Atípicamente le había dejado poner en mi coche la música que ella quisiera mientras conducía de camino a su casa. Le dio por mandar a la mierda al mundo. Mientras atravesábamos la ciudad vecina, que estaba desértica a esas horas, decidió girar la rueda del volumen y despertar a quienes dormían. A gritos en el coche, mientras reíamos, escuchábamos en bucle aquella canción que ahora vuelve a sonar entre mis cuatro paredes. La miro de reojo mientras el aire que entra por la ventanilla la despeina e involuntariamente me pinta una de esas sonrisas. Conduzco cual autómata, el hecho de conocer el camino de memoria me permite prestarle más atención a ella. Su risa, la mía, mi voz destrozando la canción y la suya disfrutando al cantar la misma canción por quinta vez consecutiva. Inconscientemente me muerdo el labio inferior, está tan guapa, sin vergüenza, cantando a gritos en mi coche, riéndose conmigo. Antes de darme cuenta nuestro viaje llega a su fin; paro delante de su casa, de fondo seguía sonando la misma canción. Nos giramos parcialmente en nuestros asientos para darnos un abrazo de despedida, al separarnos ella seguía canturreando bajito. Abrió la puerta del coche y se iba a bajar cuando en mi cabeza sonó "a la mierda". - Ei - dije para detener su partida, ella se giró y se quedó mirándome a los labios como instándome a continuar hablando. Dudé, dudé de cometer una locura. Contra todo pronóstico conociéndome a mí misma ladeé ligeramente la cabeza y besé su mejilla izquierda. Unas palabras que habrían querido decir otra cosa escupieron un - se buena - que terminó con una sonrisa que poco o nada reflejaba mi verdadero estado de ánimo. Ella respondió con un - siempre - y se bajó del coche con esa sonrisa que transmitía esa rabia y esa resignación ante unas circunstancias que bien podrían ser de otra forma pero que no lo son.
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