Caminábamos de la mano, mis dedos jugueteaban con los suyos mientras cruzábamos el Viaducto de la calle Bailén. A nuestras espaldas se oía aún la verbena de las fiestas grandes de La Paloma. La miraba de reojo mientras caminábamos y nuestro reflejo se veía parcialmente en las mamparas de metacrilato del puente. Se me escapa sola una sonrisa de absoluta devoción y felicidad. Nos acercábamos ya a la cuesta de la Almudena cuando, a pesar de la lejanía, llegué a distinguir los primeros acordes de un chotis. Me pongo delante de ella, sin soltarla de la mano, y mirándola entre risas y besos me pongo a cantarle, y digo cantarle porque se lo canto a ella, a esta improvisada “Emperatriz de Lavapiés”. Ella me mira y se ríe, canta conmigo, sin vergüenza alguna, los trozos de esa letra que le he cantado mil veces y que por fuerza ya se ha aprendido. Le queda tan jodidamente bien ese clavel rojo, ella siempre ha sido muy de revoluciones. A medida que bajamos la cuesta y nos aproximamos al coche la música se vuelve más difusa y nuestras risas más nítidas. Al llegar al coche se apoya contra él, me quedo mirándola, el tiempo parece pararse y todo cuanto nos rodea parece desaparecer. Me acerco y la beso suave, me gusta haber aprendido a besar lento porque así soy capaz de disfrutar más el momento. Pronto lo que parecía un beso inocente se transforma en un fogoso intento por devorarnos mutuamente. Acaloradas y con la piel erizada nos apresuramos a entrar al coche y arrancar para celebrar nuestro particular fin de fiestas.
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