Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

martes, 20 de marzo de 2012

Abrigándonos los sueñoS

Volvía al salón de recoger la cocina después de cenar. Mientras caminaba por el pasillo escuchaba la televisión de fondo. Al llegar al salón me quedé apoyada en el cerco de la puerta contemplando como te habías quedado dormida en el sofá, esperándome. Guardo mis manos en el bolsillo de mi sudadera mientras me muerdo el labio inferior y sonrío, colmada de felicidad por la imagen que contemplo. Veo como te revuelves en el sofá, seguramente debido al frío. Entro en el salón y cojo, del cesto de mimbre, la manta. Despacio, sin hacer demasiado aire, la desdoblo y, con cuidado, te cubro con ella. Rápidamente la expresión de tu cara se relaja, agradeciendo el calorcito que te va proporcionando la manta. Me agacho, quedándome a escasos diez centímetros de ti. Aparto un mechón de tu flequillo que amenazaba con hacerte cosquillas y sacarte de tu placentero sueño. Dejo caer mi mano por tu sien y rozo tu mejilla. No me entretengo demasiado en la caricia pues mi mano esta demasiado fría, en comparación con la piel tibia de tu cara. Te beso la frente dándote las buenas noches. Me iba a levantar cuando tu mano derecha se escapa de debajo de la sábana y tira suavemente de mi sudadera. Me haces un hueco en el sofá mientras murmuras con los ojos entre abiertos - quédate, quédate conmigo -. Apago la luz y la televisión, dejo las gafas en la mesita y ocupo el espacio que me habías dejado en el sofá. Me rodeas con tus brazos y entrelazas tus piernas con las mías buscando mi calor y la seguridad de tener mi cuerpo y mi olor cerca. Te abrazo y hago que mi cuerpo encaje con el tuyo, como si de las piezas de un puzzle se tratara. Al unísono nuestros labios se encuentran sabiéndose buscados.

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