- No vale mirar - dije entre risas. Mis manos cubrían sus ojos, caminábamos despacio porque tenía miedo de chocar, de tropezar, de esas cosas de cuando no sabes dónde vas. Entonces me paré y ella conmigo, le advertí de que iba a destapar sus ojos pero aún no podía mirar. La hice entrar lentamente con cuidado. No sé cómo pero se fiaba de mí. Cuando estaba justo en el lugar exacto, de espaldas, mi voz sonó entre el silencio de la estancia que ahora ocupábamos - déjate caer -, sin dudarlo confió en mí y dejó que su cuerpo cayera sin saber que la esperaba, o sí. Una vez que fue consciente de donde estaba tiró de mi camiseta y me hizo caer a su lado. Nos miramos a los ojos, su sonrisa, la mía por verla sonreír. - ¿Qué te parece la sorpresa? - Pregunté para aplacar esos nervios extraños creados por la incertidumbre absurda de esa posibilidad remota porque no le gustara, - increíble - dijo y acto seguido me besó. El primero de tantos de aquella tarde y de aquella noche que era nuestra, de las dos, porque nos lo merecíamos. Nos perdimos entre las sábanas, entre nuestra piel, entre gemidos, entre el frío y el calor, entre esas emociones a flor de piel, entre esas ganas acumuladas y como no, al final, entre el sueño y el cansancio.
Me desperté, la vi desnuda fumando sentada en el cerco de la ventana. Su cuerpo era iluminado parcialmente por las luces, esas luces que hacían que las calles madrileñas se llenaran de vida como si fuera medio día. Aún así el ruido de los coches, las voces elevadas de los transeúntes, se oían de forma amortiguada desde la cuarta planta de aquella habitación de hotel. Notó mi mirada fija en ella, apuró la última calada de aquel cigarro de después. Aún quedaba mucha noche por delante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario