Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

domingo, 19 de agosto de 2012

Asesinemos al tiempo

        Aquel atardecer iluminaba nuestras miradas cómplices. Acababas de encender el cuarto cigarro de la tarde. Fumabas con la izquierda para no ahumarme. Nuestras manos se acariciaban apoyadas en la barandilla. - Ojala pudiéramos parar el tiempo en este preciso momento - dijiste mirando el reloj de mi muñeca. Los minutos avanzan irremediablemente, el sol continuaba descendiendo en su caída diaria. Vi en tus ojos esa extraña tristeza, esas ganas que tendían a cero cuando pensabas en la despedida. Con mi mano derecha hice girar tu cara hasta quedar frente a frente, mirándote a los ojos. Tus labios buscaron a los míos sabiéndose presas del tiempo. Ese beso con sabor a tabaco, porque desde el primer momento fue un imposible que fumaras sin  besarnos, imposible estar tanto tiempo sin que nuestros labios se rozaran. "Hoy no", pensé. - No puedo parar el tiempo pero puedo hacer que esta noche no seamos su presa, que tenga que buscar a otras víctimas a las que torturar con su presencia -. Me quité el reloj de la muñeca, ante tu interrogante mirada, lo miré un instante en el que la manecilla del segundero parecía no avanzar, como si hubiera predicho su inminente final. Me alejé un poco de la barandilla donde estábamos apoyadas y con algo de impulso lancé el reloj lo más lejos y lo más fuerte que pude. Tras seguir la trayectoria que había dibujado el reloj giraste la cabeza y me miraste atónita. Rodee tu cuello con mis brazos, tus manos se perdieron por dentro de mi camiseta - hoy no hay tiempo que valga, no hay minutos, ni segundos, hoy el tiempo lo vamos a medir a besos... Además, nunca le tuve especial aprecio a ese reloj - dije entre risas.

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