Era pleno invierno, fuera menos muchos grados pero en casa se estaba muy a gusto, la calefacción llevaba puesta desde medio día. Ahora, en medio de la noche, me desvelo. La luz de La Luna se cuela por las rendijas de la persiana a medio bajar de nuestro cuarto e ilumina, de forma escueta, nuestro pedacito de mundo. Me levanto a por agua, estoy sedienta. Al volver a la habitación me quedo apoyada en el cerco de la puerta, mirando como duermes. Veo como los haces de luz inciden sutilmente sobre tu cuerpo y delimitan tu figura, cubierta casi por completo por el edredón. Me fijo en que tu pie derecho ha quedado destapado; tanto tirar del edredón, quitándome mi parte, y al final te dejas un pie sin tapar. Inconscientemente sonrío y me mojo los labios. Me acerco despacito a los pies de la cama y me agacho. Comienzo a besar tu pie, besos lentos y cortitos. Voy ascendiendo por el empeine. Alcanzo el tobillo. Te revuelves en la cama. Subo un poquito el pantalón del pijama y beso tu pierna. Termino colándome bajo el edredón y voy ascendiendo por tu cuerpo. Levanto tu camiseta y comienzo a besar los salientes de tus caderas. Tus manos se hacen cómplices de mis besos, enredas tus dedos en mi pelo. Sigo depositando besos por tu abdomen. Aparezco a la altura de tu cuello, me sonríes mientras tus manos se pierden por debajo de mi camiseta y dibujan formas en mi espalda. Mis labios se dejan a tu cuello y lo pueblan de besos, que te arrancan algún que otro gemido incontrolable. Irresistiblemente mis labios se abandonan a los tuyos.
Aquella noche me desperté muerta de sed, pero no era agua lo que necesitaba mi cuerpo.
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