Miraba la pantalla de aquella conversación como un artista con horror vacui. Sabía que escribir, tenía un mundo que contarte, pero la duda me asaltaba en cada palabra que se pasaba por mi mente. Finalmente dejo que mis pulgares bailen sobre las listas y escriban aquello que tanto quiero decirte. Una vida entera resumida en cuatro palabras. Releo, una y otra vez, esas letras pero algo me impide enviarlas. Te imagino riendo y disfrutando de una noche de verano a la luz de una Luna que se refleja en el mar en su cuarto creciente. Cierro los ojos y casi puedo oler tu colonia mezclada con la salitre que se acumula en tu piel a pesar de haberte duchado. Imagino el sonido de tu risa que se confunde con la música de fondo que cantáis a gritos. Casi puedo acariciar tu pelo, notar como mis dedos se pierden entre ese pelo corto y suave que me atrapa. Puedo apoyar mi frente sobre tu hombro mientras mi mano sigue acariciando tu cuello, tu nuca, tu oreja. Pierdo la cabeza y me sueño allí, junto a ti. pero de repente abro los ojos y caigo en la cuenta de que estamos demasiado lejos. Abro los ojos y borro las palabras que había escrito porque tengo miedo a molestar.
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