Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

martes, 26 de febrero de 2013

La parálisis del sueño

       Me desperté entre sus brazos ebria y no precisamente de alcohol. Todo olía raro, la habitación tenía una atmósfera extraña y una claridad inusual, incluso el tacto del edredón era diferente. Notaba la presión que su brazo, cual peso muerto, ejercía sobre mis costillas. Sentía su cuerpo tibio pegado al mío, piel con piel. La cabeza me iba a estallar en cualquier momento. La luz se colaba por la puerta, que atípicamente estaba abierta, y por la ventana que, de forma aún más extraña, tenía la persiana subida hasta arriba, me hacía algo de daño. Cerré los ojos fuertemente, en un intento por recuperar los recuerdos, de una noche, que se encontraban ahogados entre ingentes cantidades de alcohol. Aparto su brazo con algo de temor a que no fuera ella. Todo era demasiado confuso. Levanto ligeramente el edredón y veo que ambas estamos desnudas. Ella aprovecha para cambiar de posición, girarse y darme la espalda. Es ella, ese cuello es inconfundible, demasiado besable. La miro de la cabeza a la cadera, entre besos y versos, entre poesía. Mis labios la versan entre caricias. Son ellos lo que se deslizan por su piel, que desnuda, se deshace ante el calor que estos desprenden en cada te quiero contra su espalda. Mi mano izquierda acaricia su cintura, que se curva y se pronuncia en su cuerpo cual meandro de un río. Mis dedos, traviesos e insomnes, deciden escalar por su torso y colonizar su pecho donde hoy han decidido hacer madrugada. Mis pies buscan los suyos para enredarse y, aun que nunca se lo diga, para calentárselos. Entonces, me extraño porque no están fríos. El pánico me inunda de nuevo al pensar, sólo por un instante, que no es ella con quien comparto almohada en esta madrugada. Pero entonces se gira de nuevo, buscando mis labios y ese beso es único, como ella.

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