Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Cerámica y plomo

La luz anaranjada del alumbrado público endurecía nuestras facciones al conjugarse, en un verbo perfecto como el de nuestra carne, con las sombras profundas que habitaban en el coche. Entre sonrisas y miradas me dijiste todo y te decía nada. Tenía tu olor impregnado en mis manos, en mi boca, en la ropa, metido hasta mi pituitaria y tatuado en mi cerebro. Cada poro de mi piel te llamaba, en silencio. Me buscabas, cómplice del deseo, de la prisa por darme un beso, de tu risa y mi vergüenza furtiva. Los abrazos se sucedían atropellados como si se sintieran envidiosos unos de otros. Hambrientas nos comimos a besos y los versos. Nuestras miradas se cruzaban de forma recurrente entre las luces y las sombras, te veía sincera, me hablabas de dentro. Paulatinamente los cristales se fueron empañando, señal inequívoca de que la temperatura en ese habitáculo iba en aumento. Los besos cobraron intensidad y las caricias dejaron de ser inocentes, si es que en algún momento lo fueron. Los asientos, completamente echados hacia atrás, nos dejaban libertad de movimiento. Me descalcé con un pretexto estúpido pero absolutamente convincente. Antes de que pudieras darte cuenta estaba encima de ti. Echas la cabeza hacia atrás, te muerdes sutilmente el labio inferior en un gesto casi involuntario y resoplas. Adoro ver la perdición en tu mirada, sentirme reina en este juego de damas. Me precipito al abismo de tu cuello mientras juego con tu pelo entre mis dedos. En pleno diciembre y a nosotras nos sobra toda esa ropa. 

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