Me despierto contigo, con ese olor a ti. Son las siete y de nuevo suena ese maldito despertador. Te retuerces en la cama al oír la música de mi alarma, esa música horrible que no entiendes como puedo utilizar como tono para despertarme. Me cuesta salir de la cama porque, fuera, hace frío, tengo sueño y madrugar los viernes siempre me ha sentado mal, por eso de que el fin de semana está a menos de veinticuatro horas. Absurdamente, como cada día, miro hacia la ventana para ver cómo ha amanecido el día pero, como cada día, mis ojos se chocan con la persiana, bajada hasta abajo, de nuestro cuarto; esa manía tuya de espantar a la luz para que no ose alterar tu sueño. Me decido a destaparme, te falta tiempo para adueñarte del edredón que he dejado a merced del frío. Cojo la sudadera del suelo y me la pongo, antes de que mi piel adquiera una temperatura marmórea. Noto como tu cuerpo comienza a girarse en la cama cuando, de repente, cesas en tu maniobra y noto como te quedas mirándome. Te acercas, con el edredón aún enrollado a tu cuerpo, y me rodeas para que no pueda levantarme. - Yo también me quedaría aquí todo el día, lo sabes, pero no puede ser - intento hacerte comprender. Noto como tu cuerpo me rodea más fuerte. - Nena, en serio, me tengo que ir - digo algo molesta mientras trato de zafarme de tu fuerte abrazo. Tú te niegas y tiras de mí para que vuelva a tumbarme en la cama. Con un tono algo más elevado de lo normal y más brusco de lo que pretendía te pido que me sueltes. Me liberas, te empiezas a girar y, mientras, murmuras - es sábado... -. Mi cara adquiere una expresión de "no puede ser... ¿para ésto me he despertado? ¿En serio?". Miro la pantalla del móvil y, efectivamente, era sábado. Me tumbo, era absurdo intentar recuperar el edredón. Te compadeces de mí, te giras, levantas el edredón haciéndome un huequito y me abrazas. Cuando todo había vuelto a la normalidad de un sábado a las siete de la mañana escucho como, en bajito, te ríes de mí.
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