Me perdí entre el humo de tu cigarro que venía con el aire. Hacías ímprobos esfuerzos por ahumarme lo menos posible, contorsionando tu brazo para alejar tu cigarro de mí. Aquel olor a Fortuna se adhería a mi ropa, a mi pelo, se colaba en mis pulmones con cada nueva respiración; hacía tiempo que me había convertido en una fumadora pasiva. El tabaco en el ambiente, en tus besos. Vi como en una última calada acababas con tu segunda víctima de la tarde. - ¿Nos vamos? - Dijiste mientras lanzabas su cadáver lejos, a algún punto impreciso de la acera. Nos levantamos y, antes de que dieras un solo paso, agarro tu meñique y tiro de ti. Te giras y allí nos quedamos las dos, en medio de las prisas y del ruido, porque el donde siempre me es indiferente. Mis labios te buscan, llevan menos de dos minutos sin besarte y ya te echan de menos. Esa mezcla de tabaco y alcohol, ese sabor a ti. Mi mano trepa por tu camiseta y te acaricia el cuello hasta que decide perderse por tu nuca. Cuando piensas que menos me lo espero atrapas mi lengua entre tus dientes, y yo con esa cara de "pues nada, cuando quieras me sueltas". Nos reímos las dos, me pierdo entre tus ojos que ahora, con la caída del ocaso y la luz tenue, ya no están cubiertos por tus gafas de sol. Vuelves a besarme porque adoras esa cara de cuando me pico, de cuando sabes que adoro que me piques. Y nos decimos lo importante sin hablar. Los verbos que realmente importan son tu cuerpo y el mío que hablan solos por encima del tráfico y de la gente que, aunque no nos fijemos, miran nuestro beso al pasar.
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