Mientras picaba la lechuga para la ensalada y ponía a calentar la salsa de romero para la cena escucho, desde la cocina, como se abre repentinamente la puerta del baño. Extrañada por el breve lapso de tiempo que había transcurrido pregunto elevando la voz - ¿Ya sales amor? - No obtengo respuesta. Me seco las manos con el paño de cocina que tenía enganchado a la cinturilla del pantalón del pijama y me asomo al pasillo. La veo correteando, con la toalla enrollada alrededor del cuerpo, hacia la habitación. Inevitablemente una sonrisa y un gesto de incomprensión ante la surrealista situación se dibujan en mi cara. Me río. Cuando la veo salir de la habitación, de nuevo acelerada, pero esta vez hacia el baño, me muerdo el labio inferior. Me coloco delante de la puerta, impidiéndole el paso. Al llegar a mi altura me mira con cara de muy pocos amigos advirtiéndome, sin palabras, que no dejarla pasar puede tener consecuencias muy graves. Aún así me arriesgo: - buenas noches señorita. El peaje es un beso - me traspasa con la mirada. - Voy a coger frío, déjame pasar - me dice tajante intentando apartarme. Coloco mi mano en el cerco de la puerta. Me acerco a su boca, nuestros labios se quedan a escasos centímetros y en un susurro, en el que puede notar el calor de mi respiración, le vuelvo a repetir, mirándola a la los ojos, el importe - un beso y te dejo pasar -. Se acercó para besarme y justo en el preciso instante en el que cerré los ojos para degustar la ambrosía de sus labios se apartó. Escuchaba su risa. Desconcertada abrí los ojos al tiempo que mi brazo caía y liberaba el paso hacia el baño, espacio que ella aprovechó para pasar. Antes de cerrar la puerta tiró de mi camiseta, la miré con un gesto triste - la cena huele genial, no tardo boba - me dijo sonriendo y me regaló un beso, de esos que saben mejor porque no te los esperas.
Es tan perfecto cuando te ves...
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