- Despierta amor, estamos a punto de llegar - dije en un susurro mientras rozaba tu mejilla. Levantaste la cabeza de mi hombro, donde estabas apoyada. Te ibas desperezando mientras tratabas, en vano, de estirar tu adormecido y dolorido cuerpo que llevaba encerrado en unos asientos de clase turista más de diez horas. Con los ojos aún medio cerrados te mojaste los labios y me regalaste un beso de buenos días o de buenas noches, ese cambio de hora no me terminó de quedar muy claro. Estiré un poco el brazo, que aún estaba rodeando tu cuerpo, y levanté la persiana de la ventanilla del avión que quedaba a tu lado; - ahí la tienes princesa, otro pedacito de mundo a tus pies - te dije con una radiante sonrisa esperando contemplar tu reacción. Aquel mirador del Atlántico con forma de media luna aparecía majestuosamente iluminado. Sin lugar a dudas un espectáculo de altura, por lo menos de la altura a la que estábamos desde aquel Airbus 330 que se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Rio. Después de quedarte absorta durante unos instantes contemplando por la ventana aquel juego de luces te giraste y tiraste de mi camiseta. Tus labios se acercaron a mi oreja, mordiste mi lóbulo y susurraste - estás completamente trastornada, no sé cómo me convences para hacer estas cosas pero... - la frase se quedo en el aire mientras te apartabas lentamente. Ahora me mirabas a los ojos - me muero por besar a esta loquita mía en esa playa - la última palabra se perdía entre tus labios y los míos mientras de fondo sonaba la voz de la azafata pidiendo que nos abrochásemos los cinturones de seguridad para efectuar el aterrizaje.
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