Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.
viernes, 23 de julio de 2010
Dulce amanecer
Me desperté. Era temprano, pero no tenía sueño. Nos habíamos acostado a las seis de la mañana y tan sólo habían transcurrido dos horas. Por la ventana se podía distinguir un típico día de finales de noviembre. Tenía frío. Cogí mi sudadera y me la puse encima del pijama. Fui a la cocina de su casa y preparé chocolate caliente, era lo más apetecible. Con cuidado llevé las tazas a la habitación. Coloqué una en su mesilla de noche. No se si fue el calor que desprendía el recipiente o ese característico aroma del chocolate lo que le hizo despertar. Pero al igual que una tímida flor que al amanecer va abriendo sus pétalos al mundo, se fue desperezando. Se frotó los ojos para ver con más nitidez. Miró la mesilla, me miró a mí y sonrió. Me senté en la cama, a su lado. Allí, sin más compañía que la de nuestros propios cuerpos, vimos amanecer.
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