Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

martes, 15 de agosto de 2017

Castizas


Caminábamos de la mano, mis dedos jugueteaban con los suyos mientras cruzábamos el Viaducto de la calle Bailén. A nuestras espaldas se oía aún la verbena de las fiestas grandes de La Paloma. La miraba de reojo mientras caminábamos y nuestro reflejo se veía parcialmente en las mamparas de metacrilato del puente. Se me escapa sola una sonrisa de absoluta devoción y felicidad. Nos acercábamos ya a la cuesta de la Almudena cuando, a pesar de la lejanía, llegué a distinguir los primeros acordes de un chotis. Me pongo delante de ella, sin soltarla de la mano, y mirándola entre risas y besos me pongo a cantarle, y digo cantarle porque se lo canto a ella, a esta improvisada “Emperatriz de Lavapiés”. Ella me mira y se ríe, canta conmigo, sin vergüenza alguna, los trozos de esa letra que le he cantado mil veces y que por fuerza ya se ha aprendido. Le queda tan jodidamente bien ese clavel rojo, ella siempre ha sido muy de revoluciones. A medida que bajamos la cuesta y nos aproximamos al coche la música se vuelve más difusa y nuestras risas más nítidas. Al llegar al coche se apoya contra él, me quedo mirándola, el tiempo parece pararse y todo cuanto nos rodea parece desaparecer. Me acerco y la beso suave, me gusta haber aprendido a besar lento porque así soy capaz de disfrutar más el momento. Pronto lo que parecía un beso inocente se transforma en un fogoso intento por devorarnos mutuamente. Acaloradas y con la piel erizada nos apresuramos a entrar al coche y arrancar para celebrar nuestro particular fin de fiestas.

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