El corazón se me iba a salir por la boca, notaba mi músculo cardíaco desbocado, golpeando contra mi pecho como queriéndose escapar. Me ardían los pulmones y la garganta. Mi respiración acelerada y esa sensación de presión en la sien. Con las manos apoyadas en mis rodillas intento recuperar el ritmo normal de mi respiración. El claxon de un taxi me saca de mi estado de recuperación, me había parado en mitad de un paso de peatones. Deshubicada me disculpo y camino hacia la acera. Intento buscar alguna referencia espacial para ubicarme pero ni si quiera se donde estoy. Me siento en un bordillo cercano. Notaba las gotas de sudor cayendo por mi frente y mi espalda. Me apoyo en el cierre de chapa y éste se queja ante el inesperado golpe. Cierro los ojos. Estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado y mira que dicen que Madrid es grande. Podría haber elegido cualquier otra calle por la que pasar pero decidí atajar por ahí y las vi, apoyadas en aquel coche. Reconocí vagamente a su acompañante pero ella es inconfundible. Abrazadas, besándose entre risas y caricias, ajenas al mundanal ruido de una calle tan céntrica. Podría haberme acercado, haber montado una escena, haber roto a llorar o incluso haber perdido la cabeza y los papeles pero en lugar de todo eso me quede allí, paralizada, viendo como tras ese festín se alejaban girando la esquina. Entonces corrí, corrí hasta que no pude pensar en nada, en nadie, solo en seguir respirando. Algo más tranquila, y tras ver una boca de Metro, consigo ubicarme. Me levanto despacio, camino como si lo hiciera en piloto automático. Entro al supermercado que hay debajo de casa y compro una botella de vino blanco; ella es más de tinto pero, francamente, no creo que venga a cenar.
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