, una vez más, pero sus manos atraparon mi brazo impidiéndole el ascenso. Se apretó fuerte contra mi brazo y contra mí reclamando un abrazo de esos que podrían haber fusionado nuestros cuerpos. La correspondí y la abracé tan fuerte como pude mientras mis labios besaban repetidamente su hombro izquierdo. Cuando mi boca se separó de su piel el susurro de un - no me voy, no me voy a ningún lado, estoy aquí - ocupó el ínfimo espacio que quedaba entre su nuca y mi boca. Nos quedamos abrazadas, siendo una sola, durante un buen rato pero me supo a poco teniendo en cuenta que me podría pasar ahí el resto de mi vida. Cuando su cuerpo se despertó una guerra de esas que tanto echaba de menos nos atrapó. Entre risas, juegos, mordiscos, venganzas, saliva y miradas cómplices se colaron unos besos fortuitos que presupongo inevitables cuando lo de dentro late tan fuerte.
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