Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

sábado, 5 de mayo de 2012

Sin palabras

      No fue necesario pedirle que me abrazara. Allí, tiradas las dos en el suelo del salón a medio pintar, dejábamos resbalar los sueños de un futuro, ahora, imperfecto. Porque allí fue donde me encontró media hora antes, cuando abrió la puerta, como otras muchas tardes en aquella última semana. Como el día anterior, y el anterior, y el anterior del anterior venía a recoger algunas de las cajas de cartón con su nombre escrito con permanente negro que se amontonaban a ambos lados del pasillo. Quizá sea esa la ventaja de dejarlo todo en mitad de una mudanza, tus cosas ya están empaquetadas. Cuando entró no escuchó ruido, le sorprendió. Cuál fue su sorpresa cuando, al entrar al salón, vio las paredes, el techo y, sobretodo, el papel de estraza que cubría el suelo salpicados de cientos de colores; como si hubieran metido la pintura en una batidora y la hubieran puesto en marcha en medio del salón, pero sin tapadera. Me vio sentada en el suelo, con la piel y la ropa llenas de pintura reseca. Se acercó despacio, mirando atónita la escena. Cuando fui consciente de su presencia levanté la cabeza, mis ojos hinchados, rojos y doloridos se clavaron en ella. Mi demonio interior le pedía que saliera de esa casa y que no volviera nunca más pero las lágrimas volvieron a brotar como un torrente. Se sentó junto a mí y me abrazó al tiempo que su muralla infranqueable se caía, al igual que sus lágrimas que comenzaban a caer por sus mejillas. Nunca soportó verme llorar. Allí estábamos las dos, siendo una porque aunque no lo dijéramos, sentíamos lo mismo: la misma angustia, la misma pena, el mismo deseo y, ante todo, el mismo amor. Pequeños gestos para calmarnos mutuamente que se fueron haciendo más íntimos, más confiados, más personales, hasta que nuestros labios se encontraron entre las lágrimas. Como esa calma que precede a la tormenta nos miramos un instante a los ojos, o mejor dicho al alma, y antes de darnos cuenta ese papel marrón, decorado de forma vanguardista, se convertía en nuestro colchón improvisado en esa tarde en la que nuestra pasión fue sincera por las dos.

1 comentario:

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    creo que te va a gustar.

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