Hace tiempo que padezco una grave enfermedad. Me consume día a día, poco a poco. Médicos de todo el mundo, especialistas en la materia, la han diagnosticado del mismo modo, y todos, sin excepción alguna, me ofrecen la misma cura: ninguna. Ante tales expectativas no me queda más remedio que aceptarla y aprender a convivir con ella. Resulta algo complicado para cualquier individuo, independientemente de su sexo o condición, el resignarse a aceptar y a soportar diariamente una tortura de la cual se ignora el momento en que cesará.
Me alienta saber que otros han logrado sobreponerse y vencer. No sin sufrimiento; es cierto que han derramado cientos de lágrimas, que han proferidos gritos y lamentos similares a los de los condenados eternamente y han sentido en su propio cuerpo la desintegración de varios de sus órganos vitales.
Aún siendo consciente del dolor que me veré obligada a soportar si quiero vislumbrar la luz en esta amarga soledad, nunca me he arrepentido de amarte a escondidas.
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