Se avecinaba una tormenta de verano; el bochorno era insoportable y la poca luz que aún quedaba del día, se la estaban tragando las amenazantes nubes grises que iban llegando. Tumbadas en el sofá de casa con las ventanas y puertas abiertas de par en par, para intentar provocar algo de corriente, veíamos una de esas películas de terror a las que somos asiduas. A lo lejos comenzaron a oírse truenos y el aire traía ya ese característico olor a tierra mojada. Los relámpagos previos a los trueno iluminaban las nubes negras como grietas que las iban a partir en dos. El resplandor de esa luz viva en el firmamento iluminaba el salón. Paramos la película y nos asomamos a la ventana para ver el espectáculo que nos ofrecía la naturaleza. Cuando nos apoyamos en el marco de la ventana comenzaban a caer algunas gotas. Antes de que nos pudiéramos dar cuenta teníamos la tormenta encima y el agua caía cual cascada del cielo que rugía sobre nosotras. El agua, que entraba con fuerza por la ventanas, nos estaba empapando. Nos reíamos, sacábamos los brazos y la cabeza por la ventana mientras gritábamos y disfrutábamos de la tormenta. Me giré, te miré, acaricié tu pelo mojado y dejé mi mano en tu nuca. Me puse de puntillas y te besé. Cuando me separé y tus labios perdieron el contacto con los míos abriste los ojos muy despacio, como quien se deleita con el primer bocado de algo exquisito. Finalmente tus manos agarraron mi cintura por debajo de la camiseta y me atrajeron hacia ti. Nuestros labios estaban a escasos centímetros. Ladeaste ligeramente tu cabeza hacia la izquierda y, sin ni si quiera pensarlo, hice el movimiento reflejo hasta que nos fundimos en un beso que habría podido fundir los propios relámpagos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario