Aquella mañana me desayuné su cuerpo rozando el canibalismo. La empecé mordiendo despacio, mientras dormía. Mi primer objetivo fue su oreja, esa que tiene una forma curiosa y que adoro, más que por cualquier otra cosa, porque es suya, de ella. Se quejaba, primero en sueños, huyendo de mis dientes que perseguían cada centímetro de su cuello. Trataba de cubrir su cuerpo con el edredón para frustrar mis intentos por alcanzar su piel. A medida que descendía por su clavícula los mordiscos fueron dejando paso a los besos. Mis labios se perdieron en su pecho, entre las dos cimas del único mundo que importa en este momento. Entre la oscuridad que inunda nuestro cuarto miro a través de las sombras y delimito las formas de aquello que rozan las yemas de mis dedos, de su cuerpo, de sus curvas, de mi locura. Un sendero de saliva dibujado por su tripa al haber saboreado su piel. Me sumerjo entre sus piernas buscando esa humedad que aumentar con mi lengua. Ella se deja hacer, se hace cómplice de mi pasión y víctima del deseo, del mismo que hace arder nuestros cuerpos y nos apremia para llenar de música cada rincón. Nos dejamos a su antojo que, a la vez, es nuestro, el mío y el tuyo juntos, siendo un solo verbo conjugado al ritmo perfecto que nos lleva al clímax. Deleitamos a nuestros oídos con esa banda sonora única, escrita en las partituras de nuestros gemidos. Y exhaustas caemos rendidas, un cuerpo sobre el otro, con las respiraciones aceleradas y los latidos desbocados. Desbordadas, ambas, la una de la otra, nos perdemos entre las sábanas y entre esa piel ajena que nos es de sobra conocida. Fundidas en esos besos con sabor propio.
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