- Ven anda, no seas boba, que hace frío - te dije mientras sonreía. Tú me mirabas apoyada en la barandilla de enfrente, a medio metro de mí, con los brazos cruzados y la nariz roja por el frío. Mentiste - no, no tengo frío -. Volví a sonreír, me desabroché el abrigo y tiré de ti hacia mí. Pegada a mí no pudiste resistirte al calor que emanaba mi cuerpo y se acumulaba entre el abrigo y yo. Rodeaste mi cintura, al mismo tiempo yo rodeé tus hombros. Me miraste a los ojos y me besaste, tenías los labios helados. Mientras me besabas subiste despacito mi camiseta y tus manos se colaron furtivamente bajo ella. Cuando rozaste la piel caliente de mi espalda me estremecí. Separé mis labios de los tuyos con un grito ahogado. Te reías. Cuando esa dulce tortura se volvió soportable reímos las dos. Con tus manos aún metidas debajo de mi camiseta te apoyaste sobre mí, dejando tu cabeza sobre mi hombro. Me regalaste un beso en el cuello. Me mordí el labio inferior ante la caricia y lo dejé escapar poco a poco de la presión de mis mandíbulas. Yo, que continuaba abrazándote, acaricié tu pelo y lo besé. Apoyé mi barbilla en tu cabeza. Tenías los ojos cerrados, te deleitabas con mi calor y con mi olor. - ¡Eee tortolitas! - dijo una voz desde las escaleras de la boca de metro. Las dos nos separamos al reconocerla. Sonreímos a nuestros interlocutores. Nos miramos y nos dimos un beso fugaz. Nuestras manos se buscaron en el aire. Con nuestros dedos jugando, diciéndonos todo con esas inocentes caricias, rodeamos la barandilla sobre la que estábamos apoyadas y bajamos las escaleras hacia el metro.
Quedar media hora antes que con los demás empezaba a ser poco tiempo.
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