Ella se perdía entre mi entrepierna mientras yo me perdía entre gemidos de madrugada. Una oscuridad casi total era la única testigo visual de cómo nuestros cuerpos se enredaban y se movían de forma acompasada y rítmica en una lluviosa noche de primavera. Allí, en aquella ciudad desconocida, nos dejábamos a las ganas, a la lujuria, que nos excitaba por segundos; la misma que nos hacía sudar y añadía más fluidos a esa cama de uno veinte. Nuestras fieras, liberadas de las cadenas que habitualmente las mantienen presas, se adueñan de nuestros cuerpos y nos dejan al deseo de un instinto muy animal. Completamente ebria de este alcohol que saboreas en tu paladar, que me das a probar en besos húmedos que cortan nuestra respiración agitada, desciendes por mi cuerpo. De pie, al borde de la cama, me contemplas rendida a ti, a tus ganas de hacerme gemir de placer. Tiras de mi, de mis piernas, para acercarme a esa cama que, antes nuestra sorpresa, no estaba preparada para aguantar a nuestras fieras. Es la cama quien cae rendida antes de tiempo. Antes de una nueva acometida sus patas ceden a nuestra lujuria y contemplamos, absortas, como la cama sufre las consecuencias de la falta de costumbre ante un sexo poco convencional.
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