La abracé en silencio, cerré los ojos y le dije, en ese abrazo, todo aquello que no sabía como decir. Apoyada en su pecho escuchaba el latido de su corazón que se desacompasaba, olía su colonia, ese olor a ella, y notaba sus manos rozando mi piel, acariciando mi espalda, aprovechándose del calor que emitía mi cuerpo. Allí estábamos las dos, abrazadas. La gente iba y venía, subía y bajaba las escaleras que estaban próximas a nosotras, caminaban rápido hablando por el móvil o iban en grupos escandalosos que detenían constantemente su marcha y parecían no avanzar hacia su destino, otros simplemente estaban allí sentados observando a los transeúntes, manteniendo conversaciones banales a cerca de cualquier trivialidad, y entre medias de todos ellos, siendo objeto de miradas curiosas, estábamos nosotras, en medio de esa gran ciudad. Me puse de puntillas y besé su cuello, la humedad de mis labios se quedo impregnando su piel. Volví a apoyar mi cabeza sobre su hombro para sentir esa calma y esa tranquilidad que me transmitía su presencia, al tiempo que acariciaba el lóbulo de su oreja izquierda. Ese instante sólo podría superarse estando en un lugar calentito donde poder soñar juntas toda la noche, dormidas o despiertas, pero con ella. Con su gesto ya más que habitual, ese gesto de gato que roza su cabeza contra quien desea reclamar cariño, llama mi atención. Fuera ya de mi estado dubitativo de mirada perdida, mis ojos se hunden en los suyos. Nos miramos sin decir nada, porque tan si quiera hacen falta las palabras. En ese instante comienza a desaparecer todo aquello que nos rodea hasta que finalmente sólo existimos nosotras dos y nuestros labios se funden en un beso que nos posee mutuamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario