Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

jueves, 3 de mayo de 2018

Bacanal

Esas sábanas que hablaban una lengua de sobra conocida se regocijaban y estremecían al mismo tiempo sabiéndose cómplices de un delirio compartido que, a estas alturas, no deja de sorprendernos. La luz de media tarde se colaba por un hueco insignificante al que nosotras decidimos concederle el estatus de ventana pero que a duras penas permitía el paso del aire. Ambas dos entregadas a una cordura animal, propia de quienes se dejan llevar, nos poseemos mutuamente, sin someternos, dando rienda suelta a la improvisación de nuestra imaginación desmedida. Sin saberme tuya me siento muy nuestra. Hueles a playa y sabes a sal, mi sudor me delata y te hace cambiar la mirada. Ahora que el instinto nos posee y nuestras fieras se miran a los ojos, frente a frente, sólo nos quedaría liberarnos de las ataduras que encorsetarían nuestros cuerpos pero nosotras nunca hemos sido presas de esas vergüenzas. Así que libres y salvajes nos olvidamos del tiempo, de los vecinos, de los matorrales e incluso de nosotras mismas. Ebrias de placer, extasiadas, caemos rendidas la una junto a la otra. Te vistes con premura en lo que podría parecer un acto huidizo y desagradable pero nada más lejos de la realidad. Tu cuerpo te pide oxígeno como si en el aire del exterior hubiera nicotina. Te asomas a la puerta de ese engañoso habitáculo y respiras profundamente. Sentada en el cerco de la puerta tu mirada me habla y tu sonrisa, que se dibuja al tiempo que tus ojos recorren mi cuerpo desnudo que se niega a abandonar ese campo de guerra ahora en calma, me dice sin palabras que estás en el lugar que quieres estar, con quien quieres estar y como quieres estar y, francamente, no podría estar más de acuerdo. 

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