Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

jueves, 29 de diciembre de 2011

El tacto de Moscú

Miraba por el ventanal del hotel como La Plaza Roja iba cobrando vida. La nieve no cesaba de caer y un espeso manto blanco cubría ya la ciudad. El alféizar de la ventana estaba cubierto por ese polvo blanco. Una luz tenue, grisácea, que se refleja en la nieve, iluminaba nuestra habitación. Resultaba chocante ver como todos esos viandantes moscovitas, ya fuesen de origen o de acogida, caminaban cubiertos por varias y gruesas capas de ropa para huir del frío y mientras nosotras, en ese séptimo piso, tan sólo nos habíamos abrigado con nuestras caricias. Aparté la mirada de la ventana para contemplar como dormía. En el silencio era capaz de escuchar su respiración. La ropa de la cama la cubría casi por completo pero su brazo derecho había quedado a la intemperie. Su piel, tostada al sol del Atlántico y del Mediterráneo, adquiría un matiz exótico en esta ciudad de zares. Descalza aprecié perfectamente la textura áspera de la moqueta. Recorrí el escaso metro y medio que me separaba de la cama. Me senté en el borde y la miré, amándola en silencio. Sonreí. Mi mano izquierda cobró vida y, dulcemente, con mis dedos rocé su mejilla. Su piel era suave y estaba tibia. Mis dedos fueron descendiendo furtivamente por su cuello, donde pude apreciar el ritmo de sus latidos, tranquilos y acompasados. Continué por el camino que marcaba su clavícula. Mis ojos seguían a mis dedos. Llegué al hombro y sembré un beso en la cima. Iba a continuar mi descenso por su brazo cuando su propia mano acarició mi mejilla y sus dedos se enredaron en los rizos de mi pelo. Alcé la vista y unos ojos azules me daban los buenos días. Sonreí inundada de esa ternura infinita. Sin decir nada, lo dijimos todo.

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