Hacía frío, decían; allí tumbadas, desnudas en esa cama prestada con tu cuerpo sobre el mío, el frío era la última de mis preocupaciones. La poca luz a la que habíamos permitido colarse en este juego de dos, iluminaba sutilmente nuestros cuerpos dibujando nuestros perfiles en esa parcial oscuridad. Tus ojos, que brillaban, me miraban cautivos mientras los míos recorrían tu cuerpo en busca de cientos de fotografías mentales. Acaricio tu sonrisa con sólo mirarte. Mi boca, aún hambrienta, te busca mujer incansable para un nuevo asalto a los límites del placer compartido. Me sujetas con la fuerza y la vehemencia propia de quien se sabe poderosa y capaz de todo en este juego. Puedes sentir el latido acelerado de mi corazón palpitando en las venas de las muñecas que ahora presionas contra la almohada. Sonrío, me río y te ríes. Adoro los retos y tú eres uno absolutamente apetecible. Consigo zafarme de las improvisadas ataduras carnales con las que has decidido apresarme. Liberada, soy yo quien toma el control para rendirme a ti. Sin ser una competición, sin tener que demostrarle nada a nadie, nos dejamos al sudor lascivo y sincero de dos cuerpos que arden incandescentes presas del deseo.
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