Acaricié su cuerpo desnudo bajo las sábanas. Con los ojos cerrados mis dedos bailaban lentos por su pierna izquierda en una travesía ascendente. Su piel, en contacto con la mía, emanaba ese calor cálido y reconfortante en esta fría noche de verano. Cuando mis dedos rozaron la costura de sus bragas las imágenes se precipitaron a borbotones en mi cerebro, lascivo y perturbado; recuerdos que aparecen como fotogramas nítidos me hacen viajar unas horas en el tiempo cuando mis manos se comportaban un poco menos y nuestros cuerpos hablaban del mismo verbo. La lluvia que golpeaba contra el cristal de la habitación de su ático, como pidiendo permiso para entrar, me saca de mi estado de trance. La luz blanca y fría de los relámpagos se colaba, sin pedir permiso, iluminando toda la estancia. Giro la cabeza hacia su lado de la cama, adoro ver como duerme. Inconscientemente se me dibuja una sonrisa, también en los ojos con los que la miro. Algunos pequeños espasmos, en los músculos de su cara, me advierten de la profundidad de su sueño. No puedo resistirme a besarla y como intentando que ese beso se colara en su mundo de lo onírico mis labios rozan los suyos con una ternura infinita. Inevitablemente se despierta, a duras penas puede entreabrir los ojos, me sonríe y yo ya. Me devuelve el beso y se gira pidiéndome, sin hablar, que la abrace para que no pueda pasar nada.
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