Volvíamos del aeropuerto, subiendo las escaleras entre risas y miradas cómplices. Instándonos mutuamente a guardar un silencio cauteloso para no despertar a los vecinos. Su maleta pesaba, apenas había dejado nada de ropa en casa. Me negué a que ella subiese los tres pisos con la maleta a cuestas. Nada más entrar a casa nos desprendimos de nuestros abrigos. Había dejado la calefacción puesta para que, a nuestro regreso, el calor hogareño reconfortase nuestros cuerpos entumecidos por el frío. Mientras dejaba la maleta en al habitación te acomodaste en el sofá. - ¿Te preparo algo de cena cielo? - le pregunté siendo consciente de que no había tomado nada durante el vuelo. - Sí, algo ligero - contestó sin pensarlo demasiado. Me dirigí a la cocina y al abrir la nevera pensé en lo ligera que iba a ser la cena, no había nada. Volví al salón con el inalámbrico en la mano - cariño, creo que vamos a tener que llamar... - mi frase quedó incompleta cuando la vi tumbada en el sillón con los ojos cerrados. Sonriendo me acerqué a ella y le quité las botas color camel que llevaba puestas. Le puse un cojín a modo de almohada y le eché la manta por encima. La besé la frente con cuidado. Sonreía mientras la miraba. Despacio me acerqué al interruptor y apagué la luz del salón. Atravesé el pasillo hasta llegar a la habitación. Puse su maleta sobre la cama y la abrí. Empecé a separar la ropa para echarla a lavar y a colocar los zapatos en su sitio, cuando entre un par de camisetas apareció un libro. No recordaba haberlo visto antes por casa. El título no estaba en español por lo que imaginé que se lo había comprado allí. Le di la vuelta y leí la contraportada, se trataba de un libro de temática erótica. Empecé a ojearlo cuando me di cuenta de que en las primeras páginas había unas palabras manuscritas: "Porque siempre nos quede esta habitación en Londres". Con las manos temblorosas me senté en el borde de la cama y releí incrédula esas palabras escritas con tinta negra. Cerré los ojos y respiré hondo. Me levanté y secando las lágrimas que se desbordaban de los espejos de mi alma coloqué el libro en la estantería; no quiero explicaciones.
Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.
martes, 25 de octubre de 2011
lunes, 17 de octubre de 2011
Deseos de futuro
Distraída miraba por la ventana. Multitud de gotas habían quedado en la superficie del cristal de la ventana tras una habitual lluvia otoñal. El cielo estaba gris y los árboles eran mecidos por el viento. La serie había empezado pero yo continuaba absorta en mis pensamientos, divagando a través de ese cuadro translúcido. Noté una ligera presión en el sillón y sentí tu cuerpo más cerca del mío. Besaste mi hombro izquierdo tratando de llamar mi atención. Aquella caricia me hizo salir de mi momentáneo estado de aislamiento. Te miré, sonreí, me besaste. Cuando mis ojos se abrieron, inconscientemente, una sonrisa se dibujó en mi cara. Te propuse salir a dar una vuelta, a pesar de la inestabilidad meteorológica, y para mi sorpresa aceptaste de buen grado sin necesidad de supeditarme al chantaje de besos al que últimamente te has vuelto tan aficionada. Mientras nos vestíamos bromeábamos, como siempre, y me placaste un par de veces contra la cama para someterme a tus besos, como otras tantas veces. Una vez listas y después de haberme intentado seducir en el pasillo, con efectivos resultados, encendiste la luz de la entrada para mirarte una última vez en el espejo antes de salir de casa. - Vas preciosa, como siempre - te dije mientras besaba tu mejilla izquierda y te miraba en la imagen del reflejo. Agarré el manillar de la puerta y cuando comencé a abrirla rodeaste mi cintura desde atrás y me deleitaste con un beso entre el cuello y la nuca. Saliste detrás de mí; apagué la luz y cerré la puerta, sin dar portazo.
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