Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Solamente nosotras

El cambio de luz me molesta, la ausencia de las ráfagas discontinúas de la luz del televisor me hacen entreabrir los ojos y pestañear un par de veces. Adormecida; con los ojos medio cerrados consigo vislumbrar, entre las pestañas, los créditos de la película. Con la mano derecha me froto el ojo, la mano cae por mi mejilla mientras miro la hora en el reloj de grandes número verdes. 02:14. Noto el peso de tu cuerpo sobre el mío y como tu mano, relajada aún permanece enredada con la mía sobre tu regazo. - Mi amor, mi amor - digo en un susurro para comprobar si estas dormida. Efectivamente mis sospechas eran ciertas; tu respiración lenta y profunda y tu absoluta inmovilidad corroboran mi presentimiento. Tengo dos opciones: quedarnos aquí a dormir y que mañana seamos incapaces de levantarnos debido a las múltiples contracturas que tendremos por todo el cuerpo o hacer acopio de toda mi dulzura y todo mi cuidado para llevarte en brazos a la cama sin que te despiertes. La segunda opción, sin lugar a dudas, es la más acertada. Con cuidado aparto la manta que cubría nuestros cuerpos. Lentamente separo tu espalda de mi torso y apoyo mi pierna derecha en el suelo. Como si de una experta contorsionista se tratara consigo sacar mi pierna izquierda y apoyarla también en el parqueé mientras sujeto tu cuerpo para que se mueva lo menos posible. Una vez de pie te cojo en brazos, con cuidado de no realizar movimientos demasiado bruscos. Lentamente camino por el pasillo, contigo en brazos, y entro en la habitación. La cama ya estaba abierta y las velas aún iluminaban parcialmente la estancia. Creo que nuestra velada romántica para celebrar nuestro decimosegundo aniversario no se va a alargar tanto como yo había previsto. Cuidadosamente deposité tu cuerpo en la cama y te arropé con el edredón. Con una tierna sonrisa en mis labios puede contemplar como tu cuerpo se movía complacido al saberse en un lugar cómodo donde poder descansar. Comencé entonces a apagar las velas que aún permanecían encendidas. Poco a poco al habitación se fue sumiendo en una profunda oscuridad interrumpida solamente por la luz de los habituales adornos navideños que se colaban furtivamente en nuestro particular paraíso. Yo también me tumbé en la cama y te rodeé con mi brazo. Acoplaste tu cuerpo al mío buscando la calidez de esa compañía de sobra conocida. Besé tu hombro derecho y aún a sabiendas de que no me oías mis labios susurraron en tu oído - feliz aniversario -.

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