Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Comando

             Se despierta a horas intempestivas porque anoche no nos acostamos; llegamos cuando en Madrid ya había atascos. Esos amaneceres en los que se hace tarde para comer pero pronto para cenar. Viene al salón porque no me ve en la cama, no le extraña, pero si me extraña, no de raro sino de echar de menos. Aparece descalza, con esos pijamas improvisados a los que somos tan aficionadas. Despeinada, me mira con ese gesto en el que aúna sus esfuerzos por huir de la luz y su incomprensión ante mi incapacidad para acumular más horas de sueño entre las sábanas. La sonrío y, como si de un espejo se tratara, me devuelve la sonrisa. En la mesa, delante de mí, entre montañas de papel de regalo, celofán, cajas y demás objetos por envolver, hay un platito de fuet. Hábilmente, mientras nuestros labios se encuentran, me roba algo más que un beso de buenos medios días. - Oyeee que era mío - la increpo bromeando. "Se siente" dicen sus ojos mientras saborea la recompensa del hurto cometido. Mientras, entre risas, se regodea de su triunfo y, sin que lo espere, la muerdo el culo. Me empuja contra el sofá para zafarse de mi mordisco. Se tumba encima de mí y me sujeta con fuerza para que no pueda atacarla. Con la mano que le queda libre comienza a hacerme cosquillas. Yo me retuerzo cual lagartija y la suplico que pare. Ella se ríe y entre nuestras respiraciones aceleradas me pregunta - ¿me vas dejar comerme el fuet? - me río por su chantaje, niego con la cabeza y entre más risas respondo negativamente a su pregunta. Vuelve a acometer contra mis costados con una nueva tanda de cosquillas hasta que, finalmente, la pido que se detenga por miedo a morir de risa - vale, vale, el fuet es todo tuyo, pero para por favor - digo entre risas tratando de alejar sus manos de mí.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Sexo y palomitas

          Y entonces me crucé con ella, con su sonrisa, en medio de la oscuridad que inundaba mi cuarto. Mi cuarto que ya no era tan mío, que más bien era nuestro, de las dos. Instintivamente mis labios buscan los suyos y, sin necesidad de ensayo y error, se encuentran fugazmente como de "buenos días" pero a las seis de la tarde. Nos quedamos mirándonos, porque más allá de nuestros cuerpos desnudos, de nuestras sombras y de nuestro olor, nos vemos. Mis dedos se pierden entre su pelo, al que acarician, y ella rodea mi cuerpo buscando calor y unos minutos más de sueño. A los pocos segundos levanta la cabeza, me mira. El silencio queda ahogado entre sus palabras - haz palomitas, voy buscando peli -. Bromeo con ese gesto de "no soy tu esclava" pero su cara de pena me ablanda y me saca esa sonrisa y ese gesto afirmativo. Así comienza la segunda parte de nuestro ritual vespertino. El olor a mantequilla va inundando la casa. Vuelvo a la habitación con las Coca - Colas en la mano mientras, en la cocina, comienza el tiroteo en el microondas. La veo buscando una película al tiempo que mi habitación se inunda de rock. Sé que vamos a tardar en decidirnos, porque siempre nos cuesta elegir título que no género, ese lo decidimos la primera de las tardes. Ralentizo aún más la búsqueda cuando decido comérmela a besos. Se separa al oír el pitido del microondas y me deja con ganas de besarla más - trae las palomitas - me dice con cara de buena y tirando de mi camiseta. Me hago la enfadada por ese beso a medias. Ella, que sabe lo que me gusta que me siga el juego, tira de mí para que de media vuelta antes de salir de la habitación y me besa de esa forma tan única que me hace perder la percepción del tiempo y el espacio.