Me arrepentí de haberle dicho que no, que no siguiera insistiendo. Era tarde, como siempre, y yo, como siempre, llegaba tarde. Nos habíamos perdido entre las luces madrileñas, entre el tráfico, entre la gente ebria que, a esas horas, transitaba por las calles de la capital, entre todos esos garitos que me presentaste esas noches de borrachera. Cada paso que andábamos hacia el nocturno que nos llevaría hasta mi casa para compartir almohada suponía estar, paradójicamente, algo más lejos la una de la otra. Intentaba que fuéramos despacio; la verdad es que me daba igual llegar aún más tarde, estaba con ella. Un ejército de búhos, con sus respectivas colas cada uno, nos dieron la bienvenida al llegar a Cibeles. Vi de lejos nuestro bus y por esa manía tan madrileña de ir con prisas, aún sin tenerlas, aceleré el paso obligándola a adaptarse a mi nuevo ritmo. Cogimos el nocturno. Los últimos asientos estaban libres. Cuando el autobús estaba casi completamente vacío llegó nuestra parada. Los aspersores del jardín de al lado de mi casa estaban puestos, refrescaban el ambiente de esta calurosa noche veraniega. Ni un alma por la calle. Subimos los cuatro pisos y entramos en casa. Un silencio sepulcral nos dio la bienvenida. Aquella noche fundimos los plomos de Madrid y quemamos las hamburguesas de la cena y el cocido de mi madre de la comida y el desayuno americano del VIPS que nos comimos al salir de tu casa ayer e incluso, me atrevería a decir, que la pizza del viernes tiradas en los jardines de Oriente. Una hora después de caer exhaustas sobre las sábanas mojadas la alarma del mi móvil sobaba para sacarnos del paraíso a golpe de música. Hora y media más tarde estábamos en aquella estación por la que me había negado a pasar desde que tu cama huele a mí para no imaginar este momento. Pero al final, como todo en la vida, llega y esta despedida no iba a ser menos.
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