Te he vuelto a soñar, esta vez no estabas desnuda. Me he despertado porque tenía frío a pesar del calor que hace en Madrid. Cierro los ojos y te imagino a mi lado para darme un abrazo reparador que acaricie mi piel como otras tantas veces; los abro de nuevo y no hay nadie, tu hueco de la cama, el que no da al abismo, está vacío. Nadie se queja de lo dolorosa que resulta mi pared. Encima la Luna, tan oportuna como siempre, se cuela en mi cuarto; diréis que ha venido ha hacerme compañía pero ahora mismo su luz me quema como el fuego de un verano sin tus pies helados bajo el edredón. Y es tu ausencia, esa que yo he misma he ocasionado, la que ahora arremete contra mi existencia y hace que mis ojos se desborden en un mar de llanto, una vez más. Mis lágrimas se precipitan en cadena por mis mejillas y caen contra mis brazos que, de forma algo estúpida, rodean mi torso en un absurdo intento de abrazarme a mi misma en esta agónica soledad. La misma canción resuena en mi cabeza mientras trato de no ahogarme entre espasmos. El dolor me aprieta fuerte contra el pecho y me cuesta respirar. Lloro en silencio, para que nadie venga a preguntar.
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