Como las campanadas
pero sin el sabor dulzón
y sin que se te queden
las manos pegadas.
Esas mejor que aniden
entre mis piernas,
entre caricias mojadas,
sudor
y palabras guarras.
Hoy tengo el cuerpo
lleno de tinta
de ese rito anárquico
al que soy adicta.
Quiero que me beses
la piel
y las locuras
que con los años
escribo de forma indeleble.
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