Siempre nos quedará... escribir, París era demasiado caro.

viernes, 5 de abril de 2013

Salvaje

         Ella se perdía entre mi entrepierna mientras yo me perdía entre gemidos de madrugada. Una oscuridad casi total era la única testigo visual de cómo nuestros cuerpos se enredaban y se movían de forma acompasada y rítmica en una lluviosa noche de primavera. Allí, en aquella ciudad desconocida, nos dejábamos a las ganas, a la lujuria, que nos excitaba por segundos; la misma que nos hacía sudar y añadía más fluidos a esa cama de uno veinte. Nuestras fieras, liberadas de las cadenas que habitualmente las mantienen presas, se adueñan de nuestros cuerpos y nos dejan al deseo de un instinto muy animal. Completamente ebria de este alcohol que saboreas en tu paladar, que me das a probar en besos húmedos que cortan nuestra respiración agitada, desciendes por mi cuerpo. De pie, al borde de la cama, me contemplas rendida a ti, a tus ganas de hacerme gemir de placer. Tiras de mi, de mis piernas, para acercarme a esa cama que, antes nuestra sorpresa, no estaba preparada para aguantar a nuestras fieras. Es la cama quien cae rendida antes de tiempo. Antes de una nueva acometida sus patas ceden a nuestra lujuria y contemplamos, absortas, como la cama sufre las consecuencias de la falta de costumbre ante un sexo poco convencional.

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